Domingo 4 de Pascua – Ciclo B

25 de abril de 2021

Juan 10, 11-18

1.-   El Buen Pastor no es un asalariado.   Nuestro Buen Pastor, que dio su vida en la Cruz por nosotros, ha resucitado. Él nos pastorea, y se identifica a cada instante, con su callado en mano y su luminosa Cruz – de nuestra Salvación – a sus espaldas. Su contracara es el asalariado, de quien no son las ovejas y, por lo mismo, no se preocupa por ellas, todo lo contrario: “cuando ve venir al lobo las abandona y huye, y el lobo las arrebata y las dispersa”. (Juan 10, 12) El rasgo que lo destaca, como Buen Pastor, es el conocimiento que tienen las ovejas de su presencia y de su palabra. La voz del asalariado suena a falsa, como una campana agrietada. Jesús conoce a sus ovejas, y es conocido por ellas, nadie logrará engañarlas. Es preciso que los pastores  de la Iglesia transparenten fielmente al Buen Pastor: pronuncien sus palabras, repliquen sus gestos y tengan el coraje, como Juan el Bautista, de desaparecer para que Él ocupe el centro.

2.-   Misión de visualizar a Cristo.  La misión principal de Obispos y presbíteros es visualizar a Cristo, el Buen Pastor que da su vida por su rebaño. El mundo, aunque no lo sepa, posee una innata capacidad de identificar la voz del Buen Pastor. Los “asalariados” podrán seducirlo ocasionalmente pero, tarde o temprano, dejarán al descubierto su engaño. Quienes representan a Jesús, el verdadero Pastor de las ovejas, deben vivir y actuar identificados con Él. De otra manera se convertirán en asalariados. Estamos transitando un momento histórico excepcional, calificado por aquella frase desalentadora de Jesús: “Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?”  (Lucas 18, 8) El Señor sacude nuestra conciencia de bautizados y nos hace responsables de la fe de nuestros hermanos. Por su gracia un resto de buenos cristianos mantiene abierta una presencia evangelizadora, quizás silenciosa pero eficaz. Será cuestión de actualizar los medios que la Iglesia  guarda y explicitar el mensaje original, adaptándolo a un mundo diferente del coetáneo de los Apóstoles.

3.-   La acreditación de la santidad.   Es al Buen Pastor a quien la Iglesia dirige su ardiente pedido de vocaciones a la Vida Consagrada: sacerdotales y diaconales, monacales, religiosas y seculares. La referencia apunta a la cantidad pero, en los últimos tiempos, se ha ampliado el pedido: “Muchas y santas vocaciones”. Aún existen algunos referentes que prefieren lo multitudinario, aun cuando sigan anteponiendo – conceptualmente – lo cualitativo a lo cuantitativo. Con qué facilidad olvidamos la expresión que Jesús dirige al número reducido de sus discípulos: “No temas, pequeño Rebaño, porque el Padre de ustedes ha querido darles el Reino”. (Lucas 12, 32) Es anti evangélico desamparar pequeños grupos por falta de número. La santidad es obra de la gracia, que otorga incremento a la semilla ínfima de mostaza. No es el número sino la santidad la que testimonia que la obra es de Dios. No siempre los mejores proyectos humanos reflejan la obra de Dios, pero sí la santidad de sus mentores. Recordemos a conocidos y destacados Fundadores: San Benito, San Francisco de Asís, Santo Domingo de Guzmán y San Ignacio de Loyola.

4.-   Los testigos veraces de la Resurrección.   Es preciso mencionar a los santos en el desempeño de su intensa tarea evangelizadora entre sus contemporáneos. El mundo ya no cree en las palabras de quienes se presentan como líderes. El testimonio de una vida coherente, con la fe bautismal, actúa de único argumento – que verdaderamente convence – de que Cristo ha resucitado; y que es “el Camino, la Verdad y la Vida”. Es innegable que el santo se muestra como testigo veraz de que Cristo está vivo y se mueve hoy entre los hombres. Su palabra convence y conduce a la conversión, aún al más incrédulo de sus interlocutores. La vida virtuosa, expuesta a la consideración de todos, constituye su respaldo.