Segundo Domingo durante el año – Ciclo A

19 de enero de 2020

Juan 1, 29-34

1.-   EL Bautista, hombre y profeta.   Las declaraciones de Juan Bautista son concluyentes. Ha obtenido conciencia, iluminada en la soledad del desierto, de ser profeta y anunciador del esperado Salvador. Ante la presencia de Jesús, a quien no conocía, su misión de inmediato precursor no da margen a la mínima duda: “Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua para que él fuera manifestado a Israel”. (Juan 1, 31) Su misión no es un privilegio sino su principal responsabilidad. San Pablo vivirá una experiencia similar a causa de su misión apostólica entre los gentiles: “¡Ay de mí si no predicara el Evangelio! Si yo realizara esta tarea por iniciativa propia, merecería ser recompensado, pero si lo hago por necesidad, quiere decir que se me ha confiado una misión”. (1 Corintios 9, 16-17) Juan es de la estirpe de hombres, humildes y fieles, que deponen ambiciones personales para hacerse cargo de responsabilidades y que, con frecuencia, les demandan grandes sacrificios, hasta el don de la propia vida.

2.-   La fragua de los grandes.   Esos hombres se fraguan en el silencio y la reflexión, sobre todo en la oración. Me imagino que en Jesús esa fragua se encontraría en permanente actividad. Tantas horas de estar con su Padre, en la soledad y en el alejamiento de toda influencia mundana, lograrían el temple que manifestaba en su relación con quienes acudían multitudinariamente a Él. Virtudes humanas que se dan, salteadas en seres hoy socialmente destacados, pero no con la profundidad e integridad observadas en Jesús. Por ello, el Señor se puede presentar como un modelo universal, adaptable a hombres y mujeres, ancianos, niños y jóvenes. Al mismo Juan Bautista lo imagino de un equilibrio interno que le permite conducir su actividad profética con una gran energía, manifestada en su movilizador llamado a la conversión y a la penitencia. La autoridad moral, que se observa en Jesús y en los santos, no responde a títulos jerárquicos o académicos sino a la operación de la gracia, técnicamente inclasificable. La gente lo percibe de inmediato: “la multitud estaba asombrada de su enseñanza, porque él les enseñaba como quien tiene autoridad y no como sus escribas”. (Mateo 7, 28-29) La constante relación de Jesús con el Padre – y la práctica de la oración en los santos – constituye el secreto de ese equilibrio e indescriptible sabiduría.

3.-   El Evangelio, formador de nuevos protagonistas.   Es el aporte que el Evangelio, vivido por auténticos creyentes, puede y debe ofrecer a este mundo que rumbea a la deriva. A veces confundimos los valores, con ciertas formas convencionales, distanciadas de sus auténticas fuentes. Tales formas pueden ser engañosas y encubrir verdaderas corrupciones y comportamientos hipócritas. Jesús lo manifiesta con expresiones muy fuertes: “Entonces comenzarán a decir: “Hemos comido y bebido contigo, y tú enseñaste en nuestras plazas”. Pero él les dirá: “No sé de dónde son ustedes; ¡apártense de mí todos los que hacen el mal!” (Lucas 13, 26-27) Es deplorable el oportunismo de algunos personajes de la actualidad que, sin escrúpulos o afectados por una ignorancia supina, se cierran a todo examen honesto del propio comportamiento.  Pero ¡qué inexorables se manifiestan para señalar errores y sancionar a presuntos culpables! Necesitamos una misericordia, no reñida con la verdad, capaz de reconstruir puentes y restaurar instituciones. Para ello, se requerirán nuevos protagonistas.

4.-   Los santos son los auténticos evangelizadores.   La Iglesia es, como lo señalaba San Juan XXIII: “Mater et Magistra” vale decir “Madre y Maestra”. Su misión, heredada de su divino Maestro, es enseñar a los hombres a ser hombres. En su lenguaje magisterial prevalece el testimonio de quienes, delegados por Él, ejercen ese Magisterio. Lo observamos en la modelación que Cristo ofrece desde su propio e inconfundible comportamiento humano. Al verlo debiéramos concluir que el ideal humano, al que todos tendrán que orientarse, es Cristo mismo. Por ello, la Iglesia extrae su eficacia testimonial de la santidad de quienes la componen por el Bautismo. Recordemos la expresión de San Juan Pablo II: “El verdadero misionero (o el maestro de la fe) es el santo”. Lo he señalado en otras ocasiones: el verdadero método evangelizador se apoya necesariamente en la santidad de los evangelizadores. También San Pablo VI lo confirma en su excelente Exhortación Apostólica “Evangelii Nuntiandi” (1975).