Domingo 27 durante el año – Ciclo A

4 de octubre de 2020

Mateo 21, 33-46

1.-   Preceptos humanos vs mandamiento de Dios.   Jesús manifiesta una claridad admirable en su enseñanza al pueblo. No teme a los inconvenientes, que bien sabía sobrevendrían, en el desempeño de su ministerio misionero. Tiene ante sí un pueblo, del que procede genealógicamente, demasiado aferrado a sus tradiciones. En ellas se incluyen las promesas de Dios a los Patriarcas y Profetas. A veces, guiado por sus autoridades eclesiásticas y doctrinales – sacerdotes y escribas – adopta lecturas que impiden la comprensión de las promesas divinas. Esos dirigentes, malinterpretan el mandamiento divino y desconocen la llegada del Mesías cuando aparece Cristo. Los Evangelios ofrecen un panorama realista tanto de las adhesiones como de las resistencias en favor o en contra de la persona y enseñanzas del Señor. La implacable persecución desemboca en un juicio injusto y en la Cruz. Necesitamos restaurar la esperanza humilde de su llegada a nuestra vida, sacudida por innumerables dificultades y contradicciones. No es este un consuelo de fábula, para digerir los momentos críticos y amargos de la vida, sino el realismo innegable de la verdad.

2.-   La pena de no beneficiarse de la gracia.   La parábola de los viñadores homicidas causa escalofríos. Es entonces cuando emerge toda la maldad alojada en el corazón del hombre, aun no saneado por la Redención. Los dirigentes religiosos y mentores, del pueblo de Jesús, se sienten aludidos por su enseñanza. No saben reaccionar ante la última y definitiva palabra profética, formulada por el mismo Mesías: “Los sumos sacerdotes y fariseos, al oír estas parábolas, comprendieron que se refería a ellos. Entonces buscaron el modo de detenerlo, pero temían a la multitud, que lo consideraba un profeta”. (Mateo 21, 45-46) A pesar de las obras sorprendentes de renovación y santidad hoy muchos no creen, y sufren la pena de no beneficiarse de la gracia del Redentor. Como en aquellos sacerdotes y fariseos, hoy se producen los mismos gestos de adhesión o de rechazo. Está la fidelidad de muchos y ejemplares creyentes, y la incredulidad, o la fragilidad de la fe, de otros muchos.  Jesús padece el rechazo del mismo mundo incrédulo y farisaico, en lenguaje moderno, que, inspirado por el mal o “el pecado” (Juan 1, 29), necesita del Hijo de Dios encarnado, de su Cruz y de su perdón. Grandes personajes, como San Agustín y Santa Edith Stein, experimentaron esa existencial y humana necesidad.

3.-   Cristo ofrece su Vida en la Cruz y en la Eucaristía.   Es imperioso reflotar, en la conciencia de la sociedad, el oculto anhelo de redención que únicamente Cristo puede satisfacer. Es misión de los auténticos creyentes – como lo fueron los convertidos mencionados – orar y ofrecer el testimonio de la santidad. De esta manera, Cristo vuelve a un mundo que lo busca sin identificarlo. Al desechar esa misteriosa y siempre vigente economía de salvación, se repite hoy el rechazo irresponsable del auténtico Mesías de Dios. Hace veinte años, el inolvidable Pontífice San Juan Pablo II afirmaba: “El mundo actual espera de los cristianos el testimonio de la santidad”. No en vano Cristo ofrece su vida por todos los hombres en la Cruz y en la Eucaristía. En virtud de su Resurrección se constituye en “el Señor de la historia” y se hace presente en la nuestra, particularmente complicada. Es el momento propicio para intensificar el anuncio de esta Verdad. El mundo necesita conocerla – aunque manifieste no interesarse en ella – porque de su aceptación depende el cumplimiento de su destino temporal y trascendente. El combate, entre su aceptación y su rechazo, es un estado permanente e inevitable. Como cristianos y agentes de la evangelización se nos impone recordar las advertencias de Jesús a sus discípulos: “Acuérdense de lo que les dije: el servidor no es más grande que su señor. Si me persiguieron a mí, también los perseguirán a ustedes; si fueron fieles a mi palabra, también serán fieles a la de ustedes. Pero los tratarán así a causa de mi Nombre, porque no conocen al que me envió”. (Juan 15, 20-21)

4.-   Cristo es el poder de Dios para la salvación.   La unión con Cristo, como sarmientos unidos a la vid, no admite dilaciones. Hemos repetido, hasta el cansancio, que depender de la persona y de la gracia de Cristo es imprescindible. Su ausencia invalida todo proyecto evangelizador. El Evangelio, inspirador de la pobreza de espíritu y de la sencillez, mantiene su virtud sobrenatural para “quitar el pecado del mundo” y conducir a los hombres a la verdad y a la santidad. San Pablo lo expresa así en su Carta a los Romanos: “Yo no me avergüenzo del Evangelio, porque es el poder de Dios para la salvación de todos los que creen…” (1, 16) Cristo es “el Evangelio del Padre” (Conferencia de Santo Domingo – 1992). Es “el poder de Dios que salva”, de irreemplazable protagonismo, “ayer, hoy y siempre”.