Nuestro Señor Jesucristo, rey del universo

24 de noviembre de 2019

Lucas 23, 35-43

1.-   Jesucristo es el Señor.   Al cerrar el año litúrgico 2019, la Iglesia recuerda que Jesucristo es el Señor y hace efectiva la auténtica salvación de los hombres. El desconocimiento y prescindencia de su realeza pone al mundo en estado de absoluto descontrol. Dios – en Cristo – se hace cargo de la reconducción de la humanidad hacia su destino original. Para los “sin normas” es bueno recordarles que existen los Diez Mandamientos, destinados a orientar el compromiso de los responsables y protagonistas de la historia humana. Se los tiene poco en cuenta, y hasta se los descalifica promoviendo comportamientos que los reducen al ámbito exclusivamente religioso. La Palabra de Dios, en su forma de Sagrada Escritura, interpreta fielmente la Ley natural que rige las conciencias sanas. Es triste comprobar que el pecado ha enfermado a la naturaleza humana y ha creado un peligroso declive hacia su propio caos y disolución. La enfermedad causada por el mal – o el pecado – contamina, en primer lugar, la libertad y su capacidad de lograr que el amor sea la esencia y el cumplimiento de la Ley y de toda ley. Jesús, y luego sus Apóstoles, así lo formulan: “El primer mandamiento es: Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor; y tú amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma, con todo tu espíritu y con todas tus fuerzas. El segundo es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento más grande que éstos”. (Marcos 12, 29-31)

2.-   ¿Rey o Buen Pastor?   El amor es el causante de la Redención. Por ello Cristo, durante su vida entre los hombres – especialmente en la Cruz – revela el amor inefable de Dios. Su señorío, o su realeza, se expresan en esa manifestación extrema de amor. Su pastoreo es superior a su realeza. Preside a su pueblo no por ser rey sino por ser el Buen Pastor que da su vida por quienes gobierna. Cuando se refiere a la autoridad revela su personal identidad, constituyéndose en modelo de quienes deben gobernar a otros: “Ustedes saben Que aquellos a quienes se considera gobernantes, dominan a las naciones como si fueran sus dueños, y los poderosos les hacen sentir su autoridad. Entre ustedes no debe suceder así”. “Porque el mismo Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud”. (Marcos 10, 42-45) Los grandes conflictos contemporáneos resultan expresiones sintomáticas de un ejercicio abusivo del poder. No debemos disimular la verdadera misión de Jesús: “Cristo es el prototipo humano que Dios propone a todo ser personal”.

3.-   Ajustar la misión y promover la santidad.   En Cristo Dios se automanifiesta y, al sanar la libertad – dañada por el pecado – enseña a toda persona humana a conducirse conforme a su condición original. El mal uso de la libertad conduce al desorden y a un estado salvaje que inhabilita para la convivencia en paz. Latinoamérica está siendo erosionada por el desencuentro y la violencia. El mal se extiende como la humedad y amenaza destruir las construcciones que parecían más sólidas. Me refiero a las convicciones éticas y morales, de legítimo sustento filosófico y, en particular, al credo religioso que profesan muchos ciudadanos.  Un porcentaje muy alto – más del 80 % – ha recibido el Bautismo en la Iglesia Católica. Algunas manifestaciones, de mediática repercusión, indican graves dicotomías entre la fe religiosa y el comportamiento de muchos autocalificados cristianos. Un enorme desafío para la Iglesia – institución – le reclamará ajustar su misión y promover la santidad de los ya bautizados y naturales testigos del Evangelio. La pastoral de la Iglesia francesa ha ideado, hace más de cincuenta años, una especie de catecumenado de recaptación para bautizados alejados de la fe. El actual estado de muchísimos bautizados ¿no reclamaría una iniciativa pastoral similar?

4.-   Su reino no es de este mundo.   Entre los bautizados – que no hayan renegado formalmente de su Bautismo – existe un abanico complicado de gerentes de diversas actividades: docentes, científicos escritores, artistas, políticos, y dirigentes destacados en diversos segmentos de la vida sociocultural. La merma de la fe de numerosos de ellos proviene de su desvinculación de la gracia de la Palabra divina y de los sacramentos. Me refiero a los llamados: “católicos no practicantes”. La “práctica” religiosa no crea un estado místico sin consistencia. Conecta la vida personal, y su expansión social, a la gracia del Redentor. La gracia de Cristo es “el poder de Dios para la salvación de todos los que creen” (Romanos 1, 16). Quizás no se ha prestado demasiada atención a la gracia sacramental y, en consecuencia, no se la ha tomado en serio. Los santos, en su recorrido asombroso del pecado a la santidad, son exponentes principales de la transformación causada por la gracia de Cristo en los signos sacramentales. En la aplicación de la gracia está empeñado el poder de Cristo. En las persecuciones de México y España, los mártires morían vivando a Cristo Rey. De esa heroica manera reconocían, en aquellas trágicas circunstancias, el poder salvador de Jesucristo: “¡Viva Cristo Rey!”