Bautismo del Señor – Ciclo B

10 de enero de 2021

Marcos 1, 7-11

1.-   El encuentro de Jesús y Juan.   Aún en clima navideño recordamos el hecho, registrado históricamente, del bautismo del Señor. Jesús y Juan se encontraron, aún no nacidos, cuando sus madres, María e Isabel, se saludaron en la bíblica ciudad de Ein Karem. Fue muy íntimo y significativo aquel entrañable momento familiar. Isabel manifestó entonces lo que su hijo – no nacido – le inspiró. Así honró a su jovecisima parienta con palabras que se inmortalizaron: “Bendita eres entre todas las mujeres y bendito el fruto de tu vientre”. El reconocimiento de la soberana dignidad del Hijo de Dios y de María, señala la realización de todas las profecías. El Mesías anunciado y su Precursor, ya están en medio del pueblo. Ambos ocupan sus sitios desde el silencio y el misterio. En la escala de preferencias ¿quiénes hoy escogerían – según los parámetros mundanos – esos últimos lugares?

2.-   Se mezcla con el pueblo como levadura de salvación.   Con el propósito de llevar a cabo esa línea descendente de pobreza y humildad, Jesús se mezcla entre los penitentes, y solicita ser tratado como uno de ellos. Profundamente edificados por el comportamiento virtuoso de ambos – Jesús y Juan – percibimos la identidad de quien anuncia al Salvador y de quien es designado como tal. Juan lo reconoce al observar que el Espíritu Santo desciende sobre Jesús; y litiga con Él, resistiéndose a bautizarlo con un bautismo de agua que será superado de inmediato por el del Señor: “Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo”. (Marcos 1, 8) Desde entonces Jesús manifiesta su perfecta fidelidad al Padre y reclama a Juan que se someta a la misma divina voluntad. Jesús se acerca mezclado entre la gente y decide, de esa manera, estar entre los pecadores con el fin de quitarles el pecado que los ha alejado de Dios. La solemne acreditación de su Padre espera ese gesto de extremo anonadamiento, para atestiguar, ante el pueblo, la divinidad de su Hijo encarnado: “y una voz desde el cielo dijo: “Tú eres mi Hijo muy querido, en él tengo puesta toda mi predilección”. (Marcos 1, 11)

3.-   El compromiso de vida que procede del Bautismo.   La Fiesta que celebramos es ocasión para valorar el Bautismo de Jesús, con el que fuimos bautizados. A él acudimos con la actitud penitencial promovida por Juan, pero, sabiendo que Jesús llevará el bautismo de agua de su Precursor a su cumplimiento definitivo. No es usual festejar los aniversarios del Bautismo, no obstante se constituiría en una ocasión oportuna para la reflexión y el examen. El Bautismo se equipara – y desborda – el inicio de la vida humana. En cada cumpleaños debiéramos evaluar nuestro compromiso con la vida obsequiada por Dios y, por ende, dimensionar la observancia de nuestra inserción en la sociedad. Lo mismo debiéramos hacer con la memoria de nuestros aniversarios bautismales: “¿Expresamos valientemente nuestra pertenencia a Cristo y a su Iglesia? ¿Consideramos la santidad como cumplimiento de nuestra vocación bautismal? ¡Qué ingenuas parecen estas peguntas ante la indiferencia e inconciencia de verdaderas multitudes de bautizados! ¿Sería exagerado reconocer que un buen número, quizás la mayoría, de los impulsores de la llamada marea verde está integrada por bautizadas y bautizados en la Iglesia Católica? Algunos intentan la insensatez de conciliar ideológicamente la confesión católica con la siniestra legislación y práctica del aborto.

4.-    Restaurar la vida cristianos de los bautizados.   Ante la acreditación asombrosa del Padre, señalando a Jesús como su Hijo predilecto, nos urge ser fieles a la Vida bautismal. Somos miembros vivos de Cristo en la composición armoniosa de su Cuerpo Místico. Es el momento de recuperar para la vida cristiana una triste multitud de bautizados, alejados de la práctica de la fe, la esperanza y la caridad. ¡Ardua, necesaria y urgente labor pastoral de la Iglesia contemporánea!