Domingo de Pascua – Ciclo C

21 de abril de 2019

Juan 20, 1-9

1.- La fe incluye un aprendizaje. Pedro y Juan “todavía no habían comprendido que, según las Escrituras, él debía resucitar de entre los muertos”. (Juan 20, 9) Por ello, excepto María, ante la trágica visión del Señor crucificado, muchos dudaron del cumplimiento de aquella promesa. Jesús lo venía anunciando a sus sorprendidos discípulos, con explícitas expresiones. Hasta el mismo día de la Ascensión: “Los once discípulos fueron a Galilea, a la montaña donde Jesús los había citado. Al verlo, se postraron delante de él, sin embargo, algunos todavía dudaron”. (Mateo 28, 16-17) La fe, causada por la Resurrección de Cristo, alentó desde entonces – y alienta – la vida de la Iglesia. Teniendo a Jesús delante, resucitado y mostrándoles sus llagas sangrientas, ¿cómo se entienden las dudas de aquellos discípulos? La fe incluye un aprendizaje. Jesús les enseña a creer para que, a su vez, ellos enseñen a creer a quienes, en lo sucesivo, se dispongan a seguirlo. Para enseñar les es preciso aprender y, ese aprendizaje, se logra únicamente comprometiendo la propia vida, como garantía de que es verdad lo que saben y enseñan.

2.- La vida cristiana es seguir a Jesús. La vida cristiana es un compromiso ineludible para quienes se deciden seguir a Jesús. Al adoptar el nombre de cristiano, el creyente inicia un proceso transparente de obediencia a la voluntad del Padre. Es Cristo mismo quien inaugura la forma de vida que corresponde fielmente al plan de Dios. La crucifixión y la muerte logran su síntesis perfecta en la oración de Getsemaní, que desemboca en la Cruz: “Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”. (Mateo 26, 39) La Pascua, que hoy celebramos, es entendida cuando, al trascender las hondas meditaciones de la Cuaresma, consentimos en la fuerza sobrenatural de la Palabra encarnada. Nos referimos a la gracia, en ella confían los Apóstoles, al consagrar sus vidas a la osada y desafiante difusión del Evangelio. Esa actitud apostólica se convierte en paradigma para el desempeño de la misión de la Iglesia. Cuando ese modelo evangelizador se diluye, la sociedad toda sufre el impacto y se desorienta. Cada celebración Pascual ofrece la ocasión de actualizar el anuncio, en base al testimonio de santidad de los cristianos. ¡Qué importancia principal mantiene ese anuncio! En las actuales circunstancias se vuelve imprescindible. Cada ser humano es una oveja perdida, buscada solícitamente por Cristo, el Buen Pastor. Aunque el Verbo se hizo carne, Dios agota múltiples medios – los más primitivos – para encontrarse con el hombre que lo busca.

3.- Dios busca al hombre donde se encuentre. Nos cuesta comprender que Dios ame al hombre hasta el extremo de buscarlo donde se encuentre. La parábola del “hijo pródigo” se reedita en diversas culturas y expresiones de culto, siempre y cuando no confundan el mal como si fuera el bien o el error como si fuera la verdad. Existe una ley natural grabada en los corazones, que permanece imborrable mientras no sea negada por hábitos intelectuales y morales, opuestos a la esencia de sus valores. La Pascua nos indica que Jesús vino a reivindicar los valores auténticos, pervertidos u olvidados por los hombres. En la naturaleza humana, que Cristo hace suya mediante la Encarnación, se cumple el proyecto original de Dios. De manera insólita – mediante los padecimientos desgarradores de la Cruz – se constituye en causa de redención para todos. Los Apóstoles, y la Iglesia fundada en ellos, son constituidos en instrumentos imprescindibles para su conocimiento y celebración. Las diversas acciones litúrgicas de la Semana Santa nos han conducido, con una sin igual pedagogía, a conformar nuestra actual realidad con el Misterio Pascual. Así, en una gestión oculta y socialmente silenciosa, se ha producido un cambio sustancial. La vida de la humanidad está saludablemente afectada por la gracia del Redentor, y, de esa manera, el bien y la verdad podrán, por fin, prevalecer sobre el mal y el error.

4.- La Pascua de Cristo es la única esperanza. Es lo que deseamos, con el temor y la sospecha de nunca lograrlo. La Pascua que hoy celebramos, en medio de tantas decepciones y desilusiones, es un horizonte abierto a la esperanza. No ofrece soluciones técnicas, a quienes deben responsabilizarse de la complicada situación, empeñando proyectos políticos y económicos, sabiamente seleccionados. La Pascua ofrece la “gracia” que cambia a los hombres por dentro y, en consecuencia, los llama a la conversión, convirtiéndolos en honestos gestores de tales proyectos. La Pascua es un espacio para la relación fraterna, hoy tan deteriorada en la Argentina y en el mundo. Nos debemos este mensaje y saludo pascual: “¡¡No olvidemos que somos hermanos, hijos del mismo Padre!!” Con estos sentimientos ofrezcámonos, los unos a los otros, cordiales saludos: ¡Felices Pascuas de Resurrección!