Santísima Trinidad – Ciclo C

16 de junio de 2019

Juan 16, 12-15

1.- Somos imagen de Dios Trinidad. Misterio sobrecogedor, imposible de abarcar con nuestra mente, pero anunciado con claridad por Jesús. Dios, Uno y Tres, se revela en la palabra y en la persona de Cristo: “Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, los guiará hasta la verdad plena”. (Juan 16, 13) La unidad perfecta entre las Personas divinas – Padre, Hijo y Espíritu Santo – es la verdad plena. Según el Libro del Génesis somos la imagen de Dios Trinidad: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza” (1, 26). En el versículo siguiente ejecuta su proyecto creador: “Y creó Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó: varón y mujer los creó” (1, 27). La diversidad – varón y mujer – es imagen de la diversidad trinitaria. Es lo diverso, orientado naturalmente a la unidad, que halla su proyección creada en la diferencia sexual. Así no parece entenderlo el progresismo imperante, pretendiendo que la diversidad biológica sea calificada como una simple “creación cultural”. Es negar la creación y, de esa manera, pretender constituirla en libre y siniestra invención humana.

2.- Volver a la Verdad. Debemos volver a la Verdad y regirnos existencialmente por ella. De otra manera caminaremos a los tumbos, hacia el abismo de nuestras incalculables miserias. ¿No es lo que ocurre hoy en el mundo y en nuestra amada Argentina? Lo que jamás había acontecido aparece ahora como un fantasma venido de un macabro mundo paralelo: pañuelos de diversos colores, agitados como trofeos de guerra, algunos contra la fe de un pueblo que la profesa desde los orígenes de su historia. Las Solemnidades, que la Iglesia de la mayoría celebra, poseen un contenido de verdad que ha iluminado, e ilumina, la vida personal y social de los argentinos. Entre ellas se ubica la que hoy celebramos, dedicada al Misterio de la Santísima Trinidad. No existe un argumento más sólido para mostrar al mundo su universal vocación a la unidad. Si el hombre, creación de Dios, es síntesis del Universo, su vocación se cumple al aceptar libremente proyectar la imagen de su Creador. Corresponde aquí una cita del Concilio Vaticano II: “En la unidad de cuerpo y alma, el hombre, por su misma condición corporal, es una síntesis del universo material, el cual alcanza por medio del hombre su más alta cima y alza la voz para la libre alabanza del Creador”. (Gaudium et Spes. N° 14) Bella doctrina, deducida de las enseñanzas evangélicas, que constituye la base del pensamiento cristiano.

3.- Recristianizar la Nación. A partir de ella se nos invita, como creyentes, a indagar en las expresiones y acontecimientos de la actualidad, con el fin de hallar su sentido providencial, o recomponerlo, si persiste la lacra del pecado y su consecuente daño. Me refiero al sentido trascendente de la vida humana, inspirado en su innata orientación a Dios. El disgusto, el enojo contra todos y todo, es un síntoma que expresa el reclamo nostálgico, de todos los hombres, del reconocimiento de Dios Creador. El despiste violento y bastante frecuente, referido a lo religioso, es prueba de que la Buena Nueva no ha llegado aún a todos, incluso en una población, como la nuestra, originariamente conformada por la acción evangelizadora de la Iglesia Católica. Para rehacer los valores, que la evangelización ha promovido, hasta incorporarlos a la cultura y ordenamiento social de la Nación, se requiere hoy una directa y explícita “reevangelización”. En Francia, como secuencia destructiva de su Revolución (1700-1800), se produjo una programada descristianización del pueblo. Los Obispos de aquella nación organizaron, además de una libre y eficaz pastoral – predicación y catequesis – las prestigiosas exposiciones doctrinales llamadas: “Conferencias de Nuestra Señora”. Tuvieron como sede la histórica Catedral de Notre Dame, hoy muy dañada por un reciente incendio. En la actualidad, también nosotros, estamos recogiendo los escombros de lo que fueron las comunidades cristianas de antaño y su benéfica influencia social. Como la historia es “maestra de vida”, es oportuno reaccionar como los Obispos franceses del siglo 19.

4.- El mandato misionero. Jesús manda a sus discípulos a predicar el Evangelio a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre de la Santísima Trinidad: “Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado”. (Mateo 28, 19-20) El mandato es claro, y la intención del mismo marca un espacio geográfico universal, y expresa su finalidad: evangelizar y bautizar a todos los pueblos con la fórmula trinitaria. Incluye una actualizada enseñanza, fiel a la recibida del divino Maestro. Es evidente e indisimulable la resistencia actual a las enseñanzas de la Iglesia, y a su cumplimiento fiel, tal cual son transmitidas desde la era apostólica, a cargo hoy de quienes suceden legítimamente a los Apóstoles. De allí el irreflexivo cuestionamiento a esenciales puntos de la doctrina católica, incluso por parte de quienes se identifican como adherentes a ella; especialmente cuando su comportamiento ha cedido a formas “culturales”, opuestas a los mandamientos de Dios y a la práctica de las virtudes cristianas. Virtudes que han distinguido – y distinguen – a ejemplares cristianos de todos los tiempos, como son los Santos.