El Bautismo del Señor – Ciclo A

12 de enero de 2020

Mateo 3, 13-17

1.-   El bautismo penitencial de Juan.   El bautismo de Jesús en el Jordán no responde a ninguna de las motivaciones que lo promueven. En Él no hay pecado personal que purgar, ni necesidad de expresar arrepentimiento y dolor. Su bautismo, administrado por Juan, es signo de la asunción de nuestra naturaleza humana y ocasión para que el Padre lo identifique ante el mundo. No tiene pecado personal, se revistió de nuestros harapos para convertirlos en un bellísimo traje filial y, con él, vestirnos para la Fiesta de nuestro encuentro con el Padre. El Jordán es un rio pequeño y caudaloso. Allí Juan predicaba y bautizaba; despertaba la conciencia del pecado y llamaba a abandonarlo mediante la conversión. De esa manera cumplía su peculiar misión de Precursor del Señor: “Una voz proclama: ¡Preparen en el desierto el camino del Señor, tracen en la estepa un sendero para nuestro Dios!”. (Isaías 40, 3) Su negación humilde a no ser confundido con el Mesías se inspira en la honestidad intelectual y moral que lo distingue, tan ausente en los espacios socio políticos contemporáneos.

2.-   Hacer todo lo que es justo.   Juan Bautista es ejemplo para quienes decidan preparar la llegada inminente de la Salvación, anunciada por los antiguos y santos Profetas. Su palabra, que exhorta a la penitencia y a la conversión, pasa por el crisol de su propia austeridad. Se hace en el desierto. Es allí donde: “Juan tenía una túnica de pelos de camello y un cinturón de cuero, y se alimentaba con langostas y miel silvestre”. (Mateo 3, 4) Desde ese estilo de vida sale al encuentro de la gente, que busca su palabra severa y obedece a su exhortación al cambio de vida. El bautismo que administra Juan es signo del reconocimiento de los pecados y del firme propósito de abandonarlos. La aparición del joven primo de Nazaret produce un impacto impensable en el ánimo aguerrido de Juan. Intuye quién es y, fiel a su proverbial honestidad, le expresa su consternación y rechazo a considerarlo como a un penitente más: “Juan se resistía, diciéndole: “Yo soy el que tiene necesidad de ser bautizado por ti, ¡y eres tú el que viene a mi encuentro! Pero Jesús le respondió: “Ahora déjame hacer esto, porque conviene que así cumplamos todo lo que es justo, Y Juan se lo permitió”. (Mateo 3, 14-15)

3.-   Faltan humildes artesanos.   Se hace uno más entre nosotros, con la obvia exclusión del pecado. No busca, como los escribas y fariseos, ser reconocido en la calle, más aún, exige a los beneficiados por sus milagros que no los difundan imprudentemente. ¡Qué distante de nuestra pretensión de recibir halagos y públicas distinciones de la sociedad, hasta del mundo! Es un mal común e indisimulado. No sobran los humildes artesanos, en una sociedad que se deteriora y debe ser reconstruida. Todos parecen exhibir un proyecto propio, y único, de sociedad, que niega toda viabilidad al anterior. La situación improcedente de unos políticos sucediendo a otros políticos, constituye una muestra patente de tal desfase. Siempre estamos empezando. Los discursos de campaña electoral, con una buena dosis de ficción, aparecen conciliadores y continuadores de lo políticamente correcto. No es así, la Nación queda siempre estancada y el pueblo pierde la esperanza de unir fuerzas y alcanzar metas sabiamente consensuadas.  Los problemas se ahondan y las acertadas soluciones no llegan. Jesús, y su precursor, ocupan un lugar único en la historia. Parece que los argentinos somos tan geniales que no corresponde que aprendamos de la historia pasada y reciente. El Verbo de Dios se encarna en nuestra naturaleza, con el maltrato que le hayamos infligido con nuestros pecados. La Redención no consiste en el descarte de la naturaleza dañada sino en su restauración, en conformidad con el plan divino original. 4.-   Caldo de cultivo de la incredulidad.   ¡Cuánto tenemos que aprender de Dios! Si eliminamos toda referencia a Él, mediante un ateísmo militante o un agnosticismo naturalizado, no atinaremos a ejecutar un proyecto histórico ajustado a la Verdad. Escuché, no sin cierto  estupor, esta afirmación de labios de un conocido periodista: “Como buen periodista soy agnóstico”. Y me pregunté, ¿por qué un buen periodista – para que lo sea – deba ser agnóstico? Esta conclusión no tiene asidero. Muchos muy buenos periodistas son creyentes. Existe un caldo de cultivo de la incredulidad, más práctica que teórica, fogueada por algunos poderosos medios, que ofrecen contenidos prescindentes de toda referencia a Dios. Me refiero al arte que sirve de seductor encubrimiento a toda visión trascendente de la vida. Arte deslumbrante, literaria y cinematográficamente, cultor de una manipulación de medias verdades, que acaban siendo mentiras. Es oportuno detenerse en el último párrafo del texto de San Mateo (3, 17)