Primer Domingo de Adviento – Ciclo B

29 de noviembre de 2020

Marcos 13, 33-37

1.-   Atentos a la llegada de Cristo.   La advertencia de estar preparados, para el regreso del Dueño de la casa, se repite en la enseñanza del Maestro. Tal insistencia indica la importancia que reviste mantener la atención puesta en la llegada del Señor. Para ello se requiere orientar el paso, que cada uno debe dar, hacia Quien es el origen y término. Respiramos una atmósfera ateisada o absolutamente prescindente de Dios. No podemos prepararnos a recibir a Quien no esperamos. La tristeza de una vida sumida en la incredulidad parece invadir a mucha gente, y a las estructuras que constituyen su vida social y cultural. La urgencia de dar lugar a Dios, en la vida de relación con las personas y con las cosas, aparece como respuesta al estado generalizado de desconcierto y amargura. El Adviento, que hoy iniciamos, representa esa respuesta. Temo que nos hayamos quedado en una superficie sin proyección, como la fácil preparación de una romántica celebración folclórica. Debemos trascender lo que hicimos hasta hoy. Belén es el ángulo más humilde de la historia humana. Es elegido por Dios para que su Hijo, hecho carne – de la nuestra – se constituya en el Salvador de cada hombre o mujer.

2.-   Momento histórico esperado y sorpresivo.   Desde entonces, todas las esperanzas – grandes o mínimas – obtienen su sentido trascendente. Es un error imperdonable empobrecer el mayor acontecimiento, arrinconándolo o diluyéndolo, entre ocasionales encuentros de tono festivo. El arribo del Mesías Salvador es el momento histórico más esperado, y el más sorpresivo. De allí la urgencia de estar alertas: “Tengan cuidado y estén prevenidos, porque no saben cuándo llegará el momento”. (Marcos 13, 33) Juan Bautista, uno de los seres emblemáticos del Adviento, viene a preparar la llegada del Mesías. Su convocatoria a la conversión, y el signo que la expresa – el bautismo penitencial – posee como propósito el reconocimiento honesto de los pecados personales y el consecuente cambio de vida. El mensaje profético de Juan considera a todos como destinatarios. Así lo entienden quienes acuden atraídos por su palabra ardiente y por su impresionante testimonio de vida. Se erige, con profundo sentido de su pobreza, en regulador ético de los diversos solicitantes de su bautismo. Es un verdadero preparador de la llegada, esperada y sorpresiva, de Cristo, el verdadero Mesías.

3.-   Antes y después de Cristo.   La advertencia de Jesús es, al mismo tiempo, una directiva para todos. Dios hace, de su intervención en la historia humana, el acontecimiento que produce un cambio esencial, capaz de resolver las cuestiones de mayor influjo en la vida personal y social. Cristo cambia la historia, orientándola a su verdadero destino de verdad. Desde hace veinte siglos está trazada una línea simbólica: antes de Cristo y después de Cristo. Las grandes Fiestas cristianas: Navidad y Pascua de Resurrección, marcan el año calendario y, con mayor o menor intensidad, detienen el ritmo de la vida ordinaria. Es preciso que recupere su sentido y que Cristo, el Hijo de Dios encarnado, retome el comando de la historia de las relaciones entre las personas y los pueblos, hasta armonizar la providencial diversidad y establecer la paz. Difícil, hasta imposible empresa, para seres que están debilitados por el pecado, y necesitan de la acción redentora que los reconduzca. Es urgente encontrar un sendero que desemboque en el Bien de todos. Cristo se identificó como el único Camino que permite el acceso a la Verdad y a la Vida: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”. (Juan 14, 6) Los Apóstoles se presentan como transmisores y testigos, acreditados por el mismo Señor, para evangelizar a todas las personas y pueblos. Lo hacen mediante la predicación de la Palabra y la fracción del Pan. La Iglesia ha recibido esa misión y es su indelegable labor cumplirla hoy.

4.-   Cristo y su conocimiento como Verdad.   El Adviento nos prepara para recibir a Cristo – la Verdad – y para transmitir su auténtico conocimiento. Por ello es preciso disponernos personalmente a escuchar el anuncio explícito, que nos sigue ofreciendo la Iglesia de los Apóstoles. El valor apostólico define esencialmente a la Iglesia y le exige predicar la única Verdad que la identifica ante el mundo: Cristo. Verdad que no se aviene a los criterios en boga, promocionados por intereses políticos sesgados de oportunismo. Es lo que ocurre con el propósito de presentar una legislación (IVE), que arrasa con el prioritario e inviolable derecho a la vida. No todo el mundo desoye la Verdad encarnada en la persona de Jesucristo. Quienes la escuchan son silenciosos testigos, cuya voz reclama ser identificada y respetada entre tantas otras. Adviento es un tiempo privilegiado para conocer mejor a Cristo, que se nos ofrece en la predicación de la Iglesia y en la celebración de los sacramentos. Es muy peligroso y perjudicial descuidar este tiempo fuerte.