Primer Domingo de Adviento – Ciclo A

1 de diciembre de 2019

Mateo 24, 37-44

1.-   El Adviento no se repite.   Hoy se inicia el año litúrgico 2020. El Adviento no se repite, se prolonga hasta llegar a la Verdad que anuncia. Preparamos la Navidad aunque, mucha gente, la roza superficialmente. Todo el mundo se dispone a celebrarla y pocos saben qué celebran. Quienes lo saben agotan su memoria en un romántico pesebre, bien adornado, con una tierna melodía navideña de fondo, que ayuda a que se miren con afecto unos a otros y brinden con lo poco o mucho que tengan. No está mal, pero, la Palabra de Dios insiste en señalar la transitoriedad del tiempo y el misterio que sobrevendrá. Nos detenemos en la imagen que pasa, sin prestar atención a su silencioso y profundo significado. La Iglesia dedica cuatro semanas a hurgar, en las Santas Escrituras y en su rica tradición litúrgica, para lograr la comprensión del mensaje de la Navidad. Quienes no la celebran como corresponde pierden la ocasión de orientar sus vidas conforme a su verdad. Ahí se quedan, boyando como náufragos que intentan distraer su soledad. En este primer Domingo de Adviento es conveniente que nos propongamos aprovechar todo el Tiempo Fuerte y nos dejemos acompañar por la Iglesia, que nos conduce a concientizar la integridad del Mensaje y a trascender lo que nuestros oídos escuchan y  nuestros ojos contemplan.

2.-   Vivir en la Verdad.   El texto de Mateo parece estar redactado para enfriar la fiesta de un mundo bullicioso que se cree cristiano, o heredero de algunas tradiciones cristianas, valiéndose, para ello, de un maquillaje religioso muy desvaído. El Adviento conduce a la Verdad que la Palabra de Dios acredita. Es preciso vivir en Ella, sobre todo cuando se trata de temas únicamente perceptibles por la fe. La Navidad es uno de ellos. Su práctica supone el ejercicio perseverante de la fe, que, saludablemente, nos obliga a depender de la gracia divina. Durante este Tiempo fuerte se ofrece la ocasión, mediante la celebración litúrgica de la Palabra y de los sacramentos, de actualizar la fidelidad, o de iniciarla, gracias a la oración y a la penitencia. El Adviento, como lo será la Cuaresma, debiera parecerse al catecumenado primitivo, basado en la práctica de las virtudes cristianas. La prédica de Jesús no es principalmente la exposición académica de una doctrina. Jesús vive y enseña a vivir conforme a la voluntad de su Padre. La “forma de vida” a la que los Apóstoles invitan a sus oyentes – y que a ellos los distingue – acredita el ministerio que el Señor les confía y que, en ellos, encomienda a toda su Iglesia.

3.-   Jesús enseña lo que vive.   Los Apóstoles son creíbles porque viven lo que predican. Su compromiso con la Verdad los conduce a la santidad. Es imposible teorizar la vida o la vivencia de los valores evangélicos. Jesús enseña lo que vive. Así lo entienden aquellos hombres y los santos de todos los tiempos: “Pero teniendo ese mismo espíritu de fe, del que dice la Escritura: Creí y por eso hablé, también nosotros creemos, y por lo tanto, hablamos”. (2 Corintios 4, 13) Sus discípulos cuando se refieren a la fe, la entienden hecha vida. Así lo aprenden de su Maestro divino. Por ello, si es nuestro deseo volver al Evangelio, necesitamos hacer vida la fe. La coherencia de vida y fe es un reclamo de la hora. Los simulacros de cierto cristianismo desacreditan la verdad que la Iglesia tiene el deber de exponer al mundo entero. La expresión proveniente de un ser excepcional como Mahatma Gandhi – “no soy cristiano por culpa de los cristianos” – nos da mucho qué pensar. Hoy, del que nosotros somos únicos responsables, es la oportunidad de asumir el testimonio de la fe que profesamos. De otra manera seremos como la semilla que permanece sola e infecunda, porque no acepta morir en el surco. Cristo confirma la virtud de la semilla, que fructifica apenas lo hagan quienes tienen la misión de esparcirla.

4.-   Estén prevenidos.   El texto evangélico de este primer domingo de Adviento, declara que la llegada de Dios – en la persona de Cristo – es inminente y se la debe aguardar en vigilia y con la mayor atención: “Estén prevenidos, porque ustedes no saben qué día vendrá el Señor”. (Lucas 24, 42) Volviendo al principio del texto, Jesús hace una descripción que se refiere vívidamente a la actualidad: “En los días que precedieron al diluvio, la gente comía, bebía y se casaba, hasta que Noé entró en el arca; y no sospechaban nada, hasta que llegó el diluvio y los arrastró a todos”. (Ibídem 24, 38-39) La palabra de Jesús no intenta amedrentar a una sociedad inconsciente de los males y peligros que ha acumulado. Su cometido es predisponer los corazones para aceptarlo, cuando llegue. Dios se revela en su Hijo encarnado, y no deja de ir al encuentro de todos los hombres, con el propósito de alentar una gestión que los responsabilice de su propio entorno social. Para los creyentes, esa gestión incluye el testimonio viviente de la fe que profesan.