Domingo 24º durante el año – Ciclo C

15 de septiembre de 2019

Lucas 15, 1-32

1.-    Dios viene a nosotros para redimirnos.   La relación de Jesús con los pecadores no constituye un aval demagógico al mal comportamiento de quienes se acercan a Él. Con un entrañable amor, reflejado en su rostro, sabía compartir con ellos y conducirlos a la conversión. Las tres parábolas llamadas “de la misericordia” expresan, con distintos matices, los sentimientos de Cristo hacia quienes eran calificados: “pecadores”. La tercera de ellas, las supera a todas por su capacidad de manifestar la ternura del amor de Dios. En cualquier lectura que intentemos adoptar, de las tres parábolas, comprobaremos el conmovedor empeño de Dios por la salvación de los hombres. El pecador, por serlo, se ha convertido en enemigo de Dios, aunque sus palabras expresen lo contrario. “Obras son amores y no buenas razones” dice un antiguo adagio español. En otra oportunidad Jesús manifiesta a sus discípulos: “El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él”. (Juan 14, 23). El incumplimiento de su palabra será expresión de enemistad. La misma proviene de la infidelidad del hombre – que puede ser aún modificada – contra la fidelidad inmodificable de Dios.

2.-   El mundo como hijo pródigo.   La tercera parábola, proclamada hoy en el texto de San Lucas, relata un drama que acaba felizmente, gracias a la bondad entrañable del padre de familia. Constituye una radiografía del restablecimiento de relaciones paterno filiales, rotas  a causa del desvarío trágico del hijo menor. Como siempre, Jesús saca de la vida corriente – de sus dramas y expectativas – las imágenes más accesibles para la comprensión intelectual de sus oyentes. El padre de la parábola es lo más próximo a la imagen misericordiosa del Padre Dios. No está enfadado con su pobre hijo – dilapidador de toda su fortuna – al contrario, está dispuesto a festejar su regreso. Queda librada al entendimiento de cada uno la traslación de esa conmovedora parábola a una nueva relación con Dios. En la comparación que intentemos, entre la imagen humana y la realidad divina, nos quedaremos cortos de palabras e insatisfechos. El Padre Dios es infinitamente más tierno que el padre de la parábola. Está dispuesto a meterse en nuestro barro, mediante la encarnación de su divino Hijo, y allí abrazarnos y besarnos: “Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió profundamente; corrió a su encuentro, lo abrazó y lo besó”. (Lucas 15, 20). Esta imagen debe servir para interpretar la parábola, de otra manera no lograríamos comprenderla correctamente.

3.-   Una lectura correcta de la parábola.  El drama familiar, expuesto por Jesús, tiene un correlato en la realidad. En él Dios es el Padre; no se menciona a la madre, ya que la paternidad divina reúne la firmeza y solidez del padre y la ternura conmovedora de la madre. Dios es amor y, por lo mismo, es padre y madre. La Escritura Santa lo expresa con claridad: “Si mi padre y mi madre me abandonan, el Señor me recibirá” (Salmo 27, 10). Jesús demuestra que Dios es más fuerte que cualquier padre y es más tierno y protector que la mejor de las madres. Santa Teresita de Lisieux escribió: “El Buen Dios es más tierno que una madre”. Pero, entre líneas – sin explicitarlo – Jesús nos permite descubrir un tercer hermano, que no es el menor, y derrochador de su herencia, ni el mayor, mezquino indiferente ante el drama que padece su padre. El tercer hermano ama a su Padre y, por ello, ama a su hermano perdido. Sin permanecer al amparo de su confortable casa, y con la bendición de su Padre, se aventura en busca de su hermanito extraviado. Para ello, se interna en los lejanos y escabrosos senderos, transitados imprudentemente por aquel hermano menor, y sin despilfarrar su herencia, sufre las penurias de su condición, hasta encontrarlo y anunciarle la buena nueva: “¡Papá te ama y te espera, vuelve a casa!” y se constituye en “Camino” de regreso a los brazos anhelantes del Padre de ambos. Es fácil identificarlo: es el mismo Jesucristo.

4.-   Dejarnos encontrar por Dios.  Detrás de las penas y desatinos del mundo contemporáneo se insinúa una nostalgia infantil, un deseo inconfesado de encontrarse, por fin, con el abrazo y el beso del Padre. Jesús lo hace presente a través de su ministerio profético. Sobre todo, mediante su ofrenda inefable, en el durísimo y humillante madero de la Cruz. Al contemplar, junto a María, Juan y las piadosas mujeres, el cuerpo destrozado y muerto del Señor, sentimos la necesidad de caer de rodillas y exclamar: “¡Hasta este extremo nos amaste y nos amas Dios nuestro!”. ¿Quién resistirá a un amor tan desinteresado y tierno? ¿No es acaso el propósito de la predicación apostólica: enternecer los corazones, para la conversión, anunciando y celebrando la muerte y resurrección de Cristo? El tumulto callejero, la grandilocuencia barata de algunos promotores del odio y de la revancha, amenazan con invadir y ocupar los espacios más selectos de la vida contemporánea. Necesitamos encontrarnos con Dios en la persona y en la palabra de Cristo.