Cuarto Domingo de Adviento – Ciclo A

22 de diciembre de 2019

Mateo 1, 18-24

1.-   Cubierta por la sombra del Espíritu.   Estamos ya muy cerca de la Navidad, para la que nos estuvimos preparando durante todo el tiempo del Adviento. Hoy, con una simplicidad conmovedora, el evangelista San Mateo relata el acontecimiento. María, sin el concurso natural de un varón, concibe, en su virginal seno, a quien Dios le impone un nombre conocido entre los judíos, pero singular y significativo en su plan: Jesús o “Dios salva”. El admirable hecho se produce desde el silencio creador de Dios al seno virginal de María. Ella lo guardará silenciosamente hasta que el mismo Dios decida revelarlo. Es cuando su esposo José aparece en escena con su impresionante fidelidad y su abismal humildad. Ese hombre santo entiende, en la fe – sin poner objeciones – lo que el Ángel le comunica de parte de Dios. Así, el custodio de la virginidad de María se convierte en custodio de su virginal maternidad; también de la Sagrada Familia que, en lo sucesivo, constituirá su especial responsabilidad. La cercanía de la Navidad crea un clima espiritual propio e inconfundible.

2-.   La auténtica Navidad vs. su falsificación.    En pocos versículos Mateo ofrece una síntesis de todo el contenido del Adviento y de la Navidad.  Su estilo simple y conciso favorece la contemplación. El creyente podrá introducirse en un espacio adecuado para celebrar las populares Fiestas navideñas, alejado de las falsificaciones que las desdibujan. Es deprimente ver algunas producciones cinematográficas donde la Navidad aparece con otro contenido, absolutamente ajeno al original. El mundo, que en otros tiempos la celebraba cristianamente, hoy ha reemplazado a sus protagonistas auténticos: Jesús, María y José, por románticas creaciones de reciente data. Me refiero a un gordito bonachón llamado Papá Noel, a un arbolito, ricamente decorado y a una mesa bien provista. La imaginación sin fe da pasos en el vacío, ensombrece el espíritu humano hasta hacerle perder su referencia a Dios, distrayéndolo de la verdad consistente a la que está originariamente llamado. Para un cristiano, ¡qué sensación de vacío produce una Navidad sin Cristo! ¡Qué clima enrarecido sin la pobreza del Pesebre y de sus humildes adoradores!

3.-   Volver a los orígenes.   La liturgia de la Iglesia nos orienta a volver a la Navidad original, reactualizada en épocas y culturas diversas, pero, sin renunciar a su identidad. Nuestra sociedad, que fue originariamente evangelizada por la Iglesia Católica, mantiene una carcasa de títulos cristianos, que ya no contiene los valores que le eran propios. En un mundo que alardea de ser enemigo de la hipocresía, se produce una grave contradicción al despojar a la Navidad de su genuino sentido. La fidelidad a Dios, de María y José, se constituye en clara indicación para un comportamiento nuevo, tanto en estos especiales festejos, como en el llano donde transcurre normalmente la existencia humana. La vida de María y José experimenta un vuelco silencioso y excepcional – a partir de la intervención angélica – donde Dios mismo se hace cargo de la salvación del mundo. Entender correctamente este acontecimiento supone la fe. Cuando Jesús pregunta si en su segunda venida encontrará fe sobre la tierra, revela un futuro transido por la incredulidad: “Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?” (Lucas 18, 8) Es un desafiante momento el que vivimos. La Iglesia evangelizadora no puede distraerse de su misión. Por ello, aunque sea tildada injustamente de oscurantista y retrógrada, debe predicar el Evangelio “a todos los pueblos”, sin diluirlo en elementos extraños a él, impuestos intencionalmente por sus habituales objetores.

4.-   La fidelidad a Dios es el amor que reina en Nazaret.   Nos referimos a la fidelidad de María y José, tan de manifiesto en el texto que hemos proclamado. Junto a una santa joven, contemplativa y silenciosa, aparece José, hombre justo y humilde, que sin entender mucho lo que ocurre, obedece al mandato del Cielo, ni bien lo discierne como de Dios en las palabras del santo Ángel. La vida de aquellos seres privilegiados, a partir de entonces, es pura obediencia, porque es amor puro. Juntos, llevando el tesoro del Dios hecho hombre, recorrerán las calles de la pobre Judea – en Belén, Nazaret y Jerusalén – hasta probar el gusto amargo del exilio en Egipto.