Domingo 13 durante el año – Ciclo C

30 de junio de 2019

Lucas 9, 51-62

1.- Al principio no fue así. ¡Qué distante se presenta el comportamiento de Jesús de la búsqueda de poder que califica a muchos de nuestros dirigentes! No muestra el mínimo interés por concentrar prosélitos a su alrededor. Escoge a quienes el mundo excluiría a priori de un proyecto que intentara ser exitoso. Basta leer los cuatro Evangelios, en el sosiego de nuestra propia noche interior, donde nada interfiera para imponer sus términos, opuestos a los de Dios. En una ocasión Jesús pasa una noche en oración y, al regresar, designa sin vacilar a sus doce principales discípulos, a quienes distingue con el nombre de Apóstoles. Es su modo habitual de obrar. Lamentablemente no hemos logrado adoptar su estilo ejemplar. Nos falta cambiar de perspectiva y dejarnos regir por la de procedencia evangélica. Para ello nos será preciso abandonar la pretensión de ser el centro y los reformadores de la creación de Dios. Es una locura atribuir, a nuestra pobre interpretación de la realidad, el poder de transformar o redefinir las cosas y los valores que nos fueron acordados en los orígenes. Es interesante la respuesta de Jesús a quienes le presentan la legalización mosaica del divorcio: “Él les dijo: Moisés les permitió divorciarse de su mujer, debido a la dureza del corazón de ustedes, pero al principio no era así”. (Mateo 19, 8)

2.- Valores irreemplazables. Jesús vino a reivindicar los valores originales. Nuestra generación parece empeñarse en destruirlos, con actitudes por momentos escandalosas. Somos receptores de la vida, no sus creadores; estamos llamados a reconocer un orden que trasciende nuestras imposiciones legales, muchas veces opuestas a ese orden original. Aunque quieran invalidar la enseñanza, con la que Jesús revela esos valores, el ser humano no está autorizado, ni capacitado, para introducir modificaciones que los reemplacen. Un ejemplo de actualísima aparición es la pretensión de equiparar cualquier unión entre personas del mismo sexo con el matrimonio heterosexual. Es de mayor gravedad, si la hay, la decisión de interrumpir un embarazo – cualquiera sea el motivo que se aduzca – mediante el aborto. La supresión de una vida no tiene justificación. Ni siquiera la de una persona que haya delinquido gravemente. Hace varias décadas que el Magisterio de la Iglesia desalienta toda legislación que establezca la pena de muerte como sanción. Gracias a Dios se está superando ese concepto, gestado en el ejercicio de un poder legislativo omnipotente y autorreferente. El respeto a la vida – “toda vida humana es sagrada”, por lo tanto, debe excluir cualquier legislación que la impida o suprima – se impone como necesario contenido para la enseñanza y educación actuales.

3.- El buen uso de la libertad y su contraste. El seguimiento de Jesús no admite excusas que lo condicionen o relativicen. No tolera un fundamentalismo asfixiante y negador del don de la libertad, al contrario, espera siempre una respuesta libre por parte del hombre. Como Dios es amor, incluye necesariamente la libertad, en la que, como decía Pablo: “no se aproveche el egoísmo” (Gálatas 1). Si la persona no fuera capaz de elegir, con pleno ejercicio de su libertad, no sería responsable de sus opciones éticas o morales. Se deshumanizaría. Su deber moral original reclama un buen uso de la libertad, adhiriéndose al bien y a la verdad y rechazando el mal y el error. El pecado, en su significado más profundo, es un mal uso de la libertad, empeñada en una opción por el mal y el error, que acaba destruyéndola o enfermándola gravemente. La realidad es por demás diáfana al respecto. Los cristianos debemos encarnar el bien y la verdad, que Cristo deposita en nuestras mentes y corazones por la fe. Hemos heredado la misma naturaleza proclive al mal que quienes no han tenido aún la oportunidad de un encuentro transformador con el Señor. El mundo necesita nuestro testimonio, a partir de la experiencia de fe que hayamos logrado.

4- Jesús exhorta a no volver atrás. La exhortación de no volver atrás resuena en los corazones de quienes vacilan y debilitan su correspondiente respuesta. El llamado a una pertenencia exclusiva a Dios, supone no volver la mirada atrás, donde nuestras debilidades son fantasmas del pasado, y orientarnos al bien y a la verdad que Cristo encarna hoy para todos. El texto de Lucas es fuerte, hasta contundente: “El que ha puesto la mano en el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios”. (Lucas 9, 62) Enorme desafío para el hombre contemporáneo, encerrado en estereotipos de vida opuestos a la vida creada por Dios. Urge presentar a Cristo, y a sus enseñanzas, en medio de la confusión causada, especialmente en las mentes aún virginales de los jóvenes.