Tercer Domingo de Adviento – Ciclo B

13 de diciembre de 2020

Juan 1, 6-8. 19-28

1.-   No es la Luz sino su testigo.   Él no era la luz, sino el testigo de la luz”. (Juan 1, 8) Exacta descripción de la misión del Bautista. Es un prototipo de “hombre nuevo”, que el hombre no puede lograr de sí. Lo crea Dios, como imagen suya, y lo revela a los hombres en su Hijo encarnado. La humildad conforma a Juan con la verdad. Siendo testigo de la luz es testigo de Cristo: Luz y Verdad. Para no contrariar su verdadera identidad ofrece una síntesis personal que lo muestra tal cual es. No es la luz, ni la Verdad, se considera un testigo calificado por Dios. Así aparece ante la muchedumbre, atraída por su palabra y el testimonio de su santidad. El Bautista necesita descubrir a Quien debe anunciar. Jesús insiste en mezclarse con la gente, como uno más, y le prohíbe a Juan tratarlo de manera diferente que a los demás penitentes. La acreditación, como Mesías, se la reserva al Padre: “Y se oyó una voz del cielo que decía: “Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección”. (Mateo 3, 17)

2.-    Juan, humilde y fiel a la verdad.   La actitud modélica de Juan, ante los sacerdotes y levitas judíos, reviste una importancia singular. Se espera al Mesías y el Bautista se destaca – como si lo fuere – ante la mirada de aquellos implacables inquisidores. Parece reunir los rasgos que los Profetas atribuyen al Mesías. Aquellos señores aprovechan la ocasión para ponerlo entre las cuerdas y preguntarle: “Este es el testimonio que dio Juan, cuando los judíos enviaron sacerdotes y levitas desde Jerusalén, para preguntarle: “¿Quién eres tú?”. Él confesó y no lo ocultó, sino que dijo claramente: “Yo no soy el Mesías”. (Juan 1, 19-20) La humildad lo constituye en un ser respetuoso e insobornable de la verdad. La Verdad, por la que Juan Bautista es decapitado, es Cristo. Por ello, su muerte es un verdadero martirio, como el de los Santos Inocentes. Vivir como discípulo del Señor, pone en riesgo permanente la integridad de quienes deciden serlo. Desde los albores de la fe, la Iglesia es perseguida y amenazada de muerte. La historia contemporánea expone una sucesión variada de situaciones muy dramáticas. A esta altura de la llamada “civilización” nadie debiera ser perseguido o muerto por causa de lo que cree o piensa. Las crónicas registran graves atentados contra la verdad o la fe de poblaciones marginadas y hasta masacradas por nuevas ediciones de cierto fundamentalismo. Muchas veces perpetradas en nombre de la religión.

3.-   Más que un profeta.   Juan Bautista no es una mera víctima de la injusticia y de la ebriedad de un rey enloquecido. Es profeta, Jesús dirá: “más que un profeta”. El profeta no inventa verdades, presta su palabra y su vida a la Verdad que Dios transmite por su intermedio. Por ello debe ser humilde y negarse a tergiversar lo que recibe de Dios, para ofrecerlo a quienes son sus exclusivos destinatarios. La máxima prueba de fidelidad es el martirio. El Adviento es tiempo para la fidelidad a la Palabra de Dios, que asumirá no una apariencia sino la misma realidad humana, deificada por la Encarnación del Hijo de Dios. Es asombroso. El amor divino llega al extremo enternecedor de generar gratuitamente la Vida eterna para quienes no la merecen. Su momento culminante será el martirio de Jesús crucificado y muerto sobre una Cruz sombría, fabricada por la crueldad incalificable de los hombres.  El Adviento, palabra profética y testimonio de vida, introduce al Salvador en la historia, dominada por el pecado y anhelante de redención. Es nuestra historia, la que nos ocupa y preocupa, tironeada por un animal salvaje – el de nuestras maldades – sediento de sangre. Cristo, precedido por Juan Bautista; remueve las aguas para que se produzca una oportuna y saludable reacción.

4.-   Juan y la Iglesia tienen la misión de hacer conocer al Cordero de Dios.   La humilde confesión de Juan, al considerarse “una voz que grita en el desierto”, concluye en la identificación de Cristo como el Salvador del mundo: “Al día siguiente, Juan vio acercarse a Jesús y dijo: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. (Juan 1, 29) La vida y ministerio del Bautista están abocados al anuncio de la Salvación y a la preparación de los corazones para recibirla. Es impostergable ese anuncio, porque el acontecimiento ya está en marcha, y requiere que los espíritus se empobrezcan, por la penitencia, para entender y adherirse a Quien es el Emanuel. La imagen del Cordero de Dios hace referencia a la Cruz y al perdón del pecado. El gran mal del mundo es el pecado, causa de todos sus males, y nadie podrá aliviarlo sino Cristo, el Cordero de Dios, que “quita el pecado”. No vacilemos ante el anuncio profético. Tampoco evitemos ser sus actuales y necesarios testigos.