Domingo de la Divina Misericordia – Ciclo A

19 de abril de 2020

Juan 20, 19-31

1.-   El don del Espíritu y el perdón de los pecados.   Cristo resucitado es el transmisor del Espíritu Santo. Así se manifiesta en las diversas apariciones posteriores a la Resurrección, hasta el mismo día de su Ascensión a los cielos.  El contexto del relato evangélico, según San Juan, vincula la transmisión del Espíritu Santo al perdón de los pecados: “Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan”. (Juan 20, 22-23) Se inicia el tiempo del Espíritu. Es la plena operación de Dios redimiendo al mundo de su pecado, por la única mediación de Cristo. El Señor resucitado, a quien se le ha otorgado “todo poder, en el cielo y en la tierra” (Mateo 28, 18),no cesará de infundir el Espíritu por el ministerio sacramental de la Iglesia. Es lo que ha establecido el Señor, haciéndose así siempre presente “hasta el fin del mundo” (Mateo 28, 20).  Cristo es el Dios que se acerca al mundo para perdonarlo y, de esa manera, destruir el germen de muerte que lo ha infectado. En este segundo Domingo de Pascua la Iglesia celebra la Divina Misericordia. Cristo es la encarnación viva de ese misterio divino de compasión y perdón.

2.-   La fe en el Señor resucitado.   Jamás los santos Apóstoles se han sentido dueños principales del perdón de Dios. El ministerio de la misericordia no es más que eso: humilde administración del perdón, encarnado en el Cordero de Dios que lo declara aniquilado por su Sangre derramada en la Cruz. Recordemos la expresión del Bautista al ver pasar a Jesús: “He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. Ese perdón se hace sacramentalmente efectivo mediante el ministerio apostólico, que han heredado los actuales sucesores de los Apóstoles. Por el sacramento de la Reconciliación, el perdón es acordado gracias a una acción directa del mismo Cristo. Es lamentable la ausencia de catequesis en muchos cristianos, o que se presentan como tales. El desconocimiento hace que la fe no llegue a expresarse y crecer en muchos bautizados y, con demasiada frecuencia abandonen, en la trastienda de las cosas inútiles, este misterio necesario. La experiencia pastoral, en lugares donde una afluencia excepcional de peregrinos solicita confesión y Eucaristía – como son los múltiples Santuarios – evidencia la relación que se establece con la dispensación de la Paz, que solo Dios puede otorgar. La fe, cuando se obtiene o recupera, es la llave de ingreso a la salud que la Iglesia ofrece gratuitamente a todos.

3.-    Tomás aprende lo que debe enseñar.   El Apóstol Tomás necesita aprender lo que debe enseñar. No lo advierte cuando se empecina en su negativa a dar crédito al testimonio jubiloso de sus hermanos. La indispensable condición de comprobar personalmente lo que se le transmite como verdad posee un origen de humana racionalidad. Es tan asombroso el hecho, y tan determinante para su vida, que el Apóstol manifiesta un temor inocultable a ser engañado. Con sus condiscípulos había escuchado, del mismo Maestro, y en momentos de particular densidad profética, el anuncio de su muerte en Cruz y de su Resurrección. Le cuesta creer lo que, en la vida terrena, significa aceptar el cumplimiento de un sueño feliz. No es un sueño a realizar el suyo, es la realización del más caro de los sueños. El Maestro amado está vivo y lo invita a que toque sus llagas e introduzca la mano en su costado abierto por la lanza del centurión romano. Ha pedido tocar y ver para creer. El Señor condesciende. Tomás cae de rodillas, y profesa su fe en la divinidad de Quien, en lo sucesivo, será un testigo acreditado: “¡Señor mío y Dios mío!”. Tomás aprende en la humillación el contenido de la fe que debe predicar. Desde entonces su palabra será la humilde transmisión del Evangelio. No es algo suyo lo que enseña sino lo que ha recibido y ofrece al mundo con heroica fidelidad.

4.-   La Divina Misericordia.  La Divina Misericordia que, por voluntad de la Iglesia, prolonga la Pascua recién celebrada, no se entiende sin una fuerte experiencia del perdón. Durante el tiempo de Cuaresma hemos procurado intensificar, en un clima de especial recogimiento, la conversión y la penitencia. De esa manera nos dispusimos – y disponemos – a recibir el perdón. Consiste en el gesto misericordioso del Padre, expresado en el Misterio pascual celebrado. Cristo es el perdón. Al recibirlo en la fe somos perdonados. El Papa Francisco, al comprobar que las actuales circunstancias hacen difícil el acceso al sacramento de la Reconciliación, nos recuerda que podemos igualmente recibir el perdón – al mismo Cristo – si lo deseamos con todo el corazón. Lo importante es reconocer ante Dios los propios pecados y, animados por la gracia de Cristo, decidir una sincera conversión; con ella el propósito de declarar los pecados en la próxima confesión sacramental.