Domingo 33 durante el año – Ciclo A

15 de noviembre de 2020

Mateo 25, 14-30

1.-   Necesaria ambientación espiritual y cultural.   La parábola de los talentos es más comprensible al aplicarla a una humanidad polifacética y, por lo mismo, empeñada en responsabilidades diversas. Aunque cada integrante de la sociedad tiene algo que aportar, para el bien de todos y de cada uno, necesita transitar un obligado proceso de discernimiento personal. Para ello, requerirá una ambientación espiritual y cultural que favorezca la asimilación de los mejores aportes del pasado y del presente. Creo que el más importante, por su imprescindible protagonismo, es el acontecimiento de la Pascua cristiana. No se adapta a cierta alineación con otros eventos humanos. Constituye la intervención de Dios, mediante la Encarnación del Verbo, en una historia humana a la deriva, y, sin ese indispensable auxilio divino, definitivamente desahuciada. No obstante, Dios Padre y Creador, no exime a los hombres de los aportes que les corresponden, como verdaderos y libres colaboradores suyos. La acción de su Espíritu restablece la salud de sus hijos, actualizando los dones originales, dañados gravemente por el pecado. Es el motivo por el cual Jesús aparece curando a los enfermos, vale decir, a toda la humanidad discapacitada por causa de su original infidelidad.

2.-    La aplicación de los talentos.   Los talentos, o dones, confiados pródigamente por el Creador, no son para esconderlos sino para que fructifiquen como verdadero bien, del que Dios es único Dador. En las actuales circunstancias, aunque Dios es quien es sin nosotros, no ocurre así con nosotros. Sin Él no existiríamos en absoluto. No acrecentamos su fortuna – como en el hombre de la parábola – realizamos e incrementamos la nuestra como obra de su amor en nosotros. La ofensa a Dios es el descuido de su obra en sus hijos. Es tan importante y digna de su amor que para recuperarla decide que su Hijo divino se haga hombre. Es imposible comprender la dimensión del amor de Dios por cada uno de nosotros. La dolorosa humillación de la Cruz indica el extremo de ese amor: “Si, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en Él no muera, sino que tenga Vida eterna”. (Juan 3, 16) La parábola de los talentos trasciende la imagen simbólica y nos introduce en su más hondo significado. No podemos detenernos en la mayor o menor habilidad de aquellos siervos. Cada persona creada posee peculiares dotes para empeñarlos en la obra de Dios y en su auténtica restauración en el Misterio de Cristo. Su éxito consiste en configurarse con el pensamiento creador y redentor de Dios.

3.-   Educar y crear conciencia.   El Señor recompensa adecuadamente a quienes ponen al servicio de sus hermanos los talentos que le fueron confiados. También reprueba y sanciona a quienes, sumidos en la indolencia, entierran sus talentos hasta hacerlos improductivos. Para ello se requerirá el concurso de la educación y de una conciencia moral modelada por convicciones espirituales legítimamente transmitidas. Cuando todo se pone en cuestión, negando valor al pasado – sin el debido discernimiento – se produce un vacío, una especie de implosión destructiva de cuanto ha sido construido hasta el momento, declarándolo obsoleto. Con insólita liviandad se demuelen las estructuras morales y culturales más sólidas.  Pensemos en una legislación, que debiera resguardar la vida de todos y se atribuye el derecho de seleccionar quienes deben morir o vivir. Lo mismo digamos de la intencionada supresión de la diversidad sexual, ínsita en la naturaleza humana, que halla su expresión en una institución original e inviolable: el matrimonio. El deterioro espiritual e intelectual llega a la falsificación de la institución que une a un varón y a una mujer, con el propósito divino de poblar la tierra y generar una auténtica familia humana, imagen de la Santísima Trinidad. La familia, fundada en la alianza de amor de un varón y de una mujer, constituye la célula fundacional de la sociedad. Desde esta perspectiva antropológica debe ser entendida la estructura de la sociedad que integramos. De lo contrario se correrá el riesgo, que hoy nos amenaza y preocupa, de empujarla a la disolución.

4.-   Para administrar bien los talentos.   En consecuencia, la parábola de los talentos cobra una actualidad innegable. La hecatombe producida por una sucesión de irresponsabilidades, en el campo de la filosofía política y de su aplicación, reclama un freno al vértigo con el fin de repensar la administración de los cuantiosos talentos, acordados por el Creador. Cristo posibilita y logra la recta e inteligente administración de los talentos. Nadie puede prescindir de Él, porque es la Palabra necesaria para superar el caos y neutralizar sus consecuencias. Su Espíritu, descendido sobre la Iglesia primitiva, el día de Pentecostés, asiste a quienes deben hacerse cargo – todos – de una auténtica rectificación de la orientación temporal hacia el Bien y la Verdad: “Después de un largo tiempo, llegó el señor y arregló las cuentas con sus servidores”. (Mateo 25, 19)