Tercer Domingo de Cuaresma – Ciclo A

15 de marzo de 2020

Juan 4, 5-42

1.-   El Agua Viva que ofrece Cristo a la samaritana.   El evangelista y Apóstol Juan escribe aquí una de las páginas más ricas y conmovedoras acerca de la vida misionera de Jesús. El Señor está cansado y se ampara del sol vertical del mediodía, junto al pozo de Jacob. Es cuando aparece una mujer samaritana. Los judíos y samaritanos no se trataban y, por lo tanto, evitaban cualquier relación personal entre ellos. Ni siquiera un saludo. Aquella mujer se sorprende cuando un representante del pueblo enemigo – y además varón – se dirige familiarmente a ella y le pide de beber. Aprovecha la ocasión para expresarle su asombro. Jesús manifiesta que Dios no hace distinción de personas. Precisamente vino a reunir lo disperso y a derribar – con su Cuerpo inmolado – el muro de división. El diálogo con la samaritana cubre esa primera instancia y desborda su propósito misionero. A partir de una comprensible solicitud de agua para saciar la sed, el diálogo iniciado por el Señor cobra una profundidad impensada. A cambio del agua solicitada, Jesús ofrece el agua misteriosa que calma definitivamente la sed de infinito; ni el ser más negado a lo trascendente deja de experimentarlo: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: “Dame de beber”, tú misma se lo hubieras pedido y él te hubiera dado agua viva”. (Juan 4, 10)

2.-   “Soy yo, el que habla contigo.   Aquella mujer no consigue entender a su misterioso interlocutor hasta que se siente conocida, como nadie lo había logrado hasta entonces. Esa asombrosa lectura de su vida moral es entendida – por ella – como signo auténtico de la presencia del Mesías anunciado: “La mujer, dejado allí su cántaro, corrió a la ciudad y dijo a la gente: “Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que hice. ¿No será el Mesías?” (Juan 4, 29) Jesús se anticipa al testimonio de aquella mujer cuando, sin ambages, le declara quién es: “La mujer le dijo: “Yo sé que el Mesías, llamado Cristo,  debe venir. Cuando él venga, nos anunciará todo”. Jesús le respondió: “Soy yo, el que habla contigo”. (Juan 4, 25-26) Aquel pueblo identifica en Jesús al anunciado Mesías, y así se lo hace saber a la entusiasta intermediaria: “Muchos más creyeron en él, a causa de su palabra. Y decían a la mujer: “Ya no creemos por lo que tú has dicho; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es verdaderamente el Salvador del mundo”. (Juan 4, 41-42)  La perspectiva abierta, gracias a esta escena, indica cuál debe ser el “quid” para evangelizar al mundo actual. Los valores expuestos por los testigos constituyen el verdadero propósito de la acción pastoral de la Iglesia. Los hombres necesitan encontrarse personalmente con Cristo y así identificarlo como su Salvador.

3.-   El poder de la gracia.   Dos aspectos importantes se destacan durante aquel diálogo: el agua viva de la gracia y el ámbito del universo para adorar a Dios: “Créeme, mujer, llega la hora en que ni en esta montaña ni en Jerusalén se adorará al Padre”….. “Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad”. (Juan 4, 21. 24) Como trasfondo de las expresiones docentes del Señor está el poder de la gracia redentora. Sin ella es imposible salir del pecado y agradar a Dios. Las fuerzas morales están en extremo debilitadas y necesitan un auxilio urgente de parte de Dios. El amor al hombre le inspira hacerse cargo de la Redención mediante su Hijo encarnado en María. Así lo cumple Cristo, el Mesías anunciado, al modo de una reacción inmediata, ante el pecado de Adán y Eva. Al producirse la Redención, se inicia un proceso consciente de parte del hombre – que lo renueva interiormente – logrando que pase de la muerte a la vida, del pecado a la santidad. La extensa lista de santos, canonizados o no, confirma el realismo de esta transformación y, por ello, su posibilidad en todo hombre o mujer de buena voluntad. Entre ellos no se discrimina por edad. Existen niños, adolescentes, jóvenes y ancianos santos, cuyas vidas se constituyen en modelos innegables.

4.-   La Verdad irreemplazable.   Durante la era apostólica, y sus difíciles orígenes, por causa de culturas incompatibles con los valores evangélicos, se produjeron cambios sustanciales en los diversos pueblos evangelizados. No estamos peor que entonces. La Palabra evangélica, administrada por la Iglesia de Cristo, conserva su primitivo vigor. La fe nos permite comprobar que el Espíritu de Pentecostés prosigue acreditando su ministerio y preservándola de los embates del mal. Confiada en la asistencia del Espíritu Santo, la Iglesia debe arriesgarlo todo y empeñar a sus mejores miembros en la tarea evangelizadora. Es su misión, de cuyo cumplimiento depende la salvación del mundo. No es ésta una apreciación autorreferente e intolerante sino la verdad, que es única e irreemplazable.