Inmaculada Concepción de la Virgen María – Ciclo A

8 de diciembre de 2019

Lucas 1, 26-38

1.- María Inmaculada y la Eucaristía. Fiesta solemne, de gran tradición en la vida del Pueblo de Dios. Hasta hace pocas décadas los niños y niñas recibían su primera Comunión el 8 de diciembre. En la segunda mitad del siglo 20 se produjo un cambio, como respuesta a cierta evolución de la práctica litúrgico-pastoral, que recurrió a otros momentos del año para tal importante acontecimiento. Se debió a motivos que se gestaron en la mesa de trabajo de teólogos y pastoralistas bien intencionados, desoyendo, quizás involuntariamente, la piedad simple del pueblo cristiano. Esta Fiesta mariana dista del 8 de diciembre de 1854. Entonces el Beato Pio IX declaró el Dogma de la Inmaculada Concepción. Desde principios del siglo veinte, a causa de la oportuna decisión de San Pio X, de promover en los fieles cristianos la participación frecuente de la Sagrada Eucaristía, y de adelantar la primera Comunión de los niños, se produjo un vínculo significativo entre la Eucaristía y María. El 8 de diciembre constituyó la fecha ideal para que los niños cristianos recibieran, por primera vez, el sacramento del Cuerpo y de la Sangre de Jesús.

2.- Asociada por Dios a la Salvación de los hombres. Es bueno y oportuno recordar sus fundamentos bíblicos. Hemos proclamado el texto evangélico de San Lucas en el que se relata la Anunciación y Encarnación del Hijo de Dios. Allí el protagonista es el Espíritu Santo, que cubre a María “con su sombra” y, solicitando su consentimiento, la constituye en su coprotagonista. Teniendo en cuenta que la Eucaristía es el Sacramento del Cuerpo y de la Sangre del Hijo de Dios y de María, la joven Madre administra desde entonces – a todos – la primera Comunión. Sin ella no podríamos celebrar la Eucaristía y recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo, nuestro Salvador. Por este motivo, María es tan importante e irreemplazable en la Historia de la Salvación. No quita protagonismo a Jesús, al contrario, su misión es acercar al mundo entero a su único Salvador. María no preside la celebración eucarística, para ofrecerla sacramentalmente a los fieles – como lo hace el sacerdote – pero, mediante la Encarnación y la Navidad, el “Pan del Cielo” desciende a su seno virginal para que ella lo ofrezca al mundo, de parte del Padre, como reconciliación y alimento de la fe y de la santidad. Los fieles no podrán recibir la Eucaristía sino por mediación de un ministro ordenado para ello, pero éste, no lograría ofrecerlo como sacramento si María no lo hubiera concebido maternalmente antes, por acción del Santo Espíritu.

3.- María “llena de gracia”. En la escena de la Anunciación, el Arcángel Gabriel saluda a María con una insólita expresión: “¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo”. (Lucas 1, 28) Esa “plenitud de gracia” indica que aquella joven, así saludada, ha sido concebida sin la mancha original con la que todos nacemos. Trascendido el hecho, señalado por Gabriel con precisión, no cabe duda de que Dios prepara así la encarnación de su Hijo divino. Es la reacción del Padre ante la insensatez de sus hijos pecadores. Es tan preciosa la creación del hombre que Dios decide, a pesar de la malignidad del pecado, redimirlo por la vía impensada de la Cruz de su Hijo hecho hombre. El Hombre nuevo no es la destrucción del primero sino su recuperación. La carne humana, en la que el pecado original se había alojado, es apropiada por el Verbo divino y llevada a su total regeneración mediante la Resurrección. La carne de Cristo es concebida en un seno inmaculado, sin concurso de varón, por la operación divina del Espíritu Santo. Así lo explica el Mensajero celestial, a la consternada María: “¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relaciones con ningún hombre? El Ángel le respondió: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y se lo llamará Hijo de Dios”. (Lucas 1, 34-35)

4.- Modelo y Maestra de fe. Al ser constituida Madre de todos los hombres, mediante las palabras testamentarias de Cristo agonizante, que Juan recibe representándonos, María también se hace cargo de ser modelo y maestra de los creyentes. No fue eximida del desgarrador sufrimiento de ver morir a su Hijo divino en la Cruz, y de atravesar – ella misma – la noche oscurísima de la fe. María es una mujer creyente que enseña a creer a los creyentes. Desde la Anunciación, en la que el Ángel le revela su misteriosa identidad – y ella acepta su destino a ser Madre del Redentor – hasta presenciar la crucifixión y muerte de su Hijo Divino, no cesa de vivir de la fe en la promesa y en la obra que Dios realiza en ella y por medio de ella.