Domingo 21 durante el año – Ciclo A

23 de agosto de 2020

Mateo 16, 13-20

1.-   Una encuesta singular.   De la mano de Mateo nos internamos en momentos decisivos del ministerio público de Jesús. La encuesta grupal que el Señor pone en práctica tiene poco que ver con el despliegue técnico de las que hoy parecen regir las fluctuaciones del humor popular. El humildísimo Maestro no intenta la adhesión de los pocos hombres que ya habían decidido estar con Él. Su propósito es acompañar el proceso de fe de aquel grupo humano, un tanto indisciplinado e inestable. Debía lograr la fe, que los uniera a su persona, distinguiéndola de confusas comparaciones con las figuras más notables del Antiguo Testamento, incluyendo la de Juan Bautista. Aquellos discípulos manifiestan conocer la opinión de la gente acerca de su Maestro: “¿Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es? Ellos le respondieron: “Unos dicen que es Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías o algunos de los profetas”. (Mateo 16, 13-15) El contacto con el pueblo les ofrece la ocasión de conocer qué se dice de Él. El Señor avanza, en su personal investigación, hasta involucrarlos personalmente: “Y ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy?” (Ibídem 16, 15).

2.-   La respuesta inspirada de Pedro.   Pregunta incisiva y difícil de satisfacer. Pedro no titubea; no examina demasiado lo que se le viene en mente, lo expresa de inmediato, sin especular si caerá bien o mal a sus hermanos y condiscípulos. El texto es directo y claro: “Tomando la palabra, Simón Pedro respondió: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. (Mateo 16, 16) De inmediato Jesús, al ponderarlo, descubre el verdadero origen de su declaración: “Feliz de ti hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo”. (Ibídem 16, 17) El Apóstol no teme equivocarse – y bien se equivoca en otras oportunidades – tampoco está en condiciones de advertir si la inspiración proviene o no del Padre. No lo envanecen sus aciertos ni lo desalientan sus errores. No obstante, cuando llega el momento sabe asumir la grave responsabilidad que el Maestro carga sobre sus débiles hombros. De esa manera aprende a ser fiel y a jugarse por la Verdad. Su misión, en la Iglesia naciente, es reconocida por los Doce y demás discípulos. Constituye, por voluntad del mismo Señor, un elemento innegable del depósito de la fe de la Iglesia. En lo sucesivo, el Magisterio ejercido por Pedro – el Papa – y los Apóstoles irá desentrañando ese contenido (o depósito) mediante definiciones o pronunciamientos puntuales.

3.-   El testimonio cristiano en un mundo que lo necesita.   La vida cristiana puede ser comprendida únicamente desde una fe práctica, nutrida con la Palabra de Dios y sus expresiones sacramentales. En la actualidad, nos hallamos ante un alarmante porcentaje de bautizados que se confiesan “católicos no prácticos”. Al mismo tiempo, en la perspectiva pastoral de la Iglesia Católica, aparece un desafío de fuerte tonalidad socio cultural. Es preciso recogerlo, sin dilación alguna, empleando los mejores recursos técnicos y mediáticos que ofrece la ciencia y la tecnología. San Pablo VI, enamorado de Cristo, como el Apóstol homónimo, dirige su magisterio al hombre del siglo XX, desde su visión y experiencia del Misterio de Cristo, con una convicción muy movilizadora. Su testimonio cobra un valor predominante en circunstancias – como las actuales – en las que nuevos términos ideológicos tienden a afectar negativamente las culturas tradicionales más sólidas. Será importante releer su Magisterio y comprobar su vigencia y contenido profético. El Evangelio es el exclusivo inspirador de los Santos Pontífices, de épocas tan distantes y diversas. Es el firme direccionamiento del Espíritu de Pentecostés, que asiste a la Iglesia para el cumplimiento de su misión. Pedro señala el recorrido que es oportuno mantener, sin temor al peligro de naufragio, con la confesión valiente y pública de la identidad divino-humana de Cristo. Hoy el mundo necesita que se le diga, sin disimulo, que Jesús es el Hijo de Dios vivo. 4.-   Fuerza y sabiduría de Dios.   Ese testimonio no consiste en la exposición formal de una doctrina. La fe cristiana no se apoya en un sistema de conceptos filosóficos sino en una Persona: Jesucristo. Por ello, los Apóstoles y los Padres de la Iglesia, desarrollan su enseñanza a partir de la presentación de Cristo resucitado, no de un sistema conceptual humanamente debatible. La gracia fluye de la Persona divina de Cristo resucitado. La conversión es causada por su gracia, de ninguna manera por una construcción dialéctica, por más genial que sea su formato literario y su apoyo argumental. Recordemos la sabia y desconcertante exposición doctrinal de San Pablo: “Dios quiso salvar a los que creen por la locura de la predicación. Mientras los judíos piden milagros y los griegos van en busca de sabiduría, nosotros, en cambio, predicamos a un Cristo crucificado, escándalo para los judíos y locura para los paganos, pero fuerza y sabiduría de Dios…” (1 Corintios 1, 21-24)