Segundo Domingo de Adviento – Ciclo B

6 de diciembre de 2020

Marcos 1, 1-8

1.-   Así se presentó Juan.   Juan Bautista ocupa un lugar destacado en la Historia de la Salvación. Su misión es preparar al pueblo ante la llegada inminente del Mesías. San Marcos cita un texto puntual del Profeta Isaías: “Mira, yo envío a mi mensajero delante de ti para prepararte el camino”. (Marcos 1, 2) En coherencia con ese anticipo profético, Juan – hijo de Isabel y de Zacarías – se identifica explícitamente: “así se presentó Juan el Bautista en el desierto, proclamando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados”. (Marcos 1, 11) El mundo actual necesita que otro Bautista le predique y abra en los corazones un nuevo camino para que Cristo ingrese y lo redima. La gracia impregna la vida contemporánea, como una lluvia silenciosa y penetrante. El Adviento crea un nuevo espacio donde la Palabra se anuncia en Juan y se encarna en Cristo. Es preciso que sea escuchada y propuesta, en este riesgoso hoy de la historia, como proyecto de vida. Quizás debamos recuperar el vigor del Bautista y de los Apóstoles, desprendiéndonos del miedo, y saltando el cerco de autoprotección que nos aleja de la cruda realidad.

2.-   Tiempo fuerte para el cambio.   El Adviento es tiempo fuerte para la conversión y la penitencia. Es un renovado – o inicial – encuentro con Jesucristo, con el propósito de ofrecerle el protagonismo que le corresponde. En vista a una vida tensionada por la amenaza del covid-19, y oculta detrás de un barbijo, convertido – en algunos – en mordaza para callar la verdad.  Debemos cuidar la salud física sin descuidar la salud espiritual. Estamos acostumbrados a vivir atentos a los mínimos signos del deterioro de nuestro equilibrio biológico y psicológico no atribuyendo importancia alguna a nuestro espíritu. De esa manera descuidamos los restantes aspectos de nuestra salud. El ser humano es un espíritu encarnado. Requiere la jerarquización armoniosa de sus valores. Adviento orienta hacia la vivencia de una espiritualidad dimanada de la única fe en Cristo. Para ello, ofrece medios que sanan el ser humano y establecen un necesario equilibrio entre todos los aspectos de la salud. Los santos, incluso los más averiados en su fisiología, obtienen una fortaleza sobrehumana cuando se trata de atender y sostener la integridad de su salud.

3.-   Juan prepara la llegada del Mesías.   La severidad, que reviste la persona del Bautista, se convierte en ternura al sumergir a los penitentes en las aguas del Jordán. Es un profeta. Su responsabilidad le exige ser signo, aunque pálido, de la intención misericordiosa de Dios. Cristo realiza lo que Juan anuncia, lleva a término lo que Juan prepara. Lo testimonia el mismo Bautista cuando responde – y se responde a sí mismo – a la inquietud de sus seguidores: “Detrás de mí vendrá el que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de ponerme a sus pies para desatar la correa de sus sandalias. Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo”. (Marcos 1, 7-8) Su fuerte personalidad suscita, sin pretenderlo, una inquietud en quienes consideran que él reúne las condiciones mesiánicas, anticipadas por los Profetas del Antiguo Testamento. Su humildad, superada por la de Cristo, constituye el secreto de su espiritualidad y de la santidad, a la que ha sido encumbrado por Dios precisamente por ser humilde. La gran enseñanza del Adviento necesita un transmisor competente. Si con el Adviento aprendemos a ser humildes hemos hallado en Juan Bautista un guía experto. Es la misteriosa razón por la que la primera bienaventuranza se refiere a los pobres de corazón. A ellos Dios quiere constituirlos en sus lugartenientes y confiarles las llaves de la Tierra Nueva: “Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos”. (Mateo 5, 3)

4.-   Felices los humildes.   La humildad aparece como la única respuesta a los intrincados conflictos que dominan la actual situación socio política. ¡Qué lejos estamos de considerarla como respuesta, y menos aún como la única! La soberbia erosiona cada intento de progreso, también las relaciones interpersonales e interinstitucionales. La propuesta evangélica, formulada en las bienaventuranzas, mantiene el eje de la primera,vale decir: la humildad de corazón. Los humildes en la perspectiva de Jesús no son los que carecen de bienes económicos sino “los que tienen alma de pobres”. El humildísimo Juan Bautista no es un apocado, es un batallador innato, dispuesto a jugarse el pellejo en cumplimiento de la difícil misión de allanar los caminos del Señor.  Así lo logra.