Domingo 26º durante el año – Ciclo C

29 de septiembre de 2019

Lucas 16, 19-31

1.-   El pobre rico de la parábola.   Es una parábola estremecedora. El hombre rico ha disfrutado muy bien su vida, a su provecho exclusivo. La insensibilidad manifestada ante el pobre Lázaro lo pone de lado de la injusticia, fruto de su egoísmo y avaricia. A este mísero personaje Jesús lo señala, para describir su estado, sin concederle el derecho a tener un nombre propio: “Había un hombre rico que vestía de púrpura y lino finísimo y cada día hacía espléndidos banquetes”. (Lucas 16, 19) No así al pobre, paciente y humilde, que mendiga algo de lo que sobra al rico, sin lograrlo. Este sí, recibe un nombre que lo identifica: “A su puerta, cubierto de llagas, yacía un pobre llamado Lázaro, que ansiaba saciarse con lo que caía de la mesa del rico; y hasta los perros iban a lamer sus llagas”. (Ibídem 16, 20-21). Extrema pobreza y auténtica dignidad. La humillación de Lázaro se convierte en humildad, la virtud que Dios más aprecia. Lázaro – se deduce de la parábola – es un hombre humilde que merece ser recompensado por Dios: “Hijo mío, respondió Abraham, recuerda que has recibido tus bienes en vida y Lázaro, en cambio, recibió males; ahora él encuentra aquí su consuelo, y tú el tormento”. (Ibídem 16, 25) ¡Impresionante pintura, de enorme actualidad!

2.-   La fe cuyo autor es Cristo.   El menoscabo de la fe cristiana ocasiona el desconocimiento de las verdades esenciales, destinadas a otorgar sentido trascendente a la vida humana. Se produce una desorientación existencial, que pesa como un yugo insoportable cuando declina la vida en sus diversas etapas temporales. Llega inevitablemente la muerte, con su espectral imagen, que no exime a nadie de su guadañosa presencia. Nadie desea abordar el pensamiento de su propia muerte, parece que son los otros – únicamente – quienes mueren. Se inspira no en el miedo a la muerte sino a la disolución que el ateísmo sugiere y el léxico corriente llama “no existencia”. La fe abre el panorama de la vida después de la muerte. La parábola que hoy atrae nuestra atención revela ese misterioso estado en el más allá. Es Cristo quien transmite la asombrosa verdad de la vida temporal como etapa y no como cierre definitivo. El poeta español Gustavo Adolfo Bécquer escribió: “¡Dios mío, que solos se quedan los muertos!” (Rima LXXIII). Si hubiera sido ateo reformularía su verso de esta otra manera: “¡Qué muertos se quedan los muertos!” En los cementerios sepultan “restos” humanos, destinados a la natural disolución; las personas que fueron sus dueñas ya no están allí, pero no han dejado de existir, han ingresado en la eternidad.

3.-   La verdad, como justicia, se revela plenamente después de la muerte.   El diálogo entre Abraham y el hombre rico “sepultado” evidencia una situación personal real e innegable. Jesús manifiesta que es entonces cuando la justicia se revela, en favor o perjuicio de quienes han respetado o no los parámetros morales y éticos que custodian su regulación. Aquel hombre, otrora rico, murió abrazado al bienestar causado por su cuantiosa fortuna. En la dimensión donde los valores hallan su auténtica calificación, comprueba, horrorizado, la inconsistencia y futilidad de sus muchos bienes. Abraham lo trata con la ternura de un padre dolorido a causa de su pérdida irreparable. Después de la muerte la verdad no podrá ser negada, y se impondrá como justicia, imposible ya de ser deformada o maquillada.  El diálogo que entablan – Abraham y el pobre rico – es dramático: “Hijo mío, respondió Abraham, recuerda que has recibido tus bienes en vida y Lázaro, en cambio, recibió males; ahora él encuentra aquí su consuelo, y tú, el tormento. Además entre ustedes y nosotros se abre un gran abismo”. (Lucas 16, 25-26)  Esa conclusión, imprevista para quienes se han negado sistemáticamente a la fe, sobreviene aunque se la pretenda negar. Hay vida después de la vida, pero, también se da “la muerte después de la muerte”, jamás el vacío o la inexistencia.

4.-   Después ya no hay tiempo.   El pobre rico intenta que Lázaro se aparezca a sus hermanos, para evitarles lo que él está padeciendo: “Te ruego entonces, padre, que envíes a Lázaro a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, que él los prevenga, no sea que ellos también caigan en este lugar de tormento”. (Lucas 16, 27-28) Aquellos sentimientos hacia sus hermanos, aún a tiempo de rectificar sus conductas, constituyen la ocasión para entender lo que vendrá después. La experiencia de aquel hombre atormentado es una consecuencia inevitable del empecinamiento en el mal, que lo ha calificado hasta la muerte. Él ya está fuera del tiempo, vale decir: ya no hay tiempo para cambiar la opción, tomada irresponsablemente durante su vida, mientras dispuso de la posibilidad para un oportuno cambio. La conclusión a que arriba Abraham es tremenda y desalentadora: “No padre Abraham, insistió el rico. Pero si alguno de los muertos va a verlos, se arrepentirán. Pero Abraham respondió: “Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, aunque resucite alguno de entre los muertos, tampoco se convencerán”. (Ibídem 16, 29-31) No es éste un tenebroso mensaje de ultratumba, es la palabra de Dios. Es preciso escucharla seriamente, se juega la eternidad de cada uno: la feliz de Lázaro o la desdichada del rico.