Domingo 19 durante el año – Ciclo A

9 de agosto de 2020

Mateo 14, 22-33

1.-   Un trato especial a los más allegados.   Jesús no acepta ser considerado como un obrador de milagros, tampoco intenta exhibir ante la muchedumbre, de manera demagógica, sus extraordinarias facultades. Con frecuencia prohíbe a sus beneficiados difundir el prodigio que les ha devuelto la salud. No obstante, para sus más allegados, manifiesta el carácter divino de su personalidad y misión. La escena, que el Evangelio según San Mateo expone, adquiere una relevancia particular. Es oportuno recordar su transfiguración en el Monte Tabor. Sus principales discípulos – los Apóstoles – necesitan ser iniciados en el conocimiento cabal de su Maestro. Son demasiado primitivos para realizar, sin un auxilio extra, un proceso de fe que encause lo que será, en lo sucesivo, el empeño principal de su actividad apostólica. A ellos Jesús les ofrece el espectáculo de su asombroso dominio sobre la naturaleza: “A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el mar. Los discípulos, al verlo caminar sobre el mar, se asustaron. “Es un fantasma”, dijeron, y llenos de temor se pusieron a gritar. Pero Jesús les dijo: “Tranquilícense, soy yo; no teman”. (Mateo 14, 25-27)

2.-   La intención descristianizadora de fuerzas ocultas.   El hecho prodigioso sacude la mediocridad de aquellas vidas. Necesitan conocer el misterio escondido en aquel joven Profeta, que se revela como el Mesías esperado y, cuya misión divina, lo convierte en quien marca un rumbo nuevo al curso de la historia. No obstante, aún caminando sobre las aguas, revela a sus espantados discípulos la realidad de su identidad humana: “soy yo; no teman”. Lo mismo ocurre en el Monte Tabor.  Aquellos Apóstoles, y quienes crean por su testimonio, lo identifican como el Dios encarnado. De esa manera – hecho Hombre – consigue hacerse visible a los hombres como Señor y rector de la historia. Para ser reconocido es preciso que atraiga la atención del mundo, mediante la fe suscitada e iluminada por la Palabra. Para que no se produzcan distorsiones la Iglesia – una, santa, católica y apostólica – tendrá que desplegar toda su capacidad evangelizadora. La oposición inveterada a sus enseñanzas se ha vuelto, últimamente, muy agresiva. Poderosa en medios, subvencionados por fortunas incalculables, proyecta asfixiar la fe de los pueblos más pobres con exigencias leoninas. Una de ellas es la legislación – opuesta a la fe de la mayoría – del aborto, de la llamada “ideología de género” y del “matrimonio” igualitario.  Para esas fuerzas ocultas, el propósito primario es “descristianizar”, aún promocionando algunas sectas “pseudo religiosas” y antievangélicas.

3.-   La sabiduría como resultado de un aprendizaje.   Pedro reacciona exagerando su confianza en el propio liderazgo, más que en la persona de Jesús. Le ocurre en varias oportunidades, seguidas invariablemente por un humillante fracaso. Jesús acude al grito angustioso de su discípulo, no sin advertirle que ha equivocado su fe al confiar exclusivamente en sus frágiles fuerzas: “Pero, al ver la violencia del viento, tuvo miedo, como empezaba a hundirse, gritó: “Señor, sálvame”. En seguida, Jesús le tendió la mano y lo sostuvo, mientras le decía: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?” (Mateo 14, 30-31) – ¿Por qué has pretendido confiar en ti y no en mí? – Una lección de vida que no se aprende con facilidad. Aprendizaje que genera sabiduría y fortaleza para transitar los caminos más escarpados.  Virtud que el mundo necesita adquirir y practicar, si intenta lograr soluciones adecuadas para sus graves problemas. Son frecuentes los deslices protagonizados por algunos dirigentes, cuando tratan de proyectar un nuevo ordenamiento político, económico y social. El egoísmo intercepta los mejores planes, presentándolos como impracticables y, por lo mismo, desechables. Con frecuencia, los intereses personales y sectoriales prevalecen sobre el bien común y la fidelidad a la verdad. Cristo personifica la Verdad: “Yo soy la Verdad”.

4.-   La imprescindible luz de la Palabra de Dios.   La lectura creyente de las Santas Escrituras abre una perspectiva, habitualmente desechada por el mundo, que responde a la verdad sobre la persona humana. Su aplicación interesa no únicamente a los creyentes, como lo propugnan los adictos a un racionalismo a ultranza, sino a todo aquel que participe de la naturaleza humana. Sus derechos básicos se consolidan al recibir la luz proveniente de la Palabra de Dios. El fervor intenso por difundirla caracteriza la vida y actividad de la Iglesia de Cristo. Los consejos de Pablo a su discípulo, el Obispo Timoteo, señalan la razón de ese genuino fervor apostólico: “proclama la Palabra de Dios, insiste con ocasión o sin ella, arguye, reprende, exhorta, con paciencia incansable y con afán de enseñar”. (2 Timoteo 4, 2)