Domingo 14° durante el año – Ciclo C

7 de julio de 2019

Lucas 10, 1-9

1.- Ampliación de la misión apostólica. Jesús amplía el alcance de su misión enviando a otros colaboradores, además de los doce, para preparar su propia llegada a diversos pueblos y sectores. De esa manera evita que los doce Apóstoles constituyan una especie de oligarquía sagrada. No obstante tendrán a su cargo la conducción de la Iglesia, reproduciendo la actitud servicial del mismo Maestro y Señor, tan lejos del autoritarismo y concentración de poder, que tienta a quienes aún no entienden que la actividad política debe ser un servicio humilde y fraterno. La doctrina de Jesús sobre el ejercicio de la autoridad es muy clara: “Ustedes saben que aquellos a quienes se considera gobernantes, dominan a las naciones como si fueran sus dueños, y los poderosos les hacen sentir su autoridad. Entre ustedes no debe suceder así”. (Marcos 10, 42-43) Un examen superficial de la realidad política actual, señala la enorme diferencia, incluso entre algunos auto calificados cristianos, frente a la inconfundible enseñanza de Jesús. Entre las directivas impartidas a los setenta y dos discípulos, aparece una que asombra por su pragmática precisión: “Pero en todas las ciudades donde entren y no los reciban, salgan a las plazas y digan: ¡Hasta el polvo de esta ciudad que se ha adherido a nuestros pies, lo sacudimos sobre ustedes! Sepan, sin embargo, que el Reino de Dios está cerca”. (Lucas 10, 10-11)

2.- La onda expansiva del error y la corrupción. Es esencial la perseverancia en la exposición de la Verdad. Cristo no es el mero expositor de la Verdad, sino su fiel encarnación. Como respuesta a la misma se producen – entre nuestros contemporáneos – indiferencias y explícitos rechazos que, con modernas expresiones, intentan desalentar a los actuales responsables de la evangelización. Las adhesiones y agresiones, que el mismo Señor ha recibido de sus contemporáneos, – amigos y enemigos – acompañarán a sus discípulos, en diversos entornos culturales y socio políticos, en los que deban desempeñar su tarea misionera. Conocemos los nuestros y padecemos, en la actualidad, los estragos causados por la terrible onda expansiva del error y de la corrupción. Mal alimentada nuestra fe, corremos el riesgo de perder la confianza en el poder de la gracia del Evangelio, olvidando la sabia expresión del Apóstol San Pablo: “Yo no me avergüenzo del Evangelio, porque es el poder de Dios para la salvación de todos los que creen…”. (Romanos 1, 16). Es el momento de acudir a la fe y de obrar en consecuencia. Es prudente y sabio relativizar los métodos que resultan eficaces en las diversas empresas afectadas a la economía y a la política, pero, no alcanzan a serlo en la actividad evangelizadora. Volvamos al comportamiento de los santos que, con muy rudimentarios medios, lograron – y logran – conducir a la conversión a muchas y diversas personas.

3.- Disponer de genuinos evangelizadores. Nuestra Nación necesita que la Iglesia Católica – que reúne a la mayoría de los argentinos – ponga a su servicio genuinos evangelizadores. Entre ellos dispone de muchos laicos que, gracias al Bautismo, se constituyen en testigos de Cristo resucitado. La evangelización, o su recuperación si se ha perdido su original inspiración, es la transmisión de valores que devuelve su primitiva vigencia al pensamiento y costumbres del pueblo. Es imperioso que, más del ochenta por ciento de los bautizados en la Iglesia Católica, tenga hoy la oportunidad de conocer el sentido del Bautismo recibido y obrar en consecuencia. Para ello será preciso restablecer – o establecer – el contacto real con las fuentes de la fe así celebrada. Me refiero a la gracia de la Palabra y de los Sacramentos, cuidadosamente dispensada por mediación de los Apóstoles. El testimonio de quienes integran la Iglesia, gracias al mencionado servicio apostólico, constituye el medio imprescindible para que el mundo reciba la Buena Nueva y, sus contemporáneos tengan la ocasión de convertirse a Jesucristo.

4.- Sembrar entre lágrimas y alegría. El Evangelio debe ser predicado “con ocasión o sin ella” (2 Timoteo 4, 2) hasta que el mundo entero sea notificado del acontecimiento redentor. Es conmovedor el celo misionero de los Apóstoles, dispuestos a jugarse la vida en el intento. En los Hechos de los Apóstoles se consigna la heroicidad de aquellos primeros evangelizadores. Al mismo tiempo son ellos presentados como modelos de quienes en lo sucesivo se harán cargo de la evangelización del mundo. Confinarlos a un pasado remoto, como próceres admirados pero inimitables, significa bajarse de la historia y extraviar el camino que Cristo ha trazado – en ellos – como único. Fuera de los términos dictados a los setenta y dos, no parece imponer una metodología sino producir un comportamiento, sometido exclusivamente a la acción del Espíritu. Por algo San Pablo VI, en su recordada Exhortación Apostólica “Evangelii Nuntiandi”, le dedica un capítulo completo (VII). Concluyo con una de sus lúcidas expresiones: “Conservemos la dulce y confortadora alegría de evangelizar, incluso cuando hay que sembrar entre lágrimas. Hagámoslo – como Juan el Bautista, como Pedro y Pablo, como los otros Apóstoles, como esa multitud de admirables evangelizadores que se han sucedido a lo largo de la historia de la Iglesia – con un ímpetu interior que nadie ni nada sea capaz de extinguir”. (EN n° 80)