Domingo 2º de Cuaresma – Ciclo C

17 de marzo de 2019

Lucas 9, 28b-36

1.- Manifestación de la divinidad de Jesús. Sin dudas, Pedro, Juan y Santiago, constituyen la columna vertebral del Colegio Apostólico. Por ello, el Señor los hace testigos de los momentos más significativos y trascendentes de su singular ministerio: “Jesús tomó a Pedro, Juan y Santiago, y subió a la montaña para orar”. (Lucas 9, 28) Es allí donde se transfigura. Lucas dibuja, con su estilo tan propio, la asombrosa escena. El Señor descorre para ellos, el velo denso que oculta su identidad divina. La presencia de Moisés y Elías – la Ley y los Profetas – en diálogo con Quién constituye su plenitud, posee un singular dinamismo pedagógico para aquellos hombres. Pedro, en nombre de Juan y de Santiago, propone levantar tres carpas – para Jesús, para Moisés y para Elías – quedándose ellos afuera, temerosos y regocijados a causa del insólito espectáculo. En Cristo resucitado, presente en nuestra historia y captable únicamente por la fe, está la realidad trascendente, para la que disponemos de algunos signos que ahora la velan. Aquellos discípulos tendrán que guardarse la impresionante experiencia hasta después de la resurrección. Serán testigos calificados, con los Doce, cuando todos ellos contemplen la gloria del resucitado y, así, se dispongan a iniciar el cumplimiento del mandato misionero de su Señor y Maestro.

2.- Disipar el inmediato escándalo de la Cruz. La transfiguración constituye, para aquellos principales discípulos, el anticipo de lo que ocurrirá a partir de la Muerte y Resurrección del Señor. Jesús mantiene esas delicadezas con los más cercanos. Ya había anunciado lo que padecería, pero, creyó oportuno que tuvieran total certeza de que Él, por ser Dios, prevalecerá sobre el pecado y la muerte. Este es el hecho histórico. Pretender declararlo inexistente es un absurdo que distorsiona y falsifica el auténtico rumbo del ser humano. Las ideologías pretenden erigirse en constructoras de la realidad, y, de esa manera, imponerse con algunas fábulas de su invención. Lo comprobamos a diario. Es el propósito explícito de algunos “colectivos” que se atribuyen una falsa representación del pueblo y de su cultura. La complicidad de algunos poderosos medios de comunicación social, favorecen sus diversas y escandalosas expresiones. Tarde o temprano la verdad se manifiesta con todo su esplendor. Ya lo advierte el mismo Jesús: “Porque no hay nada oculto que no se descubra algún día, ni nada secreto que no deba ser conocido y divulgado”. (Lucas 8, 17) Seremos confrontados – en su oportunidad – con la Verdad que emitirá un juicio inapelable sobre sus detractores. Cristo es la Verdad. Para ser nosotros mismos – auténticos – es preciso conformar nuestra vida con Él.

3.- El Evangelio es enemigo del pecado, no del pecador. Lo que la transfiguración ha anticipado, es una realidad opacada hoy por velos visibles. Es preciso identificarlos y prestarles la atención que la gravedad del momento requiere. En la práctica no ocurre así. Al contrario, se los cuestiona y niega irresponsablemente. Cristo, como Verdad, proyecta su luz sobre nuestras densas tinieblas de error y de miseria moral. Su cuestionamiento hace sentir escozor como el alcohol sobre la herida sangrante. De allí que la exposición de su enseñanza atraiga tantos enemigos. No agrede sino que propone y reclama un sano ejercicio de la libertad. La resistencia está dentro del ser humano, donde se crean mecanismos psicológicos de rechazo, inspirados en el pecado. El mensaje evangélico es enemigo de la mentira y de la corrupción, no de su ocasional protagonista: la persona humana. Jesús así lo declara: “Al que escucha mis palabras y no las cumple, yo no lo juzgo, porque no he venido a juzgar al mundo, sino a salvarlo”. (Juan 12, 47)Si su misión exclusiva es salvar, no nos extrañe que se empeñe en cumplirla contra viento y marea. Es la directiva que imparte a sus discípulos, recordándoles que la misión que les encomienda es la misma que recibió de su Padre: “Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes”. (Juan 20, 21)

4.- Cristo es el Maestro de los hombres. El Padre interviene, saltando los límites difusos de todo acontecimiento histórico, y confirma, ante aquellos privilegiados discípulos, la autoridad docente que es propia de su Hijo divino: “Mientras hablaba (Pedro), una nube los cubrió con su sombra y al entrar en ella, los discípulos se llenaron de temor. Desde la nube se oyó entonces una voz que decía: ‘Este es mi Hijo, el Elegido, escúchenlo”. (Lucas 9, 34-35) La breve declaración del Padre no admite interpretaciones de frágil elaboración argumental. Es así. El poseedor de la Verdad es el Hijo, por lo mismo debe ser escuchado. Aquella es una escucha que se logra, únicamente, en la obediencia de la fe. Así lo entendieron aquellos hombres, y sus hermanos Apóstoles, cuandose dispusieron a ejercer el ministerio que Cristo les confió. Así lo entienden los actuales Sucesores de aquellos Apóstoles, que mantienen vivo el depósito de la Verdad y la misión de transmitirla, hasta hoy.