Cuarto Domingo de Adviento – Ciclo B

20 de diciembre de 2020

Lucas 1, 26-38

1.-   Confesar la fe de los pastores.   El 8 de diciembre pasado, con motivo de la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de María, reflexionamos sobre este mismo texto del Evangelista San Lucas. Hoy se ha producido un cambio de perspectiva al situarnos casi en las vísperas de la Navidad. El Misterio de la Anunciación y de la Encarnación nos ofrece su fruto de salvación en el pequeño Niño recién nacido, recostado en un pesebre y contemplado amorosamente por María, José, los Ángeles y los pastores. Estamos por sumarnos a ellos y confesar nuestra fe. La Navidad sigue siendo una fecha destacable en el calendario universal. El mundo, consciente o inconscientemente, detiene su vertiginoso movimiento para recuperar la calma, siempre en habitual riesgo de extinción. Por ello, presentes en este mundo, necesitamos dejarnos conducir por la Iglesia, atenta a la Palabra y recogida en el silencio de la oración. Esta es la ocasión, particularmente urgidos por circunstancias inéditas, para escuchar las palabras de Vida de quienes saben y deben formularlas: los profetas y los Santos.

2.-   La humildad es la verdad.   La reacción de María al saludo del Arcángel se constituye en modelo para todo comportamiento que se proponga ser fiel a Dios. La respuesta de María es un ejemplo insuperable de fidelidad. Manifiesta una gran humildad, muy distante de cualquier tipo psicológico de baja autoestima. Es proverbial la siguiente sentencia conceptual: “La humildad es la verdad”. La humildad es la predisposición necesaria para el acceso a la verdad. Cuando no se es humilde, la verdad es traicionada y sucumbe inexorablemente. Lo comprobamos a diario: en los diversos enfoques de la vida contemporánea y, sobre todo, en el momento de ejecutar proyectos, – logrados en difícil diálogo – de aparente lucidez. El humilde no pretende tener la razón. Su fidelidad a la Palabra lo vuelve intransigente cuando se la intenta negar o amordazar como verdad. Acabamos de verificarlo en quienes se opusieron resueltamente a la legalización del aborto.

3.-   Dios la elige porque es humilde.   María es así. Sin el clamoreo que impera entre quienes creen ser competentes en todo. La humildad hace de María la poseedora de la Verdad, que recibe de Dios. El suyo es un aprendizaje de vida; toma la esencia de su ser y no necesita para expresarse de un lenguaje académico, del poder o de la fortuna. La “pobreza de corazón” constituye su inocultable capacidad previa. Dios la elige por ser “su humilde servidora” y por confiar absolutamente en su poder de Dios y Padre. No hay otra igual, es la Obra maestra de la gracia divina. Desde esta perspectiva se comprende el desempeño de su misión junto a Jesús y entre los discípulos de su Hijo. Sobre todo, debe ser entendida y considerada hoy, en el siglo XXI de la era cristiana. Sin duda, la actual dependencia del pueblo creyente – de su intercesión – la coloca en la cúspide del cumplimiento de su maternidad singular, conferida por Cristo en el momento más humillante y doloroso de la crucifixión.

4.-   María nos conduce a Dios.   Es preciso vincular nuestra emotiva adhesión al contenido de su mensaje de vida. No la honramos si edificamos templos en su memoria y no dejamos que el Espíritu nos construya como templo de Dios. Ella deposita en nuestra actual historia al Dios hecho hombre. Lo recordaremos desde las vísperas del 25 próximo. Es la ocasión de prestar atención principal a lo que celebramos. Sería lamentable dejar pasar el momento, sin otorgarle su auténtico sentido religioso, como si fuera uno de tantos. Puede ser el último: muchos lo festejaron el año pasado y hoy ya no están. María ofrece su singular conducción para que no equivoquemos el rumbo hacia Quien es nuestro destino y felicidad.  ¡Ven Señor Jesús!