Domingo 2 de Pascua – Ciclo B

“La Divina Misericordia”

11 de abril de 2021

Juan 20, 19-31

1.-   Las apariciones y el aprendizaje de la fe.   Las apariciones de Cristo resucitado constituyen momentos de excepcional aprendizaje para sus Apóstoles y discípulos. En todas ellas les presenta las marcas de su crucifixión, hasta corregir la incredulidad de Tomás, que se resiste a creer en el testimonio directo de sus hermanos Apóstoles: “Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré”. (Juan 20, 25) Parece comprensible y razonable que, ante un anuncio de tal magnitud, Tomás reaccione de esa manera. No obstante Jesús manifiesta que es ésa una actitud reprobable y, por lo mismo, un  grave obstáculo para llegar al conocimiento del Misterio divino, que viene a resolver el estado de incredulidad que padecen los seres humanos. La conclusión del texto evangélico de San Juan lo expresa con claridad: “Jesús realizó además muchos otros signos en presencia de sus discípulos…” “Estos han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y creyendo, tengan Vida en su Nombre”. (Juan 20, 30-31)

2.-   El valor de los signos pascuales.   El Apóstol y evangelista San Juan considera de importancia absoluta que el Misterio de Cristo sea conocido, mediante signos perceptibles a todos, sin excepción. La estrategia divina consiste en auto revelarse y establecer con el mundo una relación superior a la misma creación. La celebración pascual habilita esa relación mediante la presencia tangible y visible de Dios, en Cristo resucitado, que lleva al extremo su amor al hombre, constituyéndolo en síntesis del Universo visible: “En la unidad de cuerpo y alma, el hombre, por su misma condición corporal, es una síntesis del universo material, el cual alcanza por medio del hombre su más alta cima y alza la voz para la libre alabanza del Creador”. (Vaticano II – Constitución pastoral “Gaudium et Spes”n° 14)

3.-   La incredulidad de Tomás y su causa.   Tomás aprende una lección de principal importancia para la Iglesia: la Verdad – o el Misterio Pascual – es transmitida mediante el testimonio apostólico. Tomás es Apóstol y necesitó aquella ocasión, por él entonces cuestionada, para aprender a creer, aceptando el testimonio de sus hermanos Apóstoles: “Tomás, uno de los Doce, de sobrenombre el Mellizo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. Los otros discípulos le dijeron: “¡Hemos visto al Señor!”. (Juan 20, 24-25) Al fin, su doloroso aprendizaje confirma el grave ministerio apostólico que le ha sido confiado. De esta manera la fe es transmitida, sin excepción, en el transcurso de toda la historia. El Apóstol, a partir de entonces, arriesgará su vida por mantenerse fiel a la misión de llamar “a la obediencia de la fe“ al mundo increyente. Entonces fue calificado “incrédulo”, por el mismo Jesús, al rechazar el testimonio directo de sus hermanos Apóstoles: “En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe”. (Juan 20, 27) Al no comprender este proceder divino, a veces entre quienes se profesan católicos, se han producido – y se producen – situaciones graves, dando lugar a disidencias de carácter decididamente cismático. Tomás recompuso la comunión con los Doce, de quienes era parte, ante la condescendencia de Jesús, que le obliga ver y a tocar con sus dedos las benditas llagas. La definición del Señor es de una claridad irreplicable: “Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto”. (Juan 20, 29)

4.-   La Divina Misericordia.   Hoy, por decisión del Papa San Juan Pablo II, la Iglesia celebra la Fiesta litúrgica de la Divina Misericordia. Cristo viene a mostrarnos el rostro de Dios Padre Bueno, hasta la ternura. El perdón generoso será el estipendio divino al arrepentimiento y al deseo honesto de conversión. Las aprobadas revelaciones de Jesús Misericordioso a Santa Faustina Kowalska adquieren carácter de sobrenatural respuesta a la situación dolorosa que soporta el mundo actual. La pandemia del covid-19 pone a innumerables personas al borde de la desesperación. Es preciso acudir al Corazón misericordioso de Jesús y agudizar nuestro sentido de la fe. Es la mejor contribución, para resolver – desde Dios – el planteo acuciante que impulsa la oscilación entre la incredulidad y la fe,  entre la desesperación y la esperanza, entre la muerte y la vida. La Divina Misericordia detiene ese dramático movimiento e inspira una absoluta confianza en Cristo: “¡Jesús misericordioso en vos confío!” Es la jaculatoria que promueven estas conmovedoras revelaciones.