Séptimo Domingo durante el año – Ciclo A

23 de febrero de 2020

Mateo 5, 38-48

1.-   La perfección del Padre del Cielo.   La perfección del Padre Celestial es la meta de toda perfección humana. Jesús la propone sin la menor vacilación: “Por lo tanto, sean perfectos como es perfecto el Padre que está en los cielos”. (Mateo 5, 48) Consiste en el amor. Precisamente todo el texto, hoy proclamado, formula, con un lenguaje incomprensible para el mundo, cómo debe ser el amor entre las personas para que se acerque a la perfección del Padre. El término “amor” es muy manipulado en nuestros ambientes y en sus mediáticas expresiones, aún entre parientes y amigos. El Evangelio hace una exacta valoración del término, ya que el mismo Jesús lo personaliza, aproximándolo a su fuente y principal modelo: el amor o la perfección del Padre. Él es la auténtica transparencia humana del Padre Dios, de su perfección: “Felipe, hace tanto tiempo que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conocen? El que me ha visto, ha visto al Padre”. (Juan 14, 9) No se puede tener una idea de la perfección del Padre, que será preciso imitar, sin conocer a Jesús.

2.-   Lectura cristiana de la Ley.   Pero el Divino Maestro no se detiene en abstracciones, siempre aclara su enseñanza con expresiones concretas e inconfundibles: “Ustedes han oído que se dijo: amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Yo les digo: Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores, así serán hijos del Padre que está en el cielo, porque él hace salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos”.  (Mateo 5, 43-45) Su enseñanza está fundada en el comportamiento del Padre en su relación con el mundo. Si Él así procede, así debemos proceder nosotros. Sería fácil en un mundo en el que todos por igual se esforzasen por lograr la perfección del Padre, pero ¡qué humanamente imposible resulta, cuando el mismo mundo está dominado por la violencia demencial, por el odio y el egoísmo! Cristo viene a proclamar la obligatoriedad de la Ley del amor y, en consecuencia, a proponer el amor o perfección del Padre, como la meta que únicamente en Él – y por Él – es posible lograr. La gracia hace posible ese “imposible” humano. El amor, no entendido desde Dios, conduce a una trágica falsificación. Lo vemos y verificamos a diario. Cuando su realización no es el don generoso a la persona amada, sino un mero y egoísta intento de posesión, el amor se subvierte y agota. La muestra de ello es la incapacidad para una alianza nupcial que abarque toda la vida. O la fácil claudicación, en una consagración virginal perpetua.

3.-   La verdadera naturaleza del amor.   Cristo revela, en su convivencia temporal con los hombres, la verdadera naturaleza del amor. El rasgo más ilustrativo de su amor es la adopción de la pobreza: “Jesús le respondió: “Los zorros tienen sus cuevas y las aves del cielo sus nidos; pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza”. (Mateo 8, 20) Pobreza que llega al despojo total por amor a los  hombres: la muerte en Cruz. Su corrección de la Ley del amor al prójimo – que se atribuye a Moisés – llega más allá, hasta el Padre como modelo: “Ustedes han oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente. Pero yo les digo que no hagan frente al que les hace mal: al contrario, si alguien te da una bofetada en la mejilla derecha, preséntale también la otra. Al que quiere hacerte un juicio para quitarte la túnica, déjale también el manto; y si exige que lo acompañes un kilómetro, camina dos con él. Da al que te pide, y no vuelvas la espalda al que quiera pedirte algo prestado”. (Mateo 5, 38-42) Los gestos recomendados por Jesús resultan insólitos y desconcertantes para un mundo donde los criterios vigentes alejan del núcleo del precepto evangélico del amor. La letra necesita del Espíritu, que la inspira y le otorga sentido. De otra manera la Ley será siempre mal entendida y mal aplicada. Pero, ¿cómo establecer ésa armónica relación entre el Espíritu y la letra que intenta revelarlo?

4.-   Práctica religiosa responsable.   La respuesta a esa inquietante pregunta ha sido formulada a lo largo de la historia de la Iglesia de Cristo. Consiste ciertamente en el conocimiento y vivencia del Misterio cristiano. Implica una progresiva amistad con Cristo, dador del Espíritu y modelo. Se logra mediante una práctica religiosa responsable: lectura piadosa de la Escritura, celebración frecuente de los sacramentos, especialmente de la penitencia y de la Eucaristía, la oración y la caridad fraterna. Si no se da esa relación personal con Cristo se produce una especie de esclerosis espiritual, triste resultado de la desconexión del Misterio de la gracia. La ausencia de la práctica – “soy católico pero no práctico” – produce verdaderas incoherencias entre la fe y la vida de muchos autocalificados cristianos.  No parece fluir la gracia, se desvitaliza la fe, formalmente profesada, y convierte la pertenencia a la Iglesia en un protocolo diplomático y mundano.