Domingo 3º de Cuaresma – Ciclo C

24 de marzo de 2019

Lucas 13, 1-9

1.- El sufrimiento: ingrediente inseparable de la vida. Ocurren males atroces en el mundo: terremotos, maremotos, cruentas guerras, accidentes viales, asaltos seguidos de muerte etc. Todo sufrimiento, especialmente acaecido a mujeres abusadas por depravados y parejas violentas, a niños nacidos y por nacer, a pacíficos ciudadanos y a frágiles ancianos, manifiesta una gradación inexplicable de injusticia y crueldad. No obstante, el sufrimiento, viniere de donde viniere, es un ingrediente inseparable de la vida temporal. El ser humano, apenas nacido empieza a sufrir, hasta que muere. Existe una “culpabilidad”, que procede del pecado, y que afecta a todos por igual. El Hijo de Dios lo incorpora a sí, desde el mismo instante de la Encarnación, convirtiéndolo en el principal factor de redención de los hombres. Será preciso no huir de él – jamás escaparemos de su influjo – aunque pretendamos eludir engañosamente sus consecuencias. Así lo entiende y enseña Jesús: “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga”. (Mateo 16, 24)

2.- Sentido evangélico del sufrimiento. Renunciar a sí mismo no es una ascesis oportuna sino la decisión de hacerse cargo de los propios límites siguiendo a Jesús. De esa manera todo padecimiento adquiere carácter redentor y contribuye a la recuperación de la salud perdida. La perspectiva evangélica se opone, frontalmente, a la del mundo, y evita los mayores fracasos personales y sociales. Ambas visiones exhiben posiciones irreconciliables: el trigo y la cizaña, el bien y el mal, la luz y las tinieblas, la gracia y el pecado. El combate no admite treguas y se entabla cuerpo a cuerpo: “No piensen que he venido a traer la paz sobre la tierra. No vine a traer la paz, sino la espada”. (Mateo 10, 34) Es difícil su interpretación. San Pablo comprende su sentido desde la contemplación del Misterio de Cristo crucificado. La paz que Jesús transmite a sus seguidores no es una ausencia de conflictos sino la dolorosa decisión de resolverlos. Siempre desde la Verdad – que es Cristo – y, como Él la expone, en absoluta fidelidad a la voluntad de su Padre, que es también nuestro. La Cuaresma es tiempo y espacio para recuperar los bienes espirituales perdidos u olvidados. Nuestro corazón late fatigado cuando Dios no tiene cabida en él como en su templo. El desalojo, a que es sometido por el enemigo de los hombres y usurpador del mundo – el demonio – es una tragedia. El llamado a la conversión es el movimiento que resitúa a Dios en el centro de la vida humana y, de esa manera, devuelve a los hombres la salud perdida.

3.- La paciente espera de Dios. Cristo se constituye en intercesor ante el Padre. El único y eficaz mediador. De su exclusiva mediación participan subordinadamente la Virgen y los Santos. La parábola, con la que concluye el texto evangélico hoy proclamado, causa un saludable estremecimiento en los creyentes. En ella se expresa la paciencia infinita de Dios. La historia es tiempo del hombre y espera paciente de Dios. “Mientras hay vida hay esperanza”, recuerda un viejo adagio. Cristo se ocupa de abonar y regar la higuera, para que produzca el fruto reclamado por el Dueño: “Señor, déjala todavía este año; yo removeré la tierra alrededor de ella y la abonaré. Puede ser que así dé frutos en adelante. Si no, la cortarás”. (Lucas 13, 8-9) Son conmovedoras las manifestaciones de la paciente espera del Buen Dios, empeñada en dar tiempo a los más rezagados y a quienes ofrecen incomprensible resistencia a su infinita misericordia. Hasta el último momento, o hasta el instante final, a partir del cual ya no hay tiempo, se ofrece toda posibilidad de cambio y salvación. Jesús repite, una y otra vez, que es preciso prepararse porque el fin sobrevendrá sin anunciarse: “Estén prevenidos, porque ustedes no saben qué día vendrá su Señor”. Y en algunos versículos posteriores: “Ustedes también estén preparados, porque el Hijo del hombre vendrá a la hora menos pensada”. (Mateo 24, 42-44).

4.- Estar preparados para enfrentar el fin. Este Evangelio no goza de popularidad. A causa de la frivolidad de su comportamiento, el mundo parece no aceptar que le recuerden la inexorabilidad del fin. Es conveniente que recemos por quienes se enfrentan con una muerte súbita. Mucha gente se topa con la muerte, siempre inesperada, – sin importar la edad, las circunstancias, la fama y la fortuna acumulada – en un sorpresivo e ineludible encuentro con el Dios que llega a la hora menos pensada. No es el miedo sino la verdad la inspiradora de la oportuna decisión – mientras hay tiempo – de cambiar la vida. Es conveniente aprovechar el poco o mucho tiempo de que dispongamos para arreglar nuestras cuentas con Dios, y reordenar nuestro caótico mundo interior.