Domingo de Ramos (Ciclo C)

14 de abril de 2019

Lucas 22, 7. 14-23

Mons. Domingo S. Castagna

Arzobispo emérito de Corrientes

1.- El mismo pueblo y el mismo Señor. Con la celebración de Ramos se inicia la bien denominada “Semana Mayor”. Dos aspectos – que parecen contradictorios – introducen al pueblo en un protagonismo marcado por el drama: la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén y su Pasión y muerte. El mismo pueblo y el mismo Señor. El pueblo inspirado – sus discípulos – que atribuye a Cristo los títulos mesiánicos prenotados por los Profetas, y la horda humana colmada de odio, acuciada por sus frenéticos dirigentes. El pecado promueve una lucha encarnizada, que tiene aquí su mayor expresión. Se da hoy, con la virulencia de entonces y de siempre, con la diferencia de que el mal ha sido ya derrotado y la muerte se encamina a su definitiva extinción. Durante la Semana, que hoy iniciamos, haremos memoria de la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte. Una memoria que se opone al mero recuerdo histórico. Se refiere a la viva actualización de aquella victoria y a la posibilidad de adherirnos a ella concretándola en nuestra existencia diaria. Es una victoria basada en el amor de Dios a los hombres, que Cristo manifiesta en el impresionante e inexplicable drama de la Cruz. Por ello, la Liturgia de la Iglesia incorpora, en la Eucaristía de hoy, el vivo relato de la Pasión según San Lucas.

2.- La Pasión y la Eucaristía. Debemos concentrarnos en ella, y enternecernos ante la cruz que – mediante la Eucaristía – se prolonga y actualiza, como la más perfecta expresión del amor que Dios profesa a cada uno de los seres humanos. Así lograremos el cambio personal y social, que intentamos concretar por senderos, a veces muy torcidos y escabrosos. La celebración de hoy se inicia con el ingreso de Jesús en Jerusalén, aclamado por quienes reconocen que en Él se cumplen las profecías mesiánicas: “¡Bendito sea el Rey que viene en nombre del Señor!” (Lucas 19, 38) La lectura de la Pasión abre un cono de sombras que permite a los creyentes el entrenamiento de la fe, cuya necesidad hoy parece más urgente que nunca. En muchas ocasiones hemos recordado que el gran mal de nuestro tiempo es la incredulidad. Los bautizados no estamos exentos de un peligroso debilitamiento de nuestra fe en Cristo que, inexorablemente, termina en la deserción y en la apostasía. Recordemos la pregunta casi angustiosa que Jesús dirige a sus seguidores: “Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?” (Lucas 18, 8) No obstante, emerge silenciosamente la fe en innumerables hombres y mujeres: niños, jóvenes y ancianos, que permanecen pacientes en las sombras, como el “resto de Israel”.

3.- Entre descreídos y sorprendidos. Actúa como el fermento, que logra de la masa – la humanidad toda – la consistencia vital que necesita para no perecer. Poco nos hemos detenido en el aspecto esencial de nuestra situación de criaturas. Y así vamos a los tumbos, proponiendo nuevos e imaginarios proyectos. Mientras no nos atengamos al proyecto original, privativo de su divino Autor, no atinaremos con una construcción inteligente de la sociedad que integramos. Sin embargo, que exista un proyecto, revelado en Cristo, no nos exime de la propia responsabilidad – de relativa capacidad creativa – sin cuyo aporte Dios considera impedido el logro de la perfección de su obra creadora. ¿Es tan así? Nos preguntamos, entre descreídos y sorprendidos. En el esfuerzo de entender a quienes se consideran, indebidamente, los dueños intelectuales del universo, descubrimos en la sociedad actual, más descreimiento que sorpresa. De allí el maltrato de la naturaleza, que ha inspirado al Magisterio de la Iglesia la redacción de la Encíclica “Laudato sí”, del Papa Francisco. La presencia inocultable del Misterio Pascual exige que la humanidad llegue a una mayor conciencia de su responsabilidad en el cuidado de su espacio ecológico. Cristo vino a despertar esa conciencia y a trazar un camino a recorrer, íntimamente subordinado a sus orientaciones y enseñanzas. Él mismo es el “Camino”. Su acción salvadora constituye el dinamismo necesario para cerrar la grieta y orientar las búsquedas que conduzcan a la Verdad y a la Vida.

4.- El amor vs el temor al castigo. La hora es apremiante. Las próximas celebraciones litúrgicas nos ofrecen la ocasión de conformar nuestras conductas a los mandamientos de Dios y a los preceptos evangélicos. Tal apremio se expresa en los graves acontecimientos que sacuden nuestra actualidad. No es el temor, causado por las catástrofes personales y sociales, el que puede cambiar las peores situaciones. Lo errores reiterados, a veces muy agravados, dan a entender la invalidez del temor al castigo, merecido conforme a la ley penal. Jesús, en su propio comportamiento martirial, manifiesta que únicamente el amor, absolutamente despojado de todo egoísmo, puede resolver el gran enigma del mal entre los hombres y los pueblos. El espectáculo deprimente de la Pasión abre un registro sin precedentes en la historia. Cristo crucificado nos dice hasta qué grado nos ama Dios. Es preciso que la Pasión hoy proclamada no deje indiferente a nadie. Que cada uno se diga, con toda propiedad: “¡Por amor a mí ha llegado a ese extremo!”