Ascensión del Señor – Ciclo C

2 de junio de 2019
Lucas 24, 46-53

1.- Fin del Tiempo pascual. Se acerca el fin del Tiempo Pascual. Es un fin que responde al concepto litúrgico del tiempo, no al cronológico. Jesús formula su mandato misionero a quienes son miembros de la Iglesia naciente. Después no habrá más apariciones que prueben a sus discípulos que Él está vivo. La fe será el único medio para llegar al conocimiento de la Resurrección y presencia redentora de Cristo. En circunstancias excepcionales, y raras, el Señor acudirá a signos sensiblemente perceptibles para conducir – o reconducir – a sus creyentes al sendero seguro de la fe. Desde esa perspectiva de fe deben ser consideradas, a lo largo de la historia, las asombrosas apariciones marianas. La Ascensión parece una despedida, pero no lo es. Aquellos primeros discípulos aprenden a ver a su Maestro – a partir de entonces – de otra manera, aunque no todos: “Al verlo, se postraron delante de él, sin embargo, algunos todavía dudaron”. (Mateo 28, 17) La fe será, en lo sucesivo, el medio para relacionarse con Él y estimular el fervor apostólico. Quienes viven obsesionados por las apariciones y mensajes extraordinarios, corren el riesgo de agolparse con quienes “aún dudan” del Señor presente, pero invisible e intangible.

2.- El misterioso gozo de la Ascensión. Volvemos, con mucha insistencia, al tema principal de la fe. Me atrevería afirmar que la Ascensión constituye la gracia inspiradora de quienes son bienaventurados porque creen sin pretender ver y tocar: “Ahora crees (Tomás), porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!” (Juan 20, 29) Es una lección que los Apóstoles aprenden trabajosamente. El relato evangélico se convierte en la mejor catequesis sobre la fe. Aquellos hombres son los primeros catequizados y, en la Iglesia que nace y se desarrolla, asumen su necesaria misión de catequistas, llegando a ser sus firmes cimientos: “Ustedes están edificados sobre los apóstoles y los profetas, que son los cimientos, mientras que la piedra angular es el mismo Jesucristo”. (Efesios 2, 20) La alegría que embarga a los discípulos después de la Ascensión contrasta con una despedida: “Mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo. Los discípulos, que se habían postrado delante de él, volvieron a Jerusalén con gran alegría, y permanecían continuamente en el Templo alabando a Dios”. (Lucas 24, 51-53) Volver gozosamente de una despedida, al ver alejarse con pesar al ser amado, indica que no se produjo tal despedida. A partir de entonces Jesús no estará a la vista, no obstante, su presencia desbordará la vida de aquellos discípulos y los capacitará para desempeñar la misión que Él mismo les encomendara al elegirlos. La nueva visión de la realidad “consistente”, que adquieren desde entonces, procede de la fe.

3.- Volver a recibir el mandato misionero. La fe, no convenientemente alimentada con la gracia de la Palabra y de los sacramentos, corre el riesgo de una crisis que acabe en su deplorable distorsión o desaparición. Es una tragedia comprobada en esta sociedad “occidental y cristiana”. Al mismo tiempo se constituye en el mayor desafío, presentado a la constitución y a la pastoral de la Iglesia contemporánea. Necesitamos volver a aquellos discípulos y discípulas que recibieron el mandato misionero. Para ello, es preciso que agudicemos el sentido de la fe y miremos a Cristo glorioso que asciende a los cielos, quedándose entre nosotros. Su permanencia requiere – de parte nuestra – una mirada de fe, constantemente nutrida por la gracia, para que nos alegremos con su presencia y seamos sus testigos ante al mundo. Es la necesaria actualización de aquel mandato misionero. El mundo, más complejo que el de entonces, espera – sin mucha conciencia de su esperanza – el testimonio de santidad de los actuales creyentes. Se deduce que el empeño evangelizador de la Iglesia contemporánea no apoya su eficacia en campañas y modernos métodos de comunicación – aunque también se valga de ellos – sino en la gracia, que Jesús otorga a sus santos. – “El verdadero misionero es el santo” – enseñaba San Juan Pablo II en su Encíclica: “Redemptoris missio” Cap. VIII.

4.- Una Iglesia de santos, necesariamente pobres. Parafraseando el anhelo del Papa Francisco: “Sueño con una Iglesia pobre, para los pobres”, me atrevo a reformular su expresión, sin falsificar la esencia de su pensamiento: “una Iglesia de santos – necesariamente pobres – para que “los pobres sean evangelizados” (Isaías 61, 1-2) (Lucas 4, 18-19) Es la Iglesia pobre que el Papa desea. Una pobreza que nace de la identificación de los cristianos con su Señor anonadado y humillado por amor. Es el ideal que deben abrigar todos los bautizados, cuando deciden vivir la fe y corresponder a sus exigencias. No existe otro sendero que conduzca a la convivencia pacífica entre las personas y los pueblos. Nos referimos puntualmente a una existencia humana regulada por el “mandamiento nuevo” que Cristo propone a sus seguidores y – en ellos – a todos. Sin amor verdadero, purificado de todo egoísmo, el proyecto social y político más genial, termina en el cesto de los desperdicios. La oposición a Cristo, políticamente manipulada, no hace imposible lo que para Dios es posible. Si la vivencia del mandamiento nuevo del amor fuera impracticable, el ser humano habría nacido de un proyecto fallido y se constituiría en un irrefrenable fracaso. Este concepto es racional y teológicamente inaceptable.