Domingo 5 durante el año – Ciclo B

7 de febrero de 2021

Marcos 1, 29-39

1.-   La calidad humana de Jesús.   Nos cuesta imaginar a Jesús en sus maneras de compartir lo cotidiano con sus allegados y amigos: me refiero a la calidad humana de sus gestos directos y simples. La curación de la suegra de Pedro es tan natural y espontánea que puede pasar desapercibida, como secar los platos o acomodar los cojines para la cena familiar. Desde Nazaret lo imaginamos ser parte de la familia con María y José, crecer en ella, ser observado con fe por los santos esposos y, al mismo tiempo recibir los cuidados y la ternura que un hijo necesita de sus padres. Ya joven lo vemos participar de una fiesta de Bodas – en Caná de Galilea – donde, por pedido de su Madre, realiza el milagro de la transformación del agua en vino. Es entonces cuando manifiesta reparos en ejecutar un gesto que lo destaque de los demás. No obstante, la dulce y confiada súplica de María le obliga a cambiar sus planes y adelantar la “Hora”.

2.-   El Cordero de Dios que quita el pecado.   En la vivencia de la cotidianidad Jesús sufre con los que sufren y festeja los acontecimientos trascendentes de quienes forman su entorno. Él está, y hace de la realidad palpitante de todos, su propia realidad, sin el ingrediente antihumano – como es obvio – del pecado personal. Su misión es vencer el pecado, cuyas catastróficas secuelas padecen su carne y su alma. No niega, evasivamente, la existencia del pecado pero, sufriendo sus consecuencias,  lo quita o aniquila: Es “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Juan 1, 29) El viene a destruir el pecado, no a matar al pecador. Únicamente la gracia de su Muerte en Cruz logra sanar al pecador de su pecado, restituyéndole la Vida perdida y, por lo mismo, la salud integral. ¡Qué distintos y contradictorios son los conceptos sobre la vida y la salud que hoy rigen el pensamiento humano! La pandemia que nos agobia es una ocasión inigualable para rectificarlos. Es comprensible que temamos a la muerte biológica – como si fuera el fin de la existencia – a no ser que la gracia de la fe nos inspire considerarla como un tránsito o umbral a la Vida eterna.

3.-   Hace lo que enseña.   Exponer y testimoniar las enseñanzas de Jesús constituye un deber de los creyentes. La “forma” es la adopción calificada por el mismo Maestro en su compromiso con la gente. Hace lo que enseña. Resuelve la ignorancia y cura las enfermedades, atacando su causa: el pecado. Su palabra está avalada por su delicada atención a los pecadores y marginados, pasando por las diversas situaciones de carencia y pobreza que encuentra a su paso: “Jesús curó a muchos enfermos, que sufrían de diversos males, y expulsó a muchos demonios…” (Marcos 1, 34) Su dedicación a quienes sufren no especula con la conquista de adhesiones populares. Lo atrae el valor inapreciable de la persona humana, puesta en cuestión por una opción errónea del mismo hombre en la persecución de un bien que no es el “Bien”. En nuestras reflexiones evangélicas necesitamos acercarnos, lo más posible, a la persona de Jesús, con el fin de que Él produzca en nuestra mente y en nuestro corazón, un estado auténtico de contemplación.  Estado que trasciende la actividad intelectual y encuentra su definitivo logro en el amor. Ciertamente la contemplación es amor y nos hace poseedores del Bien absoluto que buscamos.

4.-   Todos te buscan.   Jesús se presenta como la encarnación del Bien, que los hombres buscan sin identificarlo y al que están destinados. De sus manos salimos, a sus manos regresamos, como una obra de arte que, después de un trabajoso proceso de cincelado o pintura, vuelve al regazo de su artífice. Jesús es consciente de ser, para todos, la imagen del Padre que se hace visible para quienes, atraídos por Él, arriban a la meta de su perfección humana. El siguiente párrafo lo manifiesta con claridad: “Simón salió a buscarlo con sus compañeros, y cuando lo encontraron, le dijeron: “Todos te andan buscando”. (Marcos 1, 36-37) La respuesta del Señor manifiesta el carácter universal de su misión.