Primer Domingo de Cuaresma – Ciclo A

1 de marzo de 2020

Mateo 4, 1-11

1.-   La opción entre el bien y el mal.   Al iniciar la Cuaresma, la Iglesia propone que nos internemos en el drama humano de las tentaciones. El mismo Señor lo padece y sale vencedor en las diversas propuestas del enemigo de Dios y del hombre. Un antiguo liturgo benedictino, de apellido Mertens, ofrecía una perspectiva original de las tentaciones. Para él la tentación constituye una disyuntiva ante la que se encuentra todo hombre, peregrino en el tiempo. Necesariamente todos deben comprometer su libertad en una opción entre el bien y el mal, entre Dios y el demonio. Opción que ocasiona consecuencias dispares en pro o en contra de la auténtica felicidad. Jesús enfrenta la tentación y muestra cómo resolver sus enigmas. El texto, litúrgicamente proclamado, señala las diversas formas de la tentación, como desafío a la libre opción del Hombre Dios. El Señor se involucra humildemente en la condición humana – la que adoptó al encarnarse – y resuelve siempre acatar la voluntad de su Padre.

2.-   La fragilidad del hombre y la fortaleza de Dios.   El pecado es una opción por el mal, en consecuencia: por lo que se opone a la voluntad de Dios. Viene con una carga seductora, que, aprovechando la debilidad de la naturaleza inicialmente dañada, la somete a dura prueba. Pocos lo consideran así, la mayoría lo piensa como transgresión a la Ley y lo confiesa como un hecho aislado, desafortunado por cierto, y no como opción que aleja de Dios y conduce a la muerte. De esa manera el mismo sacramento de la reconciliación es utilizado como “tintonería al paso” u ocasional limpieza exterior, hasta un próximo reclamo de purificación, sin un propósito firme de enmienda o conversión. Otra es la saludable perspectiva de quienes consideran su vida moral como una opción por Dios y su divina voluntad. Disponemos de una historia de conversiones que ilustra esta concepción. San Agustín es un modelo accesible: hombre desorientado intelectual y moralmente, postrado por la debilidad y, no obstante, buscador insaciable de la verdad y del bien. Cuando se produce el hallazgo soñado – de la mano de la Iglesia, la oración de su madre y la conducción del Obispo San Ambrosio – hace una opción definitiva que confluye en el Bautismo y en la santidad. La vida de santidad se basa en una opción por Dios, a la que se llega por la humildad y la penitencia. No siempre se ha entendido así la práctica de la fe. Por ello la vida de muchos cristianos es débil y oscila entre el pecado y la búsqueda de un perdón sacramental, casi como liberación psicológica, más que como reconciliación con Dios.

3.-     De Jesús aprendemos a optar por el Padre.   Jesús nos enseña a no equivocar la opción. A regirnos por las expresiones legítimas de la voluntad del Padre. Es Él quien nos revela, con seguridad, qué debemos adoptar y qué rechazar. Basta  observar su ejemplar comportamiento frente a su Padre y frente las diversas personas de su entorno. Sin ocultar su divinidad – al contrario – es de similar importancia que tengamos en cuenta el realismo de su naturaleza humana. Jesús es verdadero hombre y verdadero Dios. La diferencia consiste en que el pecado no tiene ninguna posibilidad en Él. El “yo” de Cristo es la persona del Verbo, absolutamente incompatible con la opción pecaminosa que nos afecta a los hijos de Adán y Eva. No obstante, al asumir una auténtica naturaleza humana, desafiable desde la tentación diabólica pero imbatible desde Él como sujeto de atribución, tanto de sus acciones humanas como divinas. Las tentaciones relatadas en el Evangelio de Mateo deja a las claras esta conclusión cristológica. Jesús siente la debilidad que sigue a sus prolongados días de insomnio y de ayuno, pero, su opción por la voluntad de su Padre se mantiene inquebrantable. Es verdad que no podría ser de otra manera pero, ¡con qué impresionante realismo se manifiestan la debilidad de lo humano y la fortaleza insuperable de lo divino! De Él, como Dios, procede la gracia que hace posible nuestra humana opción por el Padre.

4.-   La Cuaresma y la conversión como opción.   La Cuaresma iniciada el Miércoles de Ceniza es un espacio abierto por la Iglesia, para corregir la opción equivocada, si lo ha sido, y renovar la opción de vida, inspirada por la fe en Cristo: Palabra de Dios. Es un tiempo para examinar la propia fe religiosa y su práctica, a la luz del Evangelio predicado por los Apóstoles y sus actuales Sucesores. Incluye la escucha de la Palabra, la opción que ella inspira – o conversión – y la penitencia que la ejecuta y sostiene. Para ello contamos con la gracia de Cristo que, desde la Resurrección, Él mismo otorga a quienes creen, con el don del Espíritu Santo. El Apóstol Pablo lo expresa de esta manera: “Yo no me avergüenzo del Evangelio, porque es el poder de Dios para la salvación de todos los que creen…”. (Romanos 1, 16)