Domingo 22º durante el año – Ciclo C

1 de septiembre de 2019

Lucas 14, 1. 7-14

1.-   Escuchar a Jesús y cerrar las heridas.   Es admirable la percepción de la vida corriente manifestada por Jesús. Enseña a comportarse y, para ello, a ser discretos e inteligentes en las relaciones interpersonales. Enseña con sus actitudes. Es observador de la vida del pueblo y de sus dirigentes; analiza, corrige y fundamenta sus consejos y amonestaciones. Al escuchar sus palabras, como constan en los cuatro Evangelios canónicos, recibimos verdaderas lecciones de vida. Nuestra sociedad, integrada por creyentes y no creyentes, se parece a una bolsa de gatos, donde no se logra un correcto entendimiento en cuestiones esenciales. En la base de los grandes consensos está el encuentro cordial, el diálogo y la composición de proyectos comunes. La famosa grieta no ayuda. Escuchar los consejos de Jesús contribuye a curar heridas y a resolver cuestiones intrincadas. No es bueno arrinconar las enseñanzas del Divino Maestro en la esquina más oculta de nuestra vida social. Es lo que ocurre cuando encapsulamos su palabra, sabia y cuestionadora, en exclusivos espacios religiosos. La Iglesia, constituida por todos los bautizados – Pastores, consagrados y laicos – se interesa y se compromete en la acción política y social, aventando la inválida objeción de que no debe “meterse en política”.

2.-    La grieta es la herida que debe ser sanada.   La unidad, fundada en la reconciliación con Dios, es el propósito pastoral de la Iglesia. Es su aporte – o debe serlo – a una sociedad agrietada por la discordia. Cuando la diversidad providencial cede lugar al pecado se produce la división o la malhadada grieta. Si hoy no superamos este grave obstáculo no importará quién o qué espacio político sea elegido como vencedor en las próximas elecciones. La grieta es la herida profunda que debe ser curada de inmediato. Una sociedad atomizada ideológica y espiritualmente seguirá generando grietas, hasta el default moral, mucho más pernicioso que el económico. Cristo es el autor de la reconciliación con Dios y entre los hombres. No lo logra destruyendo al enemigo sino convirtiéndolo en amigo de Dios y, por lo mismo, estableciendo una reconstructora amistad entre quienes se consideran enemigos irreconciliables. La conciencia de filiación, con respecto a Dios Padre, hace posible la fraternidad sin fronteras. Cristo, el Hijo de Dios, restablece la fraternidad perdida. Lo hace derramando su sangre en la Cruz, plantada por el odio, generadora del amor que todos se deben. Bien lo dice San Pablo: “Así creó con los dos pueblos un solo Hombre nuevo en su propia persona, restableciendo la paz, y los reconcilió con Dios en un solo Cuerpo, por medio de la Cruz, destruyendo la enemistad en su persona”. (Efesios 2, 15-16)

3.-   Un viraje de 180 grados.   Jesús abre un registro moral ignorado en el Antiguo Testamento. Me refiero al amor a los enemigos: “Ustedes han oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo les digo: Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores; así serán hijos del Padre que está en el cielo…” (Mateo 5, 43-44). Más claro imposible. No podemos desechar esta lectura del Mandamiento, que el Señor hace propia. Si nuestro propósito es, como debiera, manifestar nuestro amor a Dios – cumpliendo sus mandamientos – debemos producir un viraje de 180 grados y oponernos a la división imperante hoy en nuestra Patria. De ese modo poner todo nuestro empeño en cerrar grietas y emprender, con todos los ciudadanos de buena voluntad, la difícil pero posible tarea de restablecer la paz, mediante la reconciliación con Dios y entre todos. Los resentimientos – de apariencia lógicos o abiertamente ilógicos – necesitan de la gracia redentora de Cristo, para lograr su superación.

4.-   Para entender, enseñar y gobernar hay que ser humilde.   Jesús selló su pensamiento – constituido en un axioma – sintetizándolo como magistral lección sobre la humildad: “Porque todo el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado”. (Lucas 14, 11)  La verdad aparece en el sendero oculto de los humildes. Para entender, para enseñar y para gobernar se necesita ser humilde. ¡Difícil aprendizaje! La humildad es una perla demasiado preciosa para adquirirla a poco precio. El sacrificio cotidiano, requerido por la tarea a realizar, supone empeño y laboriosidad incansables. Al perderse la “cultura del trabajo” se recurre al lucro fácil y deshonesto. La delincuencia callejera, que sume en la inseguridad a los sectores más vulnerables, se confabula con ladrones de guante blanco que intentan instalar un mecanismo escandaloso de inmunidad. El funcionario humilde no se vende a nadie, por miedo o mezquindad. Su conciencia de bien prevalece sobre todo intento de embuste y de traición a la verdad y al bien de la sociedad, de la que es parte y debe servir.