Domingo 22 durante el año – Ciclo A

30 de agosto de 2020

Mateo 16, 21-27

1.-   Dos fuentes de inspiración.   En la persona de Pedro se encuentra el signo de la contradicción que tironea a todo hombre. Necesita ser resuelta con urgencia. El Apóstol, con el temperamento que lo identifica entre sus condiscípulos, reacciona de inmediato. Lo hace en forma casi instintiva y algo atropellada. Con pocos versículos de distancia, se manifiestan dos fuentes de inspiración absolutamente opuestas. La espontánea y súbita coincidencia con el pensamiento del Padre, que es reconocida y ponderada por Jesús. Lo hemos reflexionado el domingo pasado. Entonces Pedro mereció el privilegio de ser constituido en piedra básica de la Iglesia. Y lo contrario: cuando, el mismo Apóstol, pretende mal aconsejar a Jesús, con una intención extraña al pensamiento de Dios: “Pero él, dándose vuelta, dijo a Pedro: ‘¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos, no son los de Dios, sino los de los hombres’”. (Mateo 16, 23) Dura reprimenda. Jesús responde a un Pedro que – poco tiempo antes – lo había identificado acertadamente como “el Hijo de Dios vivo”. Después de la Resurrección, junto al mar de Tiberíades, como buen perdonador, el Señor confirmará la misión acordada a su zarandeado discípulo, a cambio de una humilde profesión de amor.

2.-   La dolorosa contradicción interior.   Pedro representa a Cristo en la Iglesia, y es la imagen nítida del hombre que necesita a Cristo. San Pablo, tan cercano a Pedro, confiesa humildemente la experiencia de esa dolorosa contradicción interior: “De esta manera, vengo a descubrir esta ley: queriendo hacer el bien, se me presenta el mal. Porque de acuerdo con el hombre interior, me complazco en la Ley de Dios, pero observo que hay en mis miembros otra ley que lucha contra la ley de mi razón y me ata a la ley del pecado que está en mis miembros”. (Romanos 7, 21-23) En los momentos de mayor desaliento y debilidad, el Señor ofrece a Pablo una inesperada y oportuna respuesta: “Tres veces pedí al Señor que me librara, pero él me respondió: ‘Te basta mi gracia, porque mi poder triunfa en la debilidad”. (2 Corintios 12, 8-9) Es iluminadora la experiencia de estos grandes amigos de Jesús. No hay lugar para situaciones dramáticas, que se vuelven insuperables cuando la ausencia de la fe desprovee de energías espirituales a quienes las padecen. En aquella ocasión Pedro experimenta la humillación de la severa calificación. En el nivel de aprendizaje – en el que se encuentra – sabe aprovechar la lección de su Maestro. Así será siempre. Finalmente logrará alcanzar la capacidad apropiada – la santidad – para el ejercicio de su singular ministerio.

3.-   El amor como seguimiento de Cristo.   La liturgia de este domingo nos ofrece un párrafo evangélico con dos acentuaciones convergentes: la positiva reprensión a Pedro y la radicalidad del seguimiento que corresponde a los discípulos fieles. A la luz del segundo aspecto se comprende la fuerte calificación que recibe el aturdido Apóstol. Para lograr la incondicional adhesión a la inspiración divina es preciso anteponer el amor de Dios, incluso frente al riesgo de perder la vida. Cristo es el Dios encarnado que revela, en términos humanos, la escala de valores que debe orientar el comportamiento de los hombres honestos: “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará”. (Mateo 16, 24-25) Es preciso dejarse inspirar por el Espíritu Santo para comprender la calidad del seguimiento que Cristo exige. Hasta el día de la Ascensión algunos aún dudaron: “Los once discípulos fueron a Galilea, a la montaña donde Jesús los había citado. Al verlo, se postraron delante de él, sin embargo, algunos todavía dudaron”. (Mateo 28, 16-17) La fe logra su firmeza, únicamente, cuando llega al compromiso de la caridad. A quienes dudan les falta dar el paso hacia las obras, por amor a su Maestro. Pedro, a orillas del Tiberíades, lo aprende definitivamente. 4.-   El amor a Cristo da eficacia a la evangelización.   Quizás los cristianos deban revisar la intensidad – o la fragilidad – de su amor a la persona de Jesús. Lo que se realiza por amor posee una poderosa fuerza creativa. El que ama todo lo logra. La Iglesia inicia su presentación histórica desde un impulso que el Espíritu Santo – el día de Pentecostés – le imprime sobrenaturalmente. Es el Amor del Padre y del Hijo, constituyéndose en la tercera Persona de la Santísima Trinidad. San Pablo lo afirma, con su excepcional sabiduría, acreditando así el ministerio recibido: “porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado”. (Romanos 5, 5) A Dios lo mueve el amor, tanto en la Creación como en la Redención. Es en el amor, donde el hombre encuentra cumplida su auténtica vocación.