Cuarto Domingo de Cuaresma – Ciclo A

22 de marzo de 2020

Juan 9, 1-41

1.-   El encuentro con Jesús cambia la vida.   Es otra escena evangélica, que muestra su carácter histórico y rechaza ser distorsionada por lecturas exegéticas falaces. La sensatez de aquel ciego de nacimiento, que reconoce haber recibido la vista del joven Profeta, expresa un realismo y honestidad admirables. Está el hecho, ante la mirada sorprendida del pueblo. El ciego, que siempre lo fue, es bien conocido por todos. Pasa su vida mendigando, ya que su inhabilidad para ganarse el pan lo obliga a depender de la compasión de sus vecinos. El encuentro con Jesús cambia su vida. Ya no es el que fue. Con la visión obtiene la facultad de ver lo que pasa en su mundo, entre sus comarcanos judíos, tironeados por aquel fariseísmo, negador obcecado de la verdad. El mendigo ciego de nacimiento, curado por Cristo para que sus contemporáneos reconozcan su mesianismo, se convierte en uno de sus más honestos testigos. ¿Quién podrá negar, sin mentir, que aquel ciego ahora ve? El relato bíblico lo expresa con claridad: “Los vecinos y los que lo habían visto mendigar se preguntaban: “¿No es este el que se sentaba a pedir limosna?” Unos opinaban: “Es el mismo”. “No, respondían otros, es uno que se le parece”. Él decía: “Soy realmente yo”. (Juan 9, 8-9)

2.-   Reedición actual de aquel fariseísmo.   Aquel fariseísmo se reedita – agravado hoy – y, como el de entonces, se empeña en negar las pruebas más evidentes de la presencia de Cristo o pretende destruirlas. Los cristianos auténticos deben imitar la valentía de aquel mendigo ciego y comprometer su seguridad en la confesión pública del mesianismo de Jesús. El mundo – hombres y mujeres que lo componen – necesita hoy ese testimonio, estimulado y garantizado por el Espíritu de Pentecostés. Para eso está la Iglesia, cuya piedra angular es el mismo Cristo Resucitado, de Quién es ella “como un sacramento” (LG 1). La Iglesia, tal como la dejó Él constituida, “sobre el fundamento de los Apóstoles y Profetas” (Efesios 2, 20), es “la Iglesia de Cristo, que es una, santa, católica y apostólica” (Christus Dominus 11). Es urgente recuperar la conciencia cristiana, combatida  hoy por doctrinas y costumbres reñidas con la fe que la Iglesia profesa y suscita. Se comprueba la complicidad siniestra de fortunas enormes, y del poder sin fronteras, derivado de ellas. Personifican el “poder de la Muerte”, que es derrotado únicamente por Dios: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder de la Muerte no prevalecerá contra ella” (Mateo 16, 18). El mal no puede derrotar al bien, ni el error a la verdad.

3.-   A quienes no conviene el Evangelio.   La ferocidad de la tormenta ideológica, hoy desatada, crea un clima de inseguridad en todos, aún entre los mejores. Únicamente la gracia de Cristo actúa de neutralizadora del mal en las situaciones y momentos más críticos. Para entenderlo nos es preciso revisar nuestra vivencia de la fe, en la que fuimos bautizados. Un primer examen da como resultado que la ausencia y la debilidad de la fe religiosa han avanzado sobre una población originariamente evangelizada por la Iglesia Católica. Algunos políticos, a quienes no conviene que el Evangelio haga referencia a la realidad cultural y social – que vive la Argentina – se adhieren con ligereza a opciones contrarias a la fe de su población: la legalización del aborto, el “matrimonio” igualitario y la ideología de género. Escuché algunos conceptos extraños sobre la “pastoral” de la Iglesia, reveladores de una ignorancia extrema en quienes los sostienen. La intención de tal concepción es arrinconar a la Iglesia en recintos cerrados – o templos – para que el mundo siga empantanado en sus caminos de corrupción y de error. Para ello, se pretende conciliar conceptos contrastados con las enseñanzas de la Iglesia, convirtiendo la fe en un sentimiento inocuo. ¿No es, acaso, lo que está ocurriendo en la actualidad? La palabra y el testimonio de santidad reciben – de parte de grupos minoritarios – una nutrida andanada de insultos y atropellos, lindantes con la blasfemia y la calumnia. El entorno religioso del ciego, testigo insobornable del poder de Cristo, ofrece una imagen impresionante de lo que acontece hoy. Por mantener su fidelidad al Señor, aquel hombre es excluido de la comunidad: “Si este hombre no viniera de Dios, no podría hacer nada. Ellos le respondieron: tú naciste lleno de pecado, y ¿quieres darnos lecciones? Y lo echaron” (Juan 9, 33-34) 4.-   Desacreditar al mensajero para ocultar la verdad.   Aquellos celosos ciudadanos no manifiestan  el mínimo deseo de examinar el carácter probatorio del prodigio. Lo consideran a priori inválido y se atreven a desacreditar a Quien lo realizó: “Glorifica a Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador” (Juan 9, 24). La hipocresía farisaica echa mano a la mentira con tal de no perder poder sobre una población humilde, e ingenuamente propensa a confiar en sus jefes. La hipocresía de aquellos – y actuales – fariseos es la que inspira la injusta exclusión. El decisión de aquellos señores es por demás expresiva e injusta: “Y lo echaron”.