Domingo 17º durante el año – Ciclo C

28 de julio de 2019

Lucas 11, 1-13

3

  1.-    Jesús, Maestro de oración.   Jesús es el Maestro inigualable en el aprendizaje de la oración. Así lo entienden sus principales discípulos cuando le solicitan aprender a orar: “Un día, Jesús estaba orando en cierto lugar, y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: Señor, enséñanos a orar…” (Lucas 11, 1) Enseña desde su experiencia de Hijo del Padre Dios. Aquellos hombres se acostumbran a extraer las mejores lecciones del testimonio admirable de su Maestro. Es la principal regla de la escuela de Jesús. Lo decía elocuentemente San Pablo VI en la destacada Exhortación Apostólica “Evangelii Nuntiandi” (año 1975). En lo sucesivo, los grandes transmisores de las enseñanzas del Señor, observarán esa regla irreemplazable. La oración constituye un requerimiento de la naturaleza humana. Su historia varía como la de los pueblos diversos y sus culturas. Existe casi una exigencia natural: establecer una relación personal con Dios, que sitúe a la persona humana en el eje de equilibrio de sus principales valores, sobre todo de su libertad. Cuando tal equilibrio no se produce, de manera consciente o no, acontece el desorden y el caos.

 2.-  El carácter relacional de la oración.    Jesús aconseja una oración silenciosa y oculta, distante del exhibicionismo farisaico, para que el Padre “que ve en lo secreto” se disponga a atenderla, para resolver sus urgentes reclamos. Es el medio para cultivar una relación filial con Dios, que establece equilibrio, capacidad de poner la existencia humana sobre su eje principal – el mismo Dios – y lograr la armonía entre valores y virtudes. Incluye el respeto a la diversidad que, cuando es legítima, no genera conflictos irreconciliables. La legitimidad, a la que nos referimos, es fruto espontáneo del respeto a la naturaleza, como su Creador la ha pensado y puesto en marcha hacia su perfección. Los hombres tendrán que avanzar sobre el conocimiento de sus leyes, para ser sus buenos administradores y no sus detractores. Parece que así no lo entienden quienes, por su capacidad científica, debieran poner al servicio de la verdad sus esfuerzos de investigación. “Laudato si” pone de manifiesto el maltrato que el hombre inflige a su habitáculo natural, como si fuera su dueño y no su inteligente custodio. El mismo hombre debe cuidar su cuerpo y espíritu, como parte y síntesis del Universo creado (Gaudium es Spes 14). La divulgada expresión: “soy dueño de mi cuerpo” constituye un equívoco de graves y hasta criminales consecuencias. Soy – mi cuerpo y mi espíritu – el don del Creador, al que debo acoger agradecido, respetando las leyes inscritas en mi propia naturaleza, para una salud integral.

3.-   Dios como referente necesario de la vida humana.   Jesús, al recibir la súplica de uno de sus discípulos: – “enséñanos a orar” – crea la oración del Padre Nuestro. En ella se compendia lo mejor de lo que enseña y el contenido inefable de su continua y prolongada relación de Hijo del hombre con su Padre celestial. No sé si nos hemos detenido lo bastante en la recitación de esa tradicional oración dominical. Es bueno hacerlo cuando la pronunciamos o, al menos, cuando en ciertas ocasiones decidimos rezarla. Si la oración es un medio, el más importante, para relacionarnos con Dios, se impone que acudamos a ella, para reiterar nuestra fe en Dios Creador y en Cristo Redentor. Nuestra vida personal y nuestras relaciones sociales, obtienen allí un sentido que no se halla en los conceptos más brillantes de la filosofía contemporánea. Cuando los hombres se descentran de Dios sus vidas andan a los tumbos, sumidas en la dispersión y en el desasosiego.  Lo podemos verificar a diario, tanto en acontecimientos públicos como privados. La oración vuelve a poner a Dios en el centro, – su lugar propio – trascendiendo la diversidad de credos y concepciones filosóficas. Jesús vino a revelarnos a Dios, que es Padre, que es Verbo y que es Espíritu Santo. Es su exclusiva misión. Él mismo es la Encarnación del Verbo, que nos introduce en la armónica relación trinitaria.

4.-  La ternura infinita del Padre.   La parábola del amigo insistente revela una precisa característica de la oración: la incansable reiteración del pedido. Nuestro pueblo simple y sabio la expresa en sus multitudinarias peregrinaciones. Jesús alienta la oración del pueblo con una imagen conmovedora de la paternidad de Dios, que invita a la confianza: “¿Hay entre ustedes algún padre que da a su hijo una piedra cuando le pide pan? ¿Y si le pide un pescado, le dará en su lugar una serpiente? ¿Y si le pide un huevo, le dará un escorpión? Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, cuánto más el Padre del cielo…” (Lucas 11, 11-13). Esta imagen del Padre, revelada por quien es el Hijo, debiera regir nuestra vida cotidiana, hasta redimirnos y recomponer, desde nuestra relación filial con Él, una verdadera convivencia fraterna. Entonces expresará toda su verdad la bella oración del “Padre Nuestro”.