Domingo 18º durante el año – Ciclo C

4 de agosto de 2019

Lucas 12, 13-21

1.-   Cuídense de toda avaricia.   Jesús se empeña en distanciarse de las mezquinas motivaciones humanas. No acepta ser árbitro en cuestiones que deben resolver los miembros de una familia, demasiado fundada en bienes materiales y fortunas pecuniarias: “Uno de la multitud le dijo: “Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia”. Jesús le respondió: “Amigo, ¿Quién me ha constituido juez o árbitro entre ustedes?” Después les dijo: “Cuídense de toda avaricia, porque aún en medio de la abundancia, la vida de un hombre no está asegurada por sus riquezas”. (Lucas 12, 13-15) Echa un manto de relativa importancia a lo que el mundo considera de absoluto interés. Lo que se funda – principalmente – en la prosperidad económica, acaba minando los cimientos de la convivencia familiar y social. Las que Jesús define como “riquezas” introducen la inseguridad, como si se pretendiera edificar sobre un tembladeral. En la parábola incluida en este texto de Lucas el Señor ilustra dramáticamente la afirmación anterior.

2.-   La compra de conciencias.   El dinero y el poder están siniestramente asociados. Si en la conquista de votantes se privilegia la compra de conciencias, mediante el vil y sospechoso metal, se introduce una bomba de tiempo en el corazón de la sociedad. Esa “compra de conciencias” incluye un doble atentado, contra la libertad de opción y contra la ética y cultura política de los ciudadanos: a saber, el prebendismo que somete indignamente a frágiles voluntades y el fanatismo que prohíbe todo sano razonamiento. Un cambio de mentalidad debe anteceder a toda decisión de nuevo rumbo y a la creación de las estructuras que lo expresen. La Palabra de Dios, encarnada y formulada en Cristo, se aplica a la persona que opta por la fidelidad a su contenido. Reitero el recuerdo esclarecedor de San Pablo: “Yo no me avergüenzo del Evangelio, porque es el poder de Dios para la salvación de todos los que creen…” (Romanos 1, 16). La salvación, a la que se refiere el Apóstol, incluye el cambio de mentalidad, reclamado hoy a causa de múltiples y deprimentes fracasos. Dicho cambio encuentra muchos obstáculos en su desarrollo. La misión evangelizadora de la Iglesia incluye el cultivo de  la salud espiritual de los ciudadanos. Su pedagogía misionera resulta imprescindible, si el propósito que la inspira es avanzar hacia la amistad cívica, de la que nuestra sociedad parece estar carente, para lograr finalmente la paz.

3.-    El sentido trágico de la vida.   El hacendado rico de la parábola, que ha logrado una considerable ganancia en la cosecha de sus campos, pergeña planes de acopio en sus redimensionados graneros. Lo más cuestionable es, en la confección de su economía, la visión del futuro que anhela: “Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe y date buena vida” (Lucas 12, 19). Una vida irrelevante, vacía de todo contenido humanitario, despliega un horizonte de muy estrecho y tenebroso espacio. ¡Cuánto egoísmo e insolidaridad oculta tal perspectiva!  Y sobre todo, ¡qué insensatez! Aquel pobre hombre rico se ha saltado una verdad innegociable: “la vida del hombre no está asegurada por sus riquezas” (Ibídem 12, 15). De inmediato, en lenguaje parabólico, se produce lo temible, aunque comúnmente desechado como espeluznante perspectiva: “Pero Dios le dijo: “Insensato, esta misma noche vas a morir. ¿Y para quién será lo que has amontonado?” Esto es lo que sucede al que acumula riquezas para sí, y no es rico a los ojos de Dios” (Lucas 12, 20-21). La riqueza ante Dios es la vida virtuosa. Me refiero a la honestidad, al compromiso humilde y valiente en favor de quienes deben ser asistidos, sobre todo desde la función pública. Es lamentable  que en los diversos planteos políticos y sociales no aparezca el presupuesto de un comportamiento virtuoso. Quizás sea el momento propicio para practicarlo y reclamarlo.

4.-   Seremos juzgados por el amor.   Nos sorprende la muerte de personajes destacados en el arte, en la empresa y en la política. Nada de lo acumulado – en fama y en fortuna – puede ser transportado a la otra vida. Quedan las virtudes y pesan los pecados. Si, como dice San Juan de la Cruz: “en el atardecer de la vida seremos juzgados por el amor”, ¡qué mal les irá a quienes se distinguieron por el autoritarismo y la avaricia; dos características de la trágica carencia de amor! La predicación de Jesús inspira una sana reflexión sobre la eternidad, designada antiguamente como “postrimerías” (juicio, cielo e infierno). Es una idea convertida en amonestación prudente y oportuna: “acuérdate de tus postrimerías y no pecarás jamás”. Es significativo y lamentable que se evite ex profeso hablar de ellas. El ingenio diabólico del mundo se mofa al mencionarlas, como si fueran creaciones de la Iglesia para meter miedo. Una impiadosa poesía tanguera lo manifiesta  de esta manera: “Yo quiero morir conmigo sin confesión y sin fe”. Los Santos tenían fijo su pensamiento en la eternidad, como referencia trascendente, y auxilio eficaz contra las seducciones del pecado. Sin embargo no perdían nunca el gozo de vivir en plenitud, aun entre los inconvenientes de la vida terrena.