Domingo 5 de Pascua – Ciclo B

2 de mayo de 2021

Juan 15, 1-8

1.-   La Vid y los sarmientos.   Después de celebrar el actual estado glorioso de Cristo resucitado, el texto evangélico de San Juan nos retrotrae a las enseñanzas desarrolladas durante la vida pública del mismo Señor. La Carta a los Hebreos habla de su causalidad de gracia y, de esa manera, echa una luz meridiana sobre toda su actividad misionera. Es allí donde se nos ofrece la ocasión de comprender su doctrina. Hoy, guiados por el mismo discípulo, podemos medir el alcance admirable de sus parábolas y comparaciones. Se identifica como la Vid, de la que – quienes creen en Él – son los sarmientos: “Yo soy la vid, ustedes los sarmientos. El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, nada pueden hacer”. (Juan 15, 5) La inserción en su Misterio Pascual constituye una necesidad para toda persona que descubra a Jesús como el Hijo de Dios encarnado y Salvador.

2.-    El Evangelio es la Noticia esperada.   La preocupación de los Apóstoles, y de la Iglesia, fundada en ellos y en los profetas, consiste en transmitir con claridad la Noticia de la presencia de Cristo resucitado. Es “la Noticia” principal de todos los tiempos, ya que de su aceptación depende la vida de la humanidad. ¡Qué desacierto es desecharla como inútil o de libre elección! Se produce una deformación de las facultades humanas y, por su causa, el desafecto a los valores espirituales lo invade todo, como una pandemia de enorme poder destructivo. Causa una verdadera desazón el clima asfixiante de algunas manifestaciones sociales, de mucha influencia en la conciencia popular: la transmisión y el comentario de algunas noticias; el modo de ejercer el poder político y la administración de la justicia y de la economía; el cuidado de la salud de todos y de la educación; la atención prioritaria a los más vulnerables y el respeto irrestricto a la vida humana. El Evangelio o “Buena Nueva” posee un núcleo de verdad que afecta a las principales expresiones de la vida terrena y orienta el comportamiento moral o ético de las personas.

3.-    Los “enviados”, como Cristo fue enviado.   Los Apóstoles, en aquellos primeros momentos de la fe, se cuestionan, atemorizados por la magnitud y gravedad de la misión: ¿Cómo obrar, en las difíciles coyunturas del mundo pagano, sin percibir el liderazgo visible y directo de su Maestro? No obstante, la misión que Cristo depositó sobre ellos, mantiene, de igual modo, su gravedad original: “Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes” (Juan 20, 21).Sin atenuantes, destinados – como el mismo Jesús – a una continua y sangrienta persecución por parte de los personeros del mal. Ésta no proviene, principalmente, de sectores poderosos del pensamiento y de la política, sino del mal que está instalado en ellos. Se filtra imperceptiblemente, al desplegar su acción destructiva, dominando las conciencias de los más incautos. Como previa instancia a tal dominio, se produce un vaciamiento intencionado de los espíritus, con la cooperación activa de los medios más sofisticados de la moderna tecnología. La tarea evangelizadora incluye una acción precursora de saneamiento espiritual y cultural. En ella se unen aún quienes no profesan la misma fe religiosa, pero, que comparten valores existenciales y culturales similares.

4.-   El valor de un auténtico diálogo.   El Concilio Vaticano II ha superado cierto enclaustramiento de siglos, para establecer un diálogo constructivo con las diversas culturas del mundo. Es oportuno recordar la Constitución Pastoral “Gaudium et Spes”, como un complemento necesario de la Constitución dogmática “Lumen Gentium”. Después de más de cincuenta años de celebrado aquel Concilio, con el rico aporte del Magisterio posconciliar, la Iglesia ha intentado avanzar en la instrumentalización de un diálogo constructivo con el mundo, en clima de fraterna y respetuosa convivencia. El Papa San Pablo VI inicia su pontificado – con el Concilio próximo a concluir – con una magistral enseñanza sobre el diálogo. Forma parte de su primera Encíclica: “Ecclesiam suam”. El secreto de la fecundidad evangelizadora de la Iglesia queda resuelto en la afirmación del mismo Señor: “Así como el sarmiento no puede dar fruto si no permanece en la vid, tampoco ustedes, si no permanecen en mí”. (Juan 15, 4) El proyecto de toda vida cristiana consiste en lograr esa convivencia con Jesucristo, que – estando en el Cielo – ha decidido permanecer sacramentalmente entre nosotros.