Domingo de Pentecostés – Ciclo C

9 de junio de 2019
Juan 20, 19-23

1.- El Santo Espíritu de Pentecostés. Hoy la Iglesia celebra el cumplimiento de la principal promesa de Jesús a sus discípulos y seguidores. El Espíritu Santo desciende sobre aquella comunidad orante, presidida por los Apóstoles y asistida silenciosamente por Santa María, la Madre de Dios. Hoy reproducimos litúrgicamente aquella pequeña Asamblea. Lo hacemos para reavivar el acontecimiento, por el que se alojó definitivamente al Espíritu Santo en la Iglesia naciente, que hoy ofrece el espectáculo de veinte siglos de gran crecimiento en santidad. Durante el mismo, la cuádruple dimensión de su naturaleza – unidad, santidad, catolicidad y apostolicidad – se ha manifestado con exactitud. Como en la Encarnación del Verbo, el Espíritu se constituye en el Divino Artífice. Misión que cumple hoy con el mismo vigor de entonces. Por su acción resplandece, en los mejores hijos de la Iglesia, las notas mencionadas. Es lamentable que se la quiera ignorar. Es también inevitable que, por su relación con el mundo, el pecado salpique su rostro y dé pábulo a quienes la agreden sin misericordia, hasta meter en la misma bolsa a sus muchos miembros santos con quienes, infortunadamente, han pactado con el pecado y la traición.

2.- La acción del Espíritu que perdona y confirma. La presencia silenciosa del Espíritu de Pentecostés actúa en la Iglesia, con poder sobrenatural, para que “las puertas del infierno (o el poder de la muerte) no prevalezcan contra ella”. (Mateo 16, 18). En lo sucesivo todo dependerá de esa presencia laboriosa, que santifica lo que toca. En ella, está explícito el sacramento de la reconciliación, en el que el pecado es vencido, con una transformación simultánea, que hace nuevo el ser y le devuelve la Vida que había perdido. Esa acción sacramental es desatendida en una práctica tediosa, que actúa al modo de una “tintorería” rápida y al paso, pero que no alcanza a expresar el momento culminante de la conversión y el flujo de gracia que procede de Cristo resucitado. La presencia del Espíritu, es identificada por el Papa León XIII, en una Encíclica emblemática (1897): “Si Cristo es la cabeza de la Iglesia, el Espíritu Santo es su alma”. La misma expresión será asumida y repetida por sus sucesores, hasta el Papa Francisco. Hoy lo celebramos solemnemente. Aunque en todos los sacramentos el Espíritu Santo manifiesta su santificadora actividad, en uno de ellos actualiza, para cada bautizado, su venida de Pentecostés: el sacramento de la Confirmación. La catequesis y Liturgia de la Iglesia le ha dado hoy su lugar propio.

3.- Enviado a la Iglesia y al mundo. El descuido del “alma” vivificante de la Iglesia ha convertido al Paráclito en el “gran Desconocido”. Como Iglesia tenemos la responsabilidad de señalar al mundo la presencia del Espíritu Santo. Por algo Cristo resucitado lo ha enviado, no únicamente a sus discípulos – la Iglesia – sino a todo el mundo. Todo lo bueno que aparece, lejos del influjo sacramental y directo de la Iglesia, es fruto de la presencia activa del Espíritu de Pentecostés. Los buenos ciudadanos, los honestos dirigentes, los científicos respetuosos de la creación, los sabios legisladores, están, ciertamente, animados por el Santo Espíritu, aunque en ellos no haya conciencia explícita de su presencia. Debemos reconocer, ante el mal adueñado de persones y de grandes sectores de la sociedad, que existe un pecado, contra el Espíritu, que Jesús describe dramáticamente: “Al que diga una palabra contra el Hijo del hombre, se le perdonará; pero al que hable contra el Espíritu Santo, no se le perdonará ni en este mundo ni en el futuro”. (Mateo 12, 32) ¿En qué consiste ese imperdonable pecado? En el rechazo soberbio y empecinado del llamado a la conversión. Jesús inicia su ministerio con una simple y sustancial expresión: “A partir de ese momento, Jesús comenzó a proclamar: “Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca”. (Mateo 4, 17)

4.- La conversión, respuesta de amor al Amor. No basta cierta “práctica” religiosa. Si no se produce el cambio profundo, llamado conversión, la semilla de la Palabra no ha encontrado aún la tierra fértil para su conveniente florecimiento. Es motivo para un examen diario, que transparente el estado de nuestra vida cristiana, como tierra preparada – o no – para recibir la siembra de la Palabra. Es urgente disponerse conscientemente para la recepción de la Palabra. Sin duda es lo primero que se debe asegurar y, de esa manera, poner a su entero servicio, la escucha piadosa de la Palabra de Dios, su celebración sacramental y la oración misma. Es motivo de alarma la observancia formal de algunos preceptos, contrapuesta a la sincera conversión del corazón. Aquí juega un rol principal la predicación, la catequesis y la práctica de la oración personal y litúrgica. De lo contrario se corre el riesgo de caer en el vicio farisaico de los contemporáneos de Jesús. Es comprensible que los más alejados, por causa de esas contradicciones, se sientan más distantes aún. El gran Mahatma Gandhi dirigió estas tremendas palabras a un Pastor cristiano: “Me gusta tu Cristo…no me gustan tus cristianos. Tus cristianos son tan diferentes a tu Cristo”. Es para reflexionar con humildad.