Mensaje de Navidad 2019

Lucas 2, 1-14

1.-   Si no se hacen como niños.   Es una Fiesta propicia para dejar salir fuera nuestra capacidad de ser niños y, así, entrar en el Reino. No en vano Jesús lo reclama explícitamente a sus discípulos: “Jesús llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y dijo: Les aseguro que si ustedes no cambian o no se hacen como niños no entrarán en el Reino de los Cielos”. (Mateo 18, 2-3) Es la ocasión de imaginar y representar, como lo hizo San Francisco de Asís, aquella escena misteriosa y luminosa. El Santo vuelca, en el simple lenguaje de las imágenes, lo que su fe le inspira. Los niños, mientras guarden incontaminado su espíritu, podrán entrar en el Reino, que inicia su construcción en el pobre Pesebre de Belén. Fuera de ese Reino no hay verdad ni vida. Trasciende toda expresión religiosa y afecta, sin excepción, a todos los seres humanos. Dios deposita en el mundo, no en una Iglesia aún no fundada, la Salvación que la humanidad necesita para recuperar su rumbo hacia la Verdad.

2.-   El Hecho de la auténtica Navidad.   No es un irreflexivo sentimiento el que inspira la espiritualidad navideña. Es el Hecho real, el acontecimiento mismo, su sentido primario y la razón de ser de la tradicional celebración. La transmutación de la Navidad, en un cuento de trineos mágicos, protagonizado por un risueño Santa Claus, ha invadido culturalmente nuestros impiadosos mercados.  Mientras tanto los cristianos se cruzan de brazos y se adhieren, sin examen previo, a los dictámenes de una Navidad sin el Niño Dios. Detrás de esa triste tergiversación se oculta una sociedad divorciada de su Creador, regulada por normas reñidas con los Diez Mandamientos y con el espíritu de las Bienaventuranzas. Pero, esta sociedad de bautizados – en su mayoría – manifiesta una gran vulnerabilidad frente a corrientes de pensamiento que arrasan con todo, como un tsunami gigantesco de amoralidad. La institución familiar recibe la andanada más intensa de parte de quienes pretenden destruirla. La Navidad original reivindica el valor de la familia tradicional y le otorga mayor solidez. San Pablo señala que el matrimonio – su origen y fundamento – se constituye en un gran sacramento: “Este es un gran misterio: y yo digo que se refiere a Cristo y a la Iglesia”. (Efesios 5, 32) La pérdida del sentido de la Navidad está relacionada con el intento actual de destruir el matrimonio y la familia, por parte de oscuras maniobras seudo progresistas.

3.-   Legítima diversidad y fidelidad a la Verdad.   Es un momento especialmente grave, sobre todo para quienes deben regir al pueblo – por mandato del mismo pueblo – y exhiben actitudes ideológicas ambiguas. Impera la confusión y cierto relativismo en la consideración de conceptos básicos incuestionables. Se comprende que exista una legítima diversidad, pero no se entiende la abierta contradicción entre lo que se profesa y lo que se practica. El contenido de la fe es la Palabra de Dios. La fidelidad a esa Palabra hace, a quienes la obedecen, extemporáneos e intolerables para algunos rectores de la seudocultura contemporánea. Sufrirán el mote de fundamentalistas quienes intenten ser coherentes con su fe cristiana. Es insostenible la pretensión de modificar la verdad para justificar el error. La frecuente expresión: “Soy católico/a pero no estoy de acuerdo con lo que la Iglesia enseña”, constituye un ilógico comportamiento, viralizado por las redes sociales. Causa estupor observar que algunos funcionarios juren sobre los Santos Evangelio y sostengan la legalización del aborto y del mal llamado “matrimonio” igualitario. La fe católica reclama coherencia y establece pautas de conducta tanto en lo personal y privado como en lo social y público.

4.-   Volver a celebrar el Nacimiento de Cristo.   Celebrar la Navidad cristianamente es el testimonio evangelizador que el mundo espera de los bautizados. Si no encaramos cristianamente los detalles más triviales de nuestra vida, perdemos el tiempo y las energías en mega campañas evangelizadoras de corto alcance. Jesús manda a los suyos a no abandonar el mundo, y ser en él sus calificados testigos. El mismo Señor prevé la grave dificultad de ser sal y luz, en medio de la corrupción y las tinieblas. Testimoniar la fe es más simple que mantener una disputa académica con adversarios más hábiles y poderosos, porque es moverse “como ovejas entre lobos”. En algunas circunstancias “los hijos de la luz” estarán literalmente en la lona ante “los hijos de las tinieblas”. Son expresiones formuladas por Cristo durante el adiestramiento de sus discípulos. Como el amor termina prevaleciendo sobre el odio, la Verdad se constituye en el antídoto contra el error. El sendero que elegirá Dios, para lograrlo, es la pobreza de los humildes. San Pablo lo designa con un término escandaloso: “La necedad de la predicación”. Nuestra Navidad debe volver a celebrar la pobreza del nacimiento de Cristo, el Hijo de Dios y de María. Para ingresar en el Reino – en ese Reino navideño – debemos hacernos como niños. ¿Tendremos el coraje para decidirlo?