Inmaculada Concepción de María – 2020

8 de diciembre de 2020

Lucas 1, 26-38

1.-   Yo soy la Inmaculada Concepción.   Cada año celebramos esta Fiesta tradicional de María. Enlazamos los mejores momentos de nuestra vida cristiana con ella: primeras Comuniones y la celebración de las primeras Misas Solemnes de neo sacerdotes. Dogma mariano definido por el Beato Papa Pio IX, en el año 1858. Coincidente con las Apariciones de Lourdes, en cuyo transcurso la Virgen Santísima se identificó a la humilde Bernardita Subirous con este novísimo título: “Yo soy la Inmaculada Concepción”. Preservada del pecado original, desde su concepción, en previsión de los méritos de su Divino Hijo. El Evangelista San Lucas nos permite acercarnos, más que nadie, al Misterio de la Encarnación y del Nacimiento de Jesús, el Hijo de Dios y de María. La huida a Egipto y el desarrollo de la vida familiar en Nazaret transcurren serenamente ante la lectura piadosa de los creyentes. Nos aproximamos, en andas del Adviento, a la Navidad. El texto de San Lucas, con su conmovedor relato de la Anunciación y de la Encarnación del Verbo, aclimata el momento más trascendente de la historia. La Iglesia vive ese clima espiritual y lo crea – por osmosis – en el mundo que le es contemporáneo.  

2.-   Soy la servidora del Señor.   ¡Es asombroso cómo Dios ha preparado el corazón de aquella santa joven! Llena de la gracia divina, la fidelidad constituye la respuesta al don misterioso de la maternidad virginal. El diálogo con el Arcángel Gabriel es simple y claro, no obstante revela el misterio del amor de Dios, oculto en los pliegues de la historia, hasta ese preciso instante. El propósito misericordioso de liberar al mundo del pecado involucra aquí a dos protagonistas irreemplazables: María y el Arcángel enviado por Dios. La intelección del contenido de ese diálogo exigirá un cambio que transfigura al mundo pecador y arrepentido. Durante aquella tierna conversación María formula el deseo de entender que la Encarnación se producirá fuera de las leyes de la biología: “¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relaciones con ningún hombre?” (Lucas 1, 34) La respuesta de San Gabriel no es una explicación teológica sino otro enunciado misterioso, sólo comprensible por la fe. De esa manera, todos, sin excepción, podrán acceder a su conocimiento y concretar una conexión saludable con el Misterio encarnado. Para ello, se requiere la pobreza del corazón, cuyo modelo excelente es María y lo será José. La respuesta de la Virgen a la explicación angélica no es: ahora acepto porque entiendo. Reconociendo la procedencia divina de aquella propuesta, es conmovedora su humildísima respuesta: “Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho”. (Juan 1, 38) Lo sepa registrar su intelecto o no.

3.-    La heroica y universal maternidad.   María comprende las dimensiones de su maternidad virginal, desde su Divino Hijo, biológicamente concebido, hasta todos los hombres – incluyendo a los crueles ejecutores de aquella muerte – representados por el Apóstol Juan. Por causa de su fidelidad a Dios, extiende su maternidad al mundo entero. Ve en todos, y en cada uno, a su Hijo inmolado por amor. Trasciende heroicamente los límites naturales de sus sentimientos, cruelmente heridos en el Cuerpo – salido de ella – de su Divino Hijo muerto y exánime entre sus brazos. ¡Qué grandeza de vértigo la de su amor materno y universal! Para ello Dios la llenó de su gracia, y la eligió para Madre de su Hijo encarnado. Es oportuno que actualicemos el conocimiento de su singular misión, en un “hoy” tan disputado por la irresponsabilidad diabólica de tantos hombres y mujeres, empeñados en tapar la Verdad con la mentira, la santidad con el pecado. Nunca es el mejor momento para que este acontecimiento de gracia sin igual sea expuesto al mundo. Así se inició la evangelización. Los Apóstoles no se sentaron a esperar tiempos propicios para que cayera bien su predicación. Desde la Ascensión y el impulso del Espíritu de Pentecostés, la Iglesia considera la persecución como una divina acreditación y, en consecuencia, se invierten los papeles: el amor vence al odio; la vida a la muerte; la comunión fraterna a la dispersión; la paz a la guerra.

4.-   Odres nuevos para vinos nuevos.   Sin duda, ésta es la hora de Cristo y de su Madre. Nos urge a los creyentes que la asumamos de inmediato. Las actuales circunstancias constituyen el grito de alerta de mayor estruendo en la historia que los mayores recordamos. Todo parece desmoronarse y, contrariamente, todo se impone a la labor ciclópea de aprovechar los escombros para una nueva edificación. María, llamándonos a interiorizar y a exponer nuestra fe en Cristo, nos impulsa a ser santos actuales: para hacernos cargo de difundir la Palabra y celebrar la Eucaristía. Recuerdo al adolescente recientemente beatificado: Carlo Acutis. En él, como en la totalidad de los santos, hallamos dos factores dominantes e irreemplazable de santificación: el amor principal a la Eucaristía y la tierna devoción a María. De esos factores – bien tradicionales – procede el vigor transformador de una nueva evangelización.