Domingo 20º durante el año – Ciclo C

18 de agosto de 2019

Lucas 12, 49-53

1.-    El fuego del amor divino.   En el breve texto de Lucas, que la Iglesia proclama en la liturgia de este domingo, Jesús desarrolla su enseñanza con un lenguaje simbólico de particular densidad. Lo hace, en sus mensajes al pueblo, cuando utiliza magistralmente el estilo parabólico. Cuanto más profundo es el mensaje del Señor más necesita un lenguaje adecuado, que revele su contenido y facilite su comprensión. El fuego que ha venido a traer destruye el mal y purifica la más importante obra de Dios: el hombre. El pecado ha producido una devastadora corrupción que necesita ser contrarrestada y aniquilada por el fuego del amor divino. Cristo, el Hijo de Dios encarnado, aplica ese fuego purificador, logrando su completa victoria sobre el pecado y la muerte. El símbolo que utiliza puede causar un particular estremecimiento: “Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo!” (Lucas 12, 49). Otro símbolo, vinculado a su identidad mesiánica, indica la economía que el Padre aplica para redimir al mundo tan amado: “Tengo que recibir un bautismo, ¡y qué angustia siento hasta que esto se cumpla plenamente!” (Lucas 12, 50) Es su muerte en Cruz, representada por un bautismo, celebrado por única vez.

2.-   El misterio de la Cruz de Cristo.   Son misteriosos los designios de Dios. No acabaremos de preguntarnos el “por qué” de la Encarnación, y de la Pasión padecida con insólita mansedumbre, que lo transporta al matadero como a una tierna e indefensa oveja. No hay respuesta razonable, no encaja alguna en el sentido común humano. Sin duda Dios es el “todo Otro” y se comporta desafiando al entendimiento humano, diciendo mucho más de lo que los hombres consiguen entender. Cristo no ha cesado de predicar y revelar la intimidad de Dios, con sus palabras humanas y su misteriosa inmolación en la Cruz. Dios es el Padre que ama a sus hijos con una fidelidad, capaz de enfrentar y abatir los pecados más horrendos. Su amor no se desalienta, y se mantiene entero, a pesar de la violencia impía que pretenden oponerle los hombres. El drama de persecución y muerte que Cristo padece, no tiene más explicación que el amor indescriptible del Padre – transparentado en el rostro humano de su Hijo divino – profesado a todos y a cada uno de los hombres: “Así Dios nos manifestó su amor: envió a su Hijo único al mundo, para que tuviéramos Vida por medio de Él. Y este amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó primero, y envió a su Hijo como víctima propiciatoria por nuestros pecados(1 Juan 4, 9-10).

3.-   Necesitamos a Cristo Luz y Camino.   El hecho de la desgarradora muerte de Cristo en la Cruz, abre una perspectiva histórica nueva y definitiva. Es lamentable que en amplios sectores de nuestra sociedad “occidental y cristiana” haya menguado tanto la conciencia de este acontecimiento. Que los hombres vivan conscientes de él o no, no afecta a su indudable existencia. Es preciso que todos los seres humanos tengan la oportunidad de conocerlo, ya que, como acontecimiento, gravita en la salvación de un mundo muy desorientado de su destino trascendente. Comprobamos el despiste que causa la irresponsabilidad humana. El clima de inmoralidad y corrupción se asemeja a una densa niebla que no permite ver el camino. Necesitamos a Cristo Luz y Camino, que alumbra y rectifica senderos, en esta vorágine de propuestas y contra propuestas. La Redención interesa a la persona humana, otorgándole el auxilio que necesita para ser redimida de su pecado y liberada de la muerte. Existe una perversa resistencia a conocer a Cristo, que se presenta al mundo mediante el ministerio y el testimonio de la Iglesia. La evangelización es un combate, a veces muy intenso, contra las fuerzas del mal. Será así siempre, hasta que el último ser humano haga su opción y ocupe su lugar a la derecha o a la izquierda del Redentor glorificado.

4.-   Este niño “será signo de contradicción”.   Es inevitable que se produzcan contradicciones en las relaciones humanas más íntimas y familiares. La presencia de Cristo transmite todo el bien y toda la verdad, en la misma naturaleza que asumió el Señor, ahora glorificada. Este innegable hecho trae aparejada una oposición implacable sostenida por el mal y el error: “¿Piensan ustedes que he venido a traer la paz a la tierra? No, les digo que he venido a traer la división” (Lucas 12, 51). Asombra el lenguaje contrastante que emplea el divino Maestro para que sus oyentes entiendan. Jesús es enemigo de todo tipo de componendas. No usará un lenguaje ambiguo para contentar a unos y a otros; o para evitar la enemistad y la persecución de quienes pretenden erigir el error en verdad y la corrupción en virtud. ¡Qué lejos está el lenguaje evangélico del discurso demagógico que intenta sumar adeptos y utilizarlos como rehenes! Si escuchamos a Jesús, y recibimos su Espíritu, no confundiremos el sendero correcto.