Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo – Ciclo A

14 de junio de 2020

Juan 6, 51-58

1.-   Su carne es comida y su sangre es bebida.   ¡Qué importancia quiso otorgar Jesús a su misteriosa condición de Pan o alimento sustancial de la Vida nueva de sus seguidores! Su lenguaje no ahorra expresiones para indicar el realismo de la verdad que propone a sus discípulos. Quienes se muestran incapaces de entender este insólito lenguaje, decidirán abandonarlo muy contrariados: “Jesús enseñaba todo esto en la sinagoga de Cafarnaún. Después de oírlo, mucho de sus discípulos decían: “¡Es duro este lenguaje! ¿Quién puede escucharlo?” (Juan 6, 59-60) No pasa aún por la mente de aquellos hombres la posible alternativa del sacramento. Ciertamente la fe de sus discípulos es severamente puesta a prueba, y muchos sucumben: “Desde ese momento, muchos de sus discípulos se alejaron de él y dejaron de acompañarlo”. (Juan 6, 66) La fe de aquellos primeros y principales seguidores se apoya en su persona y no en la ocasional intelección de su doctrina. No obstante Jesús los apura no modificando, ni suavizando, la crudeza de la misteriosa declaración de que “su carne es comida y su sangre es bebida”. Reitera sus términos y los desafía a optar por seguirlo o abandonarlo: “¿También ustedes quieren irse? Simón Pedro le respondió: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna. Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios”. (Juan 6, 67-69)

2.-   La Iglesia vive de la Eucaristía.   El propósito de quedarse entre nosotros – con el realismo impactante de su inmolación por amor y su actual estado de glorificado – le inspira esta presencia sacramental. La Eucaristía es Cristo que se dona a nosotros y por nosotros. Es así que su ofrecimiento cumple su cometido, al ser “el Pan bajado del Cielo”, mediante el Sacramento que hoy celebramos. Jesús lo anticipa de forma desencarnada y racionalmente indigerible para aquel auditorio: “Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes”. (Juan 6, 53) Es Él, sin lugar a dudas. A lo largo de la historia se han producido muchos milagros eucarísticos que manifiestan, de manera insólita, que la Eucaristía es Él mismo, inmolado en la Cruz y resucitado. En una de sus apariciones, posteriores a la Resurrección, se presta a ser investigado por sus desconcertados discípulos: “Miren mis manos y mis pies, soy yo mismo. Tóquenme y vean. Un espíritu no tiene carne y huesos, como ven que yo tengo. Y diciendo esto, les mostró sus manos y sus pies”. (Lucas 24, 39-40) La captación segura y directa de ese Misterio se logra por la fe. Virtud que infunde el Espíritu Santo, Don transmitido por Cristo resucitado. Él suscita y nutre la fe en el embalaje de su palabra humana, retransmitida por los Apóstoles, mediante el ministerio de sus actuales sucesores. El Sacramento de la Eucaristía, por el que la Iglesia vive (Ecclesia de Eucharistia – San Juan Pablo II) mantiene viva la misión que Cristo recibe de su Padre y que delega a los Doce: “Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes”. (Juan 20, 21)

3.-   La Eucaristía sana los corazones más dañados.   El culto a la Eucaristía constituye el soporte principal de la Vida cristiana. Las manifestaciones espontáneas de los miembros más conspicuos de la Iglesia – los Santos – confirman la eficacia de su centralidad. El Papa Francisco ya ha aprobado el milagro para la beatificación del jovencísimo Carlos Acutis, fallecido a los quince años. Su espiritualidad está centrada en el amor a Jesús Sacramentado y a la Virgen Santísima. Se da un movimiento de fe que no es programado por los hombres y que sorprende, hasta el asombro, a quienes lo experimentan. Jesús Sacramentado, mediante el don del Espíritu Santo, cambia los corazones más dañados por el pecado. Es entonces cuando se revela como Causa eficaz de salvación (Hebreos 5, 9). El  extenso elenco de los Santos confirma la veracidad de este hecho sobrenatural. El pase del ateísmo a la fe, en el Beato Carlos de Foucauld y en Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein), constituye una prueba irrefutable de la acción santificante del Espíritu que Jesús infunde a quienes lo siguen: “Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: Reciban el Espíritu Santo”. (Juan 20, 22)

4.-   Un cambio del clima humano.   La Eucaristía que celebramos sin interrupción, cambia el clima social, irrespirable mientras lo contamine el pecado. El mundo ajeno a la fe no sabe de dónde viene la paz, cuando se produce. Existe Alguien que la genera, a través de un signo visible y eficaz de su gracia. Cuando celebramos el Congreso Eucarístico Nacional (2004) – en Corrientes – pudimos experimentar la centralidad de Jesús sacramentado. También lo es para los no creyentes, hasta para quienes lo rechazan abiertamente, ya que Cristo es el único Redentor de todos. Esta verdad mantiene su vigencia en los creyentes que saben identificar a Cristo Salvador con la Eucaristía que la Iglesia celebra. Cuando los hombres descubren la realidad y eficacia vital del Sacramento, detienen su alocada carrera antirreligiosa para postrarse en adoración, y cambiar radicalmente su comportamiento personal y su compromiso social.