Domingo 23 durante el año – Ciclo A

6 de septiembre de 2020

Mateo 18, 15-20

1.-   La virtud no es noticia, sí el escándalo y la corrupción.   Jesús ofrece su nueva perspectiva, que comprende un cambio virtuoso en el comportamiento humano. Nos encontramos ante un verdadero desquicio moral de lamentable exposición mediática. A la vida virtuosa de muchos hombres y mujeres se les niega un lugar significativo en las redes sociales y en ciertos medios de comunicación. No así al desorden, mencionado con el término: “desquicio moral”. El libertinaje, confundido con el legítimo ejercicio de la libertad, aparece tildando – injustamente – de hipocresía la adopción práctica de los valores morales y religiosos. Se produce un desconcertante recurso a la inmoralidad y amoralidad, sin importar el daño que genera entre los seres más vulnerables de la comunidad: me refiero a los niños y a los jóvenes. La hipocresía consiste en disimular o distorsionar la verdad, con el fin de imponer y popularizar el error y la corrupción. Ciertos personajes, con gran protagonismo político y social, confunden sus frágiles o erróneos conceptos con la verdad, imponiéndolos mediante una legislación que contradice las convicciones espirituales y éticas del pueblo que afirman servir.

2.-   La corrección fraterna.   A pesar de las contradicciones que impiden las relaciones primarias – de empatía – no debemos olvidar que Jesús viene a eliminar sus principales causas: el egoísmo y la soberbia. Compromete las acciones positivas de los mismos hombres, predisponiéndolos a ofrecer todo lo propio por el bien de todos.  No es fácil la corrección fraterna, requiere humildad en quien corrige y, la misma virtud, en quien recibe la oportuna y responsable amonestación.  Virtud extraña en el mundo actual. Sin embargo de urgente necesidad, sobre todo en circunstancias marcadas por el conflicto y la desorientación. Si me preguntaran cuál es la condición indispensable en el desempeño de un servicio a la comunidad – incluido el poder político y la actividad legislativa – propondría la virtud practicada por los santos y los sabios: la humildad. La soberbia es el “pecado del mundo” que el Cordero de Dios vino a eliminar. Es el mal que corroe las mejores intenciones e invalida los más inteligentes proyectos. En la educación de los futuros dirigentes – o servidores del bien común – habrá que incluirse el ejercicio explícito de esta virtud. Se comprueba que la soberbia entontece a los intelectuales mejor dotados. Por ello, durante el X Congreso Eucarístico Nacional, celebrado en Corrientes, suplicábamos que Dios suscitara dirigentes “honestos y capaces”. Para la mencionada “honestidad”, el único sendero de acceso es la “humildad”. Los inteligentes se forman mediante la capacitación científica y técnica; los humildes, en cambio, se adiestran en el buen ejercicio de la libertad – en la responsabilidad – mediante una educación fundada en valores.

3.-   La familia, reservorio de valores y derechos.   La armonización de ambos factores presenta el prototipo del dirigente político, social o religioso que necesita la sociedad. La guerra desatada contra los valores tradicionales, inscritos en las culturas propias y promovidos por la fe religiosa, alcanza niveles trágicos, fácilmente verificables. El depósito que reúne esos valores está siendo bombardeado, sin clemencia, por actores interesados en su total extinción. Pensemos en la familia, hasta hoy reservorio de los sólidos principios éticos, morales y sociales, rectores de la conducta personal y ciudadana. Se está a tiempo para lograr una saludable reacción, promovida por educadores y formadores de la conciencia popular. Quienes se han puesto en la orilla opuesta se vuelven más agresivos y aprovechan la debilidad y desconcierto de quienes debieran sostener las instituciones educativas y regentear los alicaídos medios de comunicación social. Es oportuno volver a los principios y valores que alentaron la heroicidad de los principales próceres de nuestra historia patria. Recientemente recordábamos a San Martin y a Belgrano. Corremos el riesgo de erigirles monumentos, pero, enmudecerlos mientras sus legados siguen vivos y de sorprendente actualidad.

4.-    La oración en común para la construcción de la fraternidad.   Concluye el texto evangélico mencionado con una exhortación a la oración común, confiada en la acción mediadora de Cristo: “También les aseguro que si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá. Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos”. (Mateo 18, 19-20) Los creyentes necesitamos recurrir a la oración, en la dirección que señala Jesús. De esa manera Él mismo permanece entre nosotros, cumpliendo su misión reconciliadora – con nosotros – y conduciendo todo esfuerzo de unidad a su mejor expresión. Es el único que puede lograrlo.