Pentecostés – Ciclo A

31 de mayo de 2020

Juan 20, 19-23

1.-   El Don de Cristo resucitado.   La presencia y animación del Espíritu Santo constituyen el reaseguro de la vida y misión de la Iglesia. Hoy recordamos el cumplimiento de la principal promesa de Jesús: la venida del Espíritu Santo, el día de Pentecostés. Los Apóstoles, acompañados por la Santa Madre del Señor, otras mujeres y parientes, adoptan la actitud que corresponde a la aceptación agradecida del Don divino. Me refiero a la oración en común, recogida y humilde. Así María Virgen recibe al Verbo de Dios en su seno virginal. Así se comportan los grandes orantes y depositarios de la antigua Alianza. En Pentecostés se oficializa el mandato misionero y la Iglesia comienza su desarrollo carismático y social. El Tiempo de la fe, iniciado el día de la Ascensión, rige su movimiento misionero, a partir de la exposición histórica de su acreditación. Cristo le da vida en la Cruz y, ya resucitado, le infunde el Espíritu prometido – como su alma – para constituirla en su Cuerpo Místico. Me permito citar un texto medular del Concilio Vaticano II, que así lo expresa: “el Espíritu, quien, siendo uno solo en la Cabeza y en los miembros, de tal modo vivifica todo el cuerpo, lo une y lo mueve, que su oficio pudo ser comparado por los Santos Padres con la función que ejerce el principio de vida o el alma en el cuerpo humano”. (Lumen Gentium n° 7).

2.-   La inconciencia del pecado y el rechazo a ser perdonados.   Cincuenta días después de la Pascua – ya el Señor resucitado y objetivo principal de la fe – se produce este descenso del Espíritu Santo sobre la Iglesia naciente y el mundo. A partir de este momento la misión de Cristo – Cordero de Dios – es desempeñada por la Iglesia, con toda su vitalidad y eficacia. No nos extrañe que el texto del evangelista teólogo vincule el Don, que transmite Jesús resucitado, al perdón de los pecados: “Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan”. (Juan 20, 22-23). Cristo es “el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1, 29). Para eso vino al mundo: por los pecadores, para “quitar” el pecado. Con el perdón de los pecados se cumple su misión, mediante la necesaria acción del Espíritu Santo y el ministerio sacramental de su Iglesia. El texto evangélico de Juan no deja lugar a dudas. El drama humano pasa por la inconciencia del pecado y el soberbio rechazo a ser perdonado. Una situación que aclimata a ultranza la vida contemporánea. El llamado a la penitencia que el Bautista formula, prepara la llegada de Cristo “Cordero de Dios que perdona el pecado”. El reconocimiento del pecado, y el dolor de haberlo cometido, constituyen la condición indispensable para que sea eliminado.

3.-   Pérdida del sentido del bien y del mal.   La confusión entre lo que está bien y lo que está mal – pero que aparece eventualmente como conveniente – produce una distorsión moral de graves consecuencias. Fallan los principios, y por causa de su desprecio – a veces escandaloso – se desencadenan los peores inconvenientes. La inexistencia de la rectitud en el obrar está en relación directa con la carencia de la idea de lo que es bueno y lo que es malo. La fe nos presenta dos paradigmas morales, formulados por las Santas Escrituras: los diez mandamientos y las bienaventuranzas. Son capaces de regular eficazmente el comportamiento personal y sus derivaciones sociales. Ante algunas incoherencias, exhibidas públicamente – entre otras: el aborto, la ideología de género y el mal llamado “matrimonio igualitario” – y, al mismo tiempo, la declaración de “católico”, por parte de muchos de sus sostenedores, nos obliga a concluir que algo de fondo está fallando en el seno de nuestros pueblos “occidentales y cristianos”. No hay alternativa: o se respeta la histórica y tradicional identidad religiosa o, por inspiración del ateísmo o agnosticismo, se pretende imprimir cierta racionalidad a lo que contraría a la fe de quienes intentan ser fieles a Cristo y a su Iglesia. Es lamentable que nos quieran hacer pasar gato por liebre, con el fin de establecer – “oportunamente” – que lo opuesto a la fe sea congruente con el “cristianismo” o el “catolicismo” que algunos dicen profesar.  

4.-   La presencia activa del Espíritu en la Iglesia y en el mundo.   En el día de Pentecostés es confirmada la Iglesia, a la que Cristo da vida en la Cruz. El Espíritu Santo, que se hace cargo de ella, no permitirá que se la distorsione desde fuera o desde dentro. La vigencia de Pentecostés, en la Iglesia y en la historia humana, produce un impulso que rectifica senderos y anima todos los acontecimientos, mínimos o destacados. Los Santos, como los mejores evangelizadores, son los testigos más convincentes del Espíritu Santo. La difusión catequética sobre el tema es necesaria, pero de poco vale si falta el testimonio de la santidad. Es allí donde debemos atraer la atención del mundo actual y poner todo nuestro empeño de evangelizadores.