Domingo 29º durante el año – Ciclo C

20 de octubre de 2019

Lucas 18, 1-8

1.-   El juez injusto, antítesis de Dios.   Jesús utiliza  los contrastes para afirmar la verdad consoladora que trae del Padre. El juez injusto de la parábola es la antítesis del Dios bondadoso y justo que el Maestro divino revela a quienes lo escuchan. En la historia común aparece la misma contradicción, a veces sin la intención explícita de retransmitir la enseñanza de Jesús. Es justo ponerla de manifiesto cuando el contenido de la fe católica ocupa un lugar en el debate público, o en la confrontación inevitable con otras ideas y sus derivados. Jesús no teme al mundo, y exhorta a los suyos a no temerle, aunque se desencadene la tempestad. Es saludable escuchar de sus labios: “¡No teman!”, quizás acompañado por la oportuna amonestación a Pedro: “Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?” (Mateo 14, 31). El cristiano se destaca por levantar el edificio de su vida sobre la roca, que es Cristo. Aunque se sienta sacudido por el huracán, no vacila y, por lo tanto, no añora la “seguridad inestable” de su pasado sino que se inserta en el Reino, que mira el futuro y progresa en su edificación.

2.-   La oración insistente.   La insistencia en la oración, fruto de la necesidad  y de la confianza, encuentra una escucha benévola, muy distante de aquel juez displicente e injusto. Dios no es el juez apremiado por el reclamo de la humilde viuda de la parábola. Es el Padre atento a las necesidades de los hombres que jamás dejará de satisfacer sus súplicas. Lo hará respondiendo a un plan que supera infinitamente a la frágil justicia propuesta por los humanos: “Y Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos, que claman a él día y noche, aunque los haga esperar? Les aseguro que en un abrir y cerrar de ojos les hará justicia”. (Lucas 18, 7-8) Cuando sabemos perseverar – o “esperar” – el Señor realiza eficazmente su plan de cambio y perfección. Hacer justicia no es favorecer nuestras pretensiones de éxitos económicos y políticos, sino transformarnos en hombres nuevos, conforme a Quien es el Hombre Nuevo: “De él (Cristo) aprendieron que es preciso renunciar a la vida que llevaban, despojándose del hombre viejo, que se va corrompiendo por la seducción de la concupiscencia, para renovarse en lo más íntimo de su espíritu y revestirse del hombre nuevo, creado a imagen de Dios en la justicia y en la verdadera santidad”. (Efesios 4, 22-24) Todo un proyecto original de vida, que el mundo desconoce, y que, encerrado en sí, se niega a la oportunidad de conocerlo y adoptarlo.  La densa cortina, humanamente imposible de descorrer, se convierte en un desafío de enorme actualidad para Jesús que, mediante su Espíritu y su Iglesia, dispensa la gracia a quienes no se oponen a recibirla.

3.-   Crear vínculos humanos.   Su verificación se produce hoy, como a lo largo de toda la historia, en hombres y mujeres – entre ellos niños, adolescentes, jóvenes y ancianos – que se han dejado alcanzar por la gracia y dedicaron lo más útil de su tiempo a permitir que ella los modele. ¿Lo entenderá el mundo contemporáneo? Es preciso que reciba una conveniente preparación espiritual, con su influjo en las culturas, las leyes y los acuerdos moralmente legítimos. No se trata de trasplantar esquemas religiosos, de índole cultual, a espacios ocupados por diversos protagonistas de confesiones y conceptos tan distantes los unos de los otros. El desafío apunta a crear vínculos humanos que acerquen, a todos, a construir una convivencia respetuosa de la diversidad y de la identidad de cada persona, pueblo e institución. El comportamiento de Jesús, en su relación con la gente, exhibe pautas para que sean asumidas por sus discípulos, o seguidores. La primera es presentar una imagen de Dios, que excluya la pirotecnia idolátrica, confusa y extravagante, reeditada por los mismos hombres, en el transcurso de su historia. La segunda: recordar que el principal mandamiento es el amor a Dios, y el consecuente amor al prójimo. La tercera: preparar los corazones para que sean dóciles a la Palabra de Dios, desde la pobreza y la humildad del niño. No existe otro sendero. Quien no acepta recorrerlo pierde inexorablemente el rumbo.

4.-   Cristo ¿encontrará fe sobre la tierra?   Resurge el tema principal de la fe. Su necesidad se hace más evidente en circunstancias tan confusas como las actuales. Dentro y fuera de la Iglesia – sus hijos confesos y sus hijos dispersos – se promociona una lectura de los acontecimientos y de las personas, que excluye a priori la óptica proporcionada por la fe. De allí algunos enfoques, de aparente razonabilidad, pero distorsionadores de la verdad. Un agnóstico no pude referirse a temas como la Iglesia y sus pastores; la vida cristiana; el sacramento del matrimonio; el aborto y la eutanasia, sin una elemental preparación de la mente y del corazón. Es deshonesto que lo haga, si – como confiesa – reconoce no tener fe. Que opte por un sabio y respetuoso silencio. No ocurre hoy, en personajes de extraordinario blindaje mediático, que osan extender su equívoca “libertad de prensa” a la teología y al gobierno de la Iglesia, sin una discreta autocrítica. La falta de fe ha sido prevista por Jesús, con una expresión amarga, consignada en el final del texto hoy proclamado: “Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?” (Lucas 18, 8) Le debemos una respuesta decidida y generosa.