Todos los Santos – Ciclo A

1 de noviembre de 2020

Mateo 4, 25. 5, 1-12

1.-   La santidad de Todos los Santos.   Nuestros hermanos los Santos son quienes aman a Dios – y a nosotros – desde la eternidad, estén canonizados por la Iglesia o no. Quienes combatimos por amar a Dios, amando a nuestros hermanos, establecemos una vinculación misteriosa y santa llamada: “Comunión de los Santos”. El texto evangélico que acabamos de proclamar constituye el perfil del seguidor de Jesús. El realismo descriptivo de la enseñanza del Maestro, causa un estremecimiento destinado a la paciencia, como quinta esencia de la caridad. Quienes conforman sus vidas con la de Cristo son bienaventurados y, por ende, auténticamente felices. El resultado de su enseñanza al pueblo es la exhortación a que, quienes creen, la adopten como forma de vida: “Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí”. (Mateo 5, 11) El Cielo no es un premio consuelo para los que padecen los oprobios mencionados a lo largo de las “bienaventuranzas”, sino la plenitud de la Vida o cumplimiento de la vocación al amor. El aspecto, aparentemente negativo expresado en ellas, es una descripción de la vida virtuosa como crisol. Cristo se propone, con humilde sinceridad, como modelo del Hombre Nuevo, que necesita alcanzar todo hombre si quiere e intenta ser feliz de verdad.

2.-   Consentir laboriosamente con  la gracia de Dios.    Los Santos constituyen el logro de la humanidad que se empeña en superar su desolada situación de pecado. La calidad del auxilio que proporciona Cristo resuelve el actual estado de deterioro moral de la humanidad. El mérito humano consiste en el consentimiento laborioso a la actividad redentora de Dios. De esa manera la libertad, dañada por el pecado, restaurará su original capacidad. La Redención consiste en restituir, en la naturaleza humana, la congénita capacidad, que ciertamente posee, de cooperar con la obra creadora y redentora de Dios. San Agustín lo expresa bellamente: “Dios que te creó sin ti no te salvará sin ti”. Para el mundo éste es un lenguaje extraño. La santidad constituye, en el ser humano, su auténtica realización. No es así como lo entienden los principales protagonistas de la sociedad actual, por ello, se empecinan en promover un prototipo humano incapaz de  lograr su vocación y de alcanzar su plenitud. Cristo viene a restablecer el orden primigenio y a encabezar el regreso a la casa del Padre, o casa común, abandonada irresponsablemente por los hombres, al sucumbir a la seducción del mal. Jesús no manifiesta la verdad sin mostrarla cumplida en su persona, mediante un comportamiento ejemplar, que responde fielmente al plan de Dios.

3.-   Los desventurados felices.   Leyendo, una tras otra, las bienaventuranzas podremos hallar una síntesis perfecta de las enseñanzas del Divino Maestro. La plenitud de vida, y la felicidad que de ella procede, depende de la observancia de cada una de ellas. Si son felices quienes acusan síntomas, que el mundo considera “infelicidad”, nos es preciso explicar, con términos aparentemente contradictorios, su verdadero sentido y su exacto contenido de verdad. De esta manera son felices “los que tienen almas de pobres” porque son los propietarios del Reino de los Cielos; los “pacientes”…etc.El texto de San Mateo nos lleva, como de la mano, a través de un sorprendente elenco de definiciones. La siguiente desborda toda capacidad de asombro: “Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí”. (Mateo 5, 11) Quisiera referirme a la primera de las bienaventuranzas que, en mi opinión, explica y fundamenta las posteriores. La “pobreza de alma”, que se la intenta identificar, erróneamente, con la injusta pobreza económica y cultural. La pobreza que hace feliz a la persona es la humildad. Es una virtud que no se la puede confundir con un “pobrismo” peyorativo, esgrimido contra la tradicional opción evangélica.

4.-   El secreto de la felicidad.   La definición final, señalada por el texto bíblico, devela el secreto de la auténtica felicidad. Consiste en la participación del Misterio de Cristo, causante de una Salvación, que el mundo tienta por senderos sin salida. Dicha participación se manifiesta en todos los Santos, cuya Solemnidad hoy celebramos. Sin dudas, el bien de todos los seres humanos se logra al participar de la Muerte y Resurrección de Jesucristo. Es necesario y urgente su conocimiento: silencioso y transformador. Cada bautizado está orientado a ser un testigo acreditado de Cristo para el mundo, del que es, o debiera ser, un ciudadano responsable. Para ello, urge la renovación de la vida cristiana en santidad, a partir de un conocimiento experiencial de Cristo, logrado gracias al servicio pastoral de la Iglesia, que enlaza, a los actuales creyentes, con los Apóstoles y las primeras comunidades cristianas.