Ascensión del Señor – Ciclo A

24 de mayo de 2020

Mateo 28, 16-20

1.-   Con la Ascensión se inicia el tiempo de la fe.   El mandato misionero se ejecuta entre las apariciones de Cristo resucitado y la invisibilidad de la fe. A partir de la Ascensión, el Señor resucitado no recurrirá ordinariamente a las apariciones visibles. Durante el tiempo que allí concluye, promoverá un ejercicio de la fe, en base a la lectura pedagógica de los signos que Él mismo crea y propone: la Palabra y los sacramentos. Se inicia así el tiempo de la fe, que extenderá su vigencia hasta “el fin de los tiempos”. Ahora entendemos el texto del Profeta Habacuc que San Pablo menciona: “En el Evangelio se revela la justicia de Dios, por la fe y para la fe, conforme a lo que dice la Escritura: “El justo vivirá por la fe” (Romanos 1, 17). Quizás no lleguemos a dimensionar con exactitud estos tiempos finales de la historia. Con facilidad excluimos el valor de la fe, teórica y prácticamente, en esta indescifrable posmodernidad. El mensaje evangélico reclama la fe de quienes lo reciben, y que están dispuestos a convertirlo en una “forma de vida” (Hechos 5, 20). De manera reiterativa nos hemos referido a la necesidad de la fe, siempre y, con particular incidencia, en la actualidad.

2.-   La evangelización no es una transmisión cultural.   El llamado a la conversión, que introduce Jesús como tema central de su predicación, responde al estado espiritual y moral de la humanidad. Así lo entienden los Apóstoles, y así debe entenderlo hoy la Iglesia. Al concluir el ciclo pascual, nos encontramos con el mandato misionero y sus alcances sin fronteras. Hoy, por acción de ciertos fundamentalismos religiosos, se achican las fronteras existentes y el Evangelio es desprovisto de la amplitud que le otorga el Divino Maestro: “Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo”. (Mateo 28, 19-20). La evangelización no es una transmisión cultural que avasalla las legítimas culturas de otros pueblos. Es el anuncio del acontecimiento que viene a “quitar el pecado del mundo” y a renovar la vida existente, con la infusión del Espíritu Santo – “El que vive en Cristo es una nueva criatura: lo antiguo ha desaparecido, un ser nuevo se ha hecho presente” (2 Corintios 5, 17) – que produce la llamada: “inculturación de la fe”. La Palabra de Dios sólo viene a borrar el pecado, no las legítimas expresiones culturales de los pueblos, reemplazándolas por otras previamente evangelizadas, pero también necesitadas de una acabada redención. Recordemos la decisión de los Apóstoles cuando los denominados “judaizantes” pretendían que los venidos de la gentilidad debían ser circuncidados y observar la Ley de Moisés.

3.-   Volver al Evangelio.   Cuando la razón y urgencia del momento exigen volver al Evangelio, es, precisamente, cuando se comprueba el hecho de que muchos cristianos viven alejados del mismo. Jesús enseña, con su propio comportamiento filial, a ser fieles al Padre. De esa manera, al mejor estilo de Pablo Apóstol, estaremos pertrechados para el aprendizaje de la fe y podremos enfrentar los embates de la incredulidad. Rechazar este ineludible combate es bajar los brazos, como el Moisés orante en la batalla contra los amalecitas (Éxodo 17, 12-13).  Es preciso que nunca bajemos los brazos y nos mantengamos alertas, en oración constante y deseo de asistir y acompañar a quienes hoy están más asediados por el peligro de sucumbir en la guerra entre el bien y el mal. Cuando vemos a tiernos jóvenes alistados en avanzadas enloquecidas, contra la Iglesia y la fe, necesitamos duplicar nuestros esfuerzos e iluminar nuestra vida personal, familiar y social.  Porque, es absolutamente preciso ser luz para iluminar. La fe hecha vida es la luz de Dios que brilla en el candelero de nuestra temporal existencia. El mandato misionero de Cristo resucitado, dispuesto a quedarse entre los suyos, también entre quienes están convocados a ser suyos, – es decir: todos – abre el muy ponderado registro de la fe, incluso para quienes lamentan no tenerla. La importancia que el mismo Señor atribuye a la fe confirma el valor trascendente de la misma.

4.-   El realismo de la fe.   Ejercitarse en la fe es establecer con Dios una relación realista mediante los signos que Jesús ha creado para hacerse presente y transmitir su gracia. Requiere la decisión personal de renunciar a ver y a tocar, como lo intentara el Apóstol Tomás. Incluye conocer la Verdad Revelada por la Palabra, temporalmente invisible e intocable: “Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin ver!” (Juan 20, 29). El Papa Benedicto XVI hizo de la fe objeto y motivo de su relevante magisterio. La intuición profética de este Papa, hoy emérito, responde a la apremiante necesidad espiritual del mundo actual. El materialismo, en sus múltiples y seductoras facetas, parece predominar en todos los niveles de la vida personal y social. Se impone, por parte de la Iglesia, un testimonio que presente a la fe como impregnación de la vida corriente.