Domingo 15º durante el año – Ciclo C

14 de julio de 2019

Lucas 10, 25-37

1.- El primer mandamiento es el amor… La caridad tiene rostro, el del buen samaritano. Jesús responde a quien pretende ponerlo a prueba, con una pregunta razonable y digna de ser atendida. El primer mandamiento es el amor a Dios y a los semejantes. Aquel escriba y maestro de la Ley responde muy bien a la repregunta de Jesús y merece este sorprendente elogio: “Has respondido exactamente, le dijo Jesús; obra así y alcanzarás la vida”. (Lucas 10, 28) El doctor de la ley debe justificar su primera intervención y vuelve a la carga intentando profundizar su pregunta anterior: “¿Y quién es mi prójimo? (Ibídem 10, 29). Jesús no responde con una abstracción sino mostrando su realización mediante la parábola del “buen samaritano”. Esta parábola, incluida en el texto de Lucas, y expuesta en la liturgia de este domingo, estremece por su particular plasticidad. Desafiando la susceptibilidad de sus compatriotas, Jesús destaca el protagonismo ejemplar de un extranjero – un samaritano – muy opuesto a ciertos estereotipos en boga entre sus conciudadanos. El sacerdote y el levita pasan de largo ante el doloroso espectáculo de aquel hombre, tendido en la banquina de un camino muy transitado, despojado y malherido por obra de salteadores.

2.- El verdadero prójimo. El auténtico prójimo es el samaritano que lo abandona todo para atender al pobre herido, hasta ponerlo en camino de su total recuperación. Lo reconoce el mismo doctor de la Ley, al responder a la pregunta directa y sugestiva del Señor: “¿Cuál de los tres te parece que se portó como prójimo del hombre asaltado por los ladrones? El que tuvo compasión de él, le respondió el doctor. Y Jesús le dijo: Ve y procede tú de la misma manera”. (Lucas 10, 36-37) El verdadero prójimo posee una virtud que lo caracteriza: su dedicación a quien lo necesita, olvidado de sí y de sus intereses personales. Rara virtud, pero aún existente en un selecto grupo de personas. Se están produciendo, en estos momentos, gestos solidarios excepcionales, por causa de las bajísimas temperaturas que han asolado nuestro territorio nacional. La rareza proviene de su realización difícil, y lo será particularmente entre aquellos que intentan asumir responsabilidades dirigenciales. Estamos en situaciones en las que urge la práctica de esta virtud, mediante la cual se expresa el amor auténtico. Éste no constituye una poética dramatización sino el generoso compromiso por el bien de los demás. Se logrará siguiendo el ejemplo de Jesús, el Pastor que da su vida por quienes pastorea. No hay solución que valga, para los graves problemas suscitados en la actualidad, sin la primacía de esta virtud. ¿Cómo valorarla y aplicarla en esta algarabía de golpes bajos y campañas sucias?

3.- La gracia y la libertad. Sin duda se requiere un convencimiento inicial que preceda a nuestras relaciones con el prójimo. Será imprescindible el auxilio de la gracia de Cristo. De otra manera la perseverancia en esta virtud sería imposible. De todos modos, a pesar de la principalidad de la gracia, no estamos exentos del ejercicio de la libertad. Nos corresponde de tal modo que, sin nuestra opción libre, no lograríamos el bien que deseamos. Dios no fuerza nuestro consentimiento, si lo hiciera anularía su don más importante, por su carácter humanizador, otorgado a todos los hombres: la libertad. San Pablo lo expresa en la Carta a los Gálatas dedicada al restablecimiento de la libertad, en la que el pecado ha hecho – y hace – estragos. Es tarea infaltable de la evangelización formar hombres y mujeres auténticamente libres, templados en la renuncia y en el don de sí. No es despreciable – porque no se la entienda – una comunidad que celebra su fe religiosa, echando mano a los medios que su Iglesia le ofrece, al contrario. Su aporte es la educación de seres humanos virtuosos, dispuestos a comprometerse en campos diversos: la ciencia, la educación, la política, la economía y el arte. La Iglesia se empeña en la formación y existencia de personas buenas, mediante la gracia de la Palabra de Dios y de los Sacramentos; como también mediante una orientación ética y moral para que los diversos movimientos sociales conduzcan, a sus adherentes, al Bien Supremo y a la Verdad.

4.- El conocimiento no basta sin su realización. No basta saber lo que se debe hacer, casi todos los dirigentes parecen “saber” y lo formulan mediante exposiciones públicas muy lúcidas. Pero, no basta. Jesús reclama coherencia entre la clara percepción de la verdad y su realización. Lo hace de continuo. En este texto queda de manifiesto con particular claridad: “Ve y procede tú de la misma manera”. El buen cristiano es un “práctico” de la virtud o no es buen cristiano. Cuando Cristo se refiere al cumplimiento de la voluntad de Dios, no se limita a su conocimiento, exige su realización: “No son los que me dicen: “Señor, Señor”, los que entrarán en el Reino de los Cielos, sino los que cumplen la voluntad de mi Padre que está en el cielo”. (Mateo 7, 21) Es lo que reclama hoy el pueblo al elegir a sus dirigentes: que sean capaces de cumplir su deber. Es lo que Cristo exige de sus seguidores: “Y dirigiendo su mirada sobre los que estaban sentados alrededor de él, dijo: Estos son mi madre y mis hermanos. Porque el que hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre”. (Marcos 3, 34-35)