Domingo 21º durante el año – Ciclo C

25 de agosto de 2019

Lucas 13, 22-30

1.-    La puerta estrecha.   Es impresionante el expansivo oleaje histórico que manifiestan las palabras más simples del Señor. Para llegar a la verdad – o a la salvación – es preciso transitar una senda estrecha: “Señor, ¿es verdad que son pocos los que se salvan? Él respondió: “Traten de entrar por la puerta estrecha, porque les aseguro que muchos querrán entrar y no lo conseguirán” (Lucas 13, 24). Pero, no entenderíamos este texto sin este otro: “Entren por la puerta estrecha, porque es ancha la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición y son muchos los que van por allí” (Mateo 7, 13). ¡Qué acertada la percepción del Señor! Muchos hombres no acaban de desprenderse de una voluntad débil, que busca la comodidad de cierto degradante facilismo, pésimo mal consejero para lograr la auténtica felicidad. Así lo entiende y enseña Jesús. Casi todos los infortunios económicos, que los más pobres padecen con mayor severidad, provienen de la mezquindad de quienes han elegido la senda ancha del lucro fácil y de su cómplice: la corrupción.

2.-   El dulce gozo de evangelizar.   Cuando Cristo es alojado en los corazones se produce una trasformación, en base al esfuerzo personal y a la gracia que de Él proviene. Presentar el Evangelio, en las diversas formas de su exposición, es abrir caminos hacia la plena comprensión y adopción existencial de su contenido. Los Apóstoles y los Padres de la Iglesia, de los primeros cuatro siglos de nuestra historia, son santos Pastores que se esforzaron en expresar, a sus comunidades y culturas propias, el legado que Cristo dejó, en nombre de su Padre. En ellos se funda la ciencia teológica, desarrollada magistralmente por sus grandes y laboriosos cultores: Santo Tomás de Aquino, San Alberto Magno, San Buenaventura y Beato Duns Scoto, entre muchos otros. En la mente de San Pablo y de los Apóstoles, el Misterio de Cristo debía ser anunciado como doctrina, y su eficacia testimoniada por la santidad de los creyentes. Es el estilo de evangelización que el Señor hace propio y promueve entre sus discípulos. Descuidarla es una grave irresponsabilidad de la Iglesia, toda ella enviada – con el fundamento necesario de los Apóstoles y Profetas (Efesios 2, 20) – al mundo todo (Mateo 28). Es la ocasión de preguntarnos con sinceridad: ¿Se respetan las leyes originales de la evangelización? Me refiero a la exposición del Evangelio y al testimonio de santidad de todos los evangelizadores, reunidos en la Iglesia: Cuerpo Místico de Cristo.

3.-   Tiempos de incredulidad.   La fe es un don que debe ser aceptado personalmente. Ya desde los tiempos del ministerio público del Señor, no todos se adhieren a su palabra y a su persona. Muchos lo abandonan cuando, sin entender lo que su Maestro les enseña, deciden no seguir en su compañía. Estamos en condiciones similares, aunque en circunstancias muy diversas. La respuesta, de parte de Dios, sigue siendo la misma: la Encarnación del Verbo hecho hombre, y, ya glorificado, definitivamente partícipe y conductor de la historia humana. Su presencia permanece inconmovible aunque nuestro contemporáneos pretendan ignorarla. Toda la actividad de la Iglesia está concentrada en crear conciencia de la presencia de Cristo y manifestar su poder redentor. Sus actuales discípulos deben hacerse cargo de esa misión y actuar sin temor. El ruido de la tormenta puede amedrentar nuevamente a Pedro, hasta que decida confiar en la conducción de su Señor: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?” (Mateo 14, 31) El pueblo hebreo debió abandonar la seguridad endeble de Egipto y atravesar el desierto, confiado únicamente en el poder de Dios. Aquellos cuarenta años de difícil peregrinaje constituyen una viva imagen de nuestra actualidad ajetreada. Aquel pueblo confiaba en Moisés, el “delegado” de Dios; nosotros disponemos de la conducción del mismo Dios hecho Hombre: Jesucristo. Como aquel pueblo necesitamos obtener, recuperar o acrecentar nuestra fe en Dios, en Quien “es más grande que Moisés”.

4.-    Los últimos que son los primeros.   Finalmente, Jesús invalida toda pretensión de constituirse en merecedor de especial consideración, por el hecho de ficticios títulos, jamás acordados sin el aval de la virtud. La virtud, compendio de todas las virtudes, es la humildad: “Hay algunos que son los últimos y serán los primeros, y hay otros que son los primeros y serán los últimos” (Lucas 13, 30)   Dios recompensa la virtud de quienes no pretenden prevalecer sobre los otros. El que se hace pequeño será preferido para liderar a sus hermanos, porque reúne las condiciones para llevar a buen término la misión que se le encomienda. El servicio desinteresado debe definir a quienes asumen responsabilidades de gobierno. Son los “primeros” que actúan como humildes siervos de quienes deben gobernar. Así el mismo Señor se auto califica: “como el Hijo del hombre, que no vino para ser servido, sino para servir y dar la vida en rescate por una multitud”. (Mateo 20, 28)